El Ermitaño

Significado etimológico
Ermitaño (eremita) viene del latín ermita, que a su vez se deriva del griego eremites, que significa: aquél que vive en el desierto. Describe, genéricamente, a todo aquel que vive en soledad para dedicarse a la oración y a la meditación.

Los ermitaños ya se conocían en los tiempos del Antiguo Testamento. Entre ellos está el profeta Elías. San Juan Bautista se preparó para su misión como ermitaño en el desierto (y más tarde le siguió Jesús). Con el tiempo, y debido a la Iglesia primitiva, se asoció al ermitaño con el lugar de oración de muchos cristianos, la 'ermita', en tiempos en que los ermitaños se hicieron numerosos primero en Egipto y luego en Asia Menor, aunque rápidamente se esparcieron hacia Occidente donde ya edificaban, eventualmente, monasterios que combinaban la vida ermitaña con la vida cenobítica.

Significado oculto
Debido a que un ermitaño es alguien que busca soledad para encontrarse consigo mismo, es la figura representante del iniciado, del maestro o del sabio. Se corresponde con el número nueve (el número del ser humano, del amor universal y del servicio a los demás). Generalmente, el verdadero ermitaño hallaba su propia divinidad y luego retornaba con las personas para ofrecer su servicio, una manifestación del amor. Por lo tanto, representa a un ser que guía a otros, que aporta luz donde antes había oscuridad, que señala posibles caminos donde antes había muros; es la divinidad invocada en el corazón del místico, la sabiduría personificada, la experiencia vivida, la inteligencia motora, la búsqueda de la Verdad, el silencio que atesora, la introspección que aflora y la prudencia que persevera. Simbológicamente se asocia con la imagen de un hombre ya mayor, que lleva en una mano un candil o farolillo (símbolo de la luz de la vida, de la sabiduría, de la inteligencia y del amor) y en otra mano un bastón (símbolo del fuego del espíritu, de la voluntad y del poder personal) en el cual se apoya.

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