Los demonios del pasado y el poder de la palabra

Sí, señores y señoras, la palabra tiene poder, y mucho. En los círculos metafísicos se dice que hay tres niveles de realización: el mental, el verbal y el "accional" o físico. Significa que cualquier propósito puede llevarse a cabo a través del pensamiento, a través del símbolo pronunciado o escrito, o a través de las acciones hechas en la vida cotidiana, respectivamente. Lo primero se debe a que la energía (que se densifica para convertirse en un propósito materializado en el plano físico) sigue siempre al pensamiento; allí donde está tu mente, está la energía, y está creando tu realidad, tu presente. Aún así, a veces puede convertirse en un proceso largo y arduo, pues el pensamiento es a menudo muy sutil. El verbo, sobretodo si es pronunciado, es un paso más hacia la materialización, pues es vibración pura, con lo cual ya no es tan sutil, pero efectivo: la vibración da énfasis y personalidad al pensamiento. El tercer nivel es claramente lo más cercano a la realidad presencial, ya que es el uso de la propia realidad personal... pero hay que tener en cuenta que debe ser congruente con el pensamiento, porque la energía primaria, antes de densificarse, por ser sutil ella misma seguirá a lo más sutil, que es el pensamiento.

Lo ideal es el uso simultáneo de los tres niveles. Por ejemplo, en la búsqueda de un trabajo. Primero hay que pensar que queremos un trabajo y qué tipo de trabajo se quiere. Seguidamente se visualiza (se piensa) el logro obtenido, es decir, se ve a uno mismo ya trabajando en lo propuesto. Después, se verbaliza (lo hacemos inconscientemente cuando hacemos un currículum con una carta de presentación, o cuando lo comentamos con la gente). Por último actuamos (dejando los currículums, buscando en los periódicos, escuchando ofertas de gente...), moviendo así una energía que ya está suficientemente densificada.

Desde ese punto de vista, se entienden muchas cosas. Por ejemplo, sólo de pensar en las iniciales del lugar donde trabajo (W.C.) me estremezco, pues puedo deducir qué estaba haciendo aquél a quien se le ocurrió el nombre, o como mínimo, donde estaba. Bromas a parte, se entiende por qué allí la mayoría de las cosas son una mierda, o nos encontramos con situaciones que nos hacen cagar.

Ayer mismo por la tarde hice uso, sin darme cuenta, del poder de las palabras. Fui a mirar un instituto al que posiblemente me traslade para seguir el módulo que estoy estudiando (Administración de Sistemas Informáticos), pero da la casualidad (¿?) de que para llegar allí tengo que pasar cerca de la UPC, la universidad en la que estuve hace dos años. Yo de la universidad tenía, hace doce horas, muy mala imagen, y siempre he hablado del choque que tuve con el sistema, tanto social como universitario. Era comprensible pues cuando lo dejé coincidió con una época de cambio en la que rompí con todo: con los amigos, con la familia, con los estudios, con los miedos, con el pasado... y me quedé con esa sensación de insatisfacción con la vida dirigida hacia la UPC y la carrera de telecos (teleñecos para los amigos). Así que a la vuelta del instituto, decidí que "hoy tendré coraje y afrontaré mis fantasmas y demonios".

Estar en la puerta de la biblioteca Gabriel Ferraté, entrada formal de la UPC, era como encontrarse en el Hades delante del cancerbero. Así que volteé dicha entrada, pero entré en la universidad. Ahí pasé de tener sólo la idea, a verbalizarlo en voz baja (tal vez por inseguridad) y a actuar decididamente. Di toda una vuelta por la UPC, pasando por el CPET, el Polimenú (o Polipuaj como lo llaman algunos... ¡aish! qué recuerdos...), los diferentes departamentos, que ocupan un edificio entero cada uno, y por último el edificio aulario, donde realizaba las clases de las diversas asignaturas. Al pasar por el aulario me entretuve caminando tranquilamente por cada planta y por cada sección, pasando por entremedio de muchísimos estudiantes que andaban y hablaban por los pasillos. Encontré un aula abierta, vacía y a oscuras, y allí entré y medité un poco acerca de lo que estaba haciendo. Me di cuenta de una cosa: en realidad, siempre me había gustado la universidad, allí pasé buenos momentos y lo echaré de menos.

Por último, abandoné la universidad por el lado que da a Palau Reial. Bajando la calle tuve una pequeña revelación, tal vez por humildad. Reconocí (y reconozco) que odiaba la UPC porque en el fondo la amaba pero no quería verlo. Subconscientemente sentía que algún día quería volver allí o a otra universidad, tal vez por el hecho de querer tener un prestigio si algún día volvía a casa y decía que tenía un título, una carrera. Pero por fin me liberé de esa ilusión y supe que nunca quería volver a intentar telecos; que cuando acabara el módulo de informática no me pasaría a la carrera; que no iría a otra universidad para estudiar física. Al fin supe, y sé ahora, que nunca más pisaré una universidad para hacer carrera. Es una terrible verdad, pero es sincera. Lo sé porque al darme cuenta mi corazón se sintió mejor, liberado, despojado de la oscuridad que lo había envuelto estos dos años. Lo sé porque conozco cada tipo de lágrima que dejo caer a mis pies. He bajado a los infiernos y he regresado renovado. Y ahora sé que nunca había estado más cerca del cielo que en aquel momento.

Sí, he afrontado mis temores y me he desligado completamente del pasado. Y sí, el poder de la palabra me ha ayudado a conseguirlo. Ahora tengo el camino más despejado para llegar a ser un buen terapeuta. Porque también he sabido, a través del corazón y las lágrimas, que después de informática no tomaré otra vía en mi vida que la de ser terapeuta. Ese es mi camino y eso he elegido.

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