Tabú

No, no voy a hablar del famoso juego de mesa. Antes de entrar en detalle, me gustaría explicar por qué he titulado así este post. Resulta que ayer por la noche, en el programa de radio “Qué te cuentas” de los 40 Principales, la profesional que se haya detrás del micro presentando el programa tuvo que admitir (tal vez por enésima vez) que le contaban historias para las que ella no estaba preparada. Lo dijo en esta frase, hablándole a un oyente:
“A pesar de que ya lo he dicho otras veces, me veo en la obligación de deciros que, no es que no sea normal, porque al fin y al cabo qué hay de normal en esta vida, pero no me podéis negar que a veces me contáis cosas que son extremas. Y es que esto que me cuentas es muy extremo…”

¿El oyente había violado a una anciana, la había matado y luego había violado su cadáver? No. Para mí eso sería algo extremo. Pero la radiofonista dijo aquello porque el oyente contó su historia, es decir, la historia de alguien que forma un cuarteto (o sea, que tiene relaciones con un chico y con dos chicas, y mediante eso aprendió a querer al ser humano tal como es). Una frase del oyente en cuestión que me gustó mucho fue:
“No creo en la homosexualidad, en la heterosexualidad ni en la bisexualidad. Tan sólo, si estás bien con alguien… ¿por qué ibas a rechazarlo? ¿Qué necesidad hay de entrometer la diferencia de género, de raza, de ideología y todo lo demás?”
Y es que con “todo lo demás” se refiere a todos y cada uno de los condicionamientos al que está expuesto el ser humano como ser social que es, una vez entra a formar parte de un grupo social o sociedad.

Ahora bien, ¿por qué diablos cuento todo esto tan “extremo”? ¿Porque me gusta veros sufrir? No. ¿Y por qué tendríais que sufrir con esto? Da la impresión de que no he elegido bien mis palabras. Sin embargo, creo que, al menos una vez en vuestra vida, os habréis topado con una historia similar a la de arriba (puede que nunca tan “extrema”, y ni siquiera os haya pasado a vosotros sino que sea algo contado por un tercero) que os habrá puesto a pensar… y a sufrir, pues habrá generado un millón de dudas en vuestra mente, y tal vez en vuestro corazón. Los que tengan más suerte o sean más fuertes (pues realmente la suerte no existe) en muy poco tiempo habrán llegado a alguna resolución. Los demás habrán hecho lo que la mayoría: “como es algo fastidioso y no encuentro una respuesta, simplemente rechazo la pregunta”. Y ahí queda el interrogante, sumergido en la sombra de cada uno, pues nunca desaparece del todo. El simple hecho de rechazar la pregunta ya es tomar una decisión, y como todos sabéis, cada elección genera un efecto, una consecuencia. Normalmente esa consecuencia se transforma en haber elegido entre dos polos opuestos: el puritanismo o el hedonismo.

El puritano es el que más se acerca a la concepción que tiene la Iglesia sobre sexualidad. El puritanismo, sin embargo, no sólo se refiere a sexualidad (igual sucede con el hedonismo). El puritanismo implica ver tu entorno como un lugar plagado de límites en el que no te puedes expresar en tu totalidad (básicamente porque “está mal hecho o mal visto”). Cualquier intento de rozar alguno de esos límites (y no digo ya de traspasarlos) genera una sensación de suciedad y de autorechazo, lo cual acaba desembocando en autocastigo para compensar la falta cometida.
A veces (cada vez más) explico a personas que yo no distingo por cuerpos, sino que Veo a las personas. “Pero —me dicen—, llega un momento en que en la relación con alguien hay “algo más” y tendrás que darte cuenta de la diferencia fisonómica que representa el tratar a dos personas diferentes”. Pues vale, regresemos a la sexualidad, pero ejemplificando con una comparación muy curiosa. Imaginemos que a mí me gusta jugar y trabajar con plastilina. Me encanta la plastilina y ensuciarme con ella, y dejarme los dedos grasientos y coloreados por ella. Pero se me ha acabado la plastilina, así que voy a la tienda a comprar dos tacos nuevos. Llego y me encuentro mis dos tacos preferidos: el que tiene forma redonda y el que tiene forma triangular. De hecho, poco importa pues luego lo moldearé a mi manera. Compro la plastilina, llego a casa y me pongo a jugar y a trabajar con ella (sí, a trabajar también, pues trabajo en una escuela y a “mis niños” les encanta la plastilina). ¿Cuál es el detalle crucial de esta historia? A mí lo que me gusta es la plastilina, y disfruto por igual en cualquiera de sus dos formas. Sí, veo las diferencias de forma entre un cuerpo redondo y uno triangular, pero es plastilina igual, y como es plastilina pues juego y trabajo con los dos. Y sí, un triángulo puede encajar en un círculo, pero con varios triángulos puedo construir casas, y con varios círculos hago un cilindro, y con todo junto puedo hacer una mansión con varias chimeneas, todo hecho con plastilina (¿La casa de mi Padre, tal vez, en la que hay muchas moradas o habitaciones?). Pues bien, con los seres humanos me ocurre lo mismo. Sí, distingo formas, evidentemente hay diferencias fisonómicas. ¿Y qué? ¡Vaya, veo que no caso muy bien con el puritanismo! Veamos, pues, el hedonismo.

El hedonismo supone todo lo contrario. No ve límites y… “por cierto, ¿qué son los límites? ¡No está en mi vocabulario!” Eso es lo que diría un hedonista. Para él, todo es completamente natural. Siempre busca aquello que le puede satisfacer, lo que le provoca mayor placer, ya sea en sexualidad, comiéndose una trufa de chocolate, o escuchando música. No conoce el pudor ni la vergüenza.
En ocasiones, y hablando nuevamente de sexualidad (que en este post va a estar MUY presente, para así quitarle algo de tabú), gente me comenta lo mucho que disfrutan a sus parejas (a cada una de las parejas que ha tenido en una sola noche de sábado, claro) y que les encanta expresarse así y que no van a reprimirse. “F*ll*r hasta la muerte”, dicen. “Haz el amor y no la guerra”, hablan, distorsionando el verdadero significado de tan simbólica frase. Pues bien, como persona y amigo suyo me veo en la obligación de hacerles considerar la posibilidad de frenar un poco. ¡Qué cosas! ¡Yo, hablar de frenar! Y por si fuera poco… ¡pongo asteriscos en una palabra muy conocida! ¿Qué sucede, tampoco me llevo bien con el hedonismo?

Es cierto que Veo a las personas y, a través de los sentimientos que profeso hacia la gente, acaricio su alma. Como el cuerpo físico es la última manifestación del alma (recordad los niveles de manifestación, y la frase hermética de “como es arriba es también abajo, y viceversa”), para mí supone lo mismo acariciar el alma que rozar su cuerpo. Me es, incluso, muy natural. Sin embargo no olvido que tanto rozar el alma como el cuerpo es, en verdad, entrar en el terreno de lo sagrado. Sí, es tan sagrado que algo tan sencillo como eso puede llevar a convertirse en un Ser Humano, con mayúsculas, o en una bestia, y he visto a alguno autodestruirse debido a ello. ¿Es acaso eso una limitación? Si consideramos el libre albedrío de las personas como un límite… tal vez sí. Entended que yo no voy de un extremo al otro, a un puritanismo puro ni a un hedonismo puro. Como todo en la vida, trato de equilibrar ambos polos que, por ser opuestos, ya se complementan a sí mismos. Tal vez sea eso, el Equilibrio, lo que para muchos es un caso “extremo”.

Que cada uno siga con sus tabúes, si de verdad se siente cómodo con ellos. Sin embargo, me he visto en la obligación de hablar. Hablo sobre el alma cuando veo que allí fuera se valora en exceso al cuerpo. Hablo sobre el cuerpo cuando veo que allá, en otra parte, se valora en exceso la mente. Y hablo sobre el corazón cuando veo que, alrededor, se valora en exceso cualquier otra cosa. ¿Pretendo cambiar a alguien hablando así? ¿Por qué es para mí una obligación hablar de ello? Porque nada me impide cambiarme a mí mismo a través del propio Equilibrio, y porque al menos ahora me comprenderéis un poquito más (aunque sea poco) y me conoceréis más ¿Me traerá eso problemas con las personas? Quien sabe, tal vez algún día me asesinen por ello…

…pero ése es mi tabú.

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