Un día cualquiera

Me levanto por la mañana a las 22 horas... ¿eh? ¡ah, no!, eso es la noche. Luego desayuno, digo ceno, en cinco minutos, o a veces ni siquiera como. Voy a trabajar al WorkCenter y entro a las 23 horas. Paso hambre durante ocho horas (a veces más rato), mientras me entretengo entre impresiones, fotocopias, encuadernaciones y merma, o disfruto de la compañía de unos compañeros de trabajo geniales. Salgo de currar y voy a almorzar, digo, a desayunar (juer, pierdo la noción del tiempo y de las dietas), y luego voy a clase. Ahí siento la hostilidad de un mundo artificial y competitivo mientras me siento inspirado para escribir tonterías como estas o despotricar en mi mente sobre lo ignorado e incomprendido que me siento... por la simple razón que no me comprendo a mí mismo. Salgo de clase y voy al piso donde resido como huesped. Acaba el día para mí, y cierro los ojos a la vez que me elevo a un mundo más tranquilo, de ensueño.

No, aquí no acaba la historia. Para mí empieza la noche, y durante el sueño recuerdo que todavía tengo mucho camino por recorrer, mucho que encontrar en mi búsqueda diaria de la Verdad y de mi propósito en la vida, y reanudo la marcha. Si tan sólo pudiera mantener esa energía y perseverancia cuando estoy despierto... Poco a poco, el entrenamiento sigue.

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