La Rueda de la Vida (parte VII). La Soberbia.




[Este es un post MUY largo. No como otras veces, sino mucho más largo. Si lo queréis leer con tranquilidad (y sólo si lo queréis leer) os aconsejo que lo copiéis en Word o algo similar y lo imprimáis. Son unas 14 páginas en Word.]

Jamás creí que me sucedería tan temprano. Sí, lo he estado buscando yo mismo por mis prisas, pero quien vive rápido también muere más joven. Al fin y al cabo, pensé que por muy impaciente que fuera tampoco estaba preparado y tardaría al menos unos años más. No ha sido así. Se trata de algo tan importante que incluso hizo falta “inventar” toda una religión o filosofía de vida (el budismo) para tratar de solucionarlo: el Ego. Y yo no soy Buda, no me he iluminado ni tengo suficiente nivel espiritual. Que Dios me ampare… Como dirían los hermanos Elric en su canción “Bratya”:

[…] Está prohibido intentar regresar… aquello tomado por la tierra. El que conoce la ley de la existencia podría ayudarnos a encontrar la respuesta. […] Sólo hay un camino para nosotros,
purgaremos nuestros pecados completamente. […] Es cierto, hemos pecado al querer ser más fuertes que cualquier otro. […] Pero ¿qué debemos hacer?, ¿cómo debemos ser?; ¿Cómo arreglarlo todo?, ¿cómo olvidar? Está prohibido intentar regresar… aquello tomado por la tierra.


Primero me gustaría mencionar que este post es un intento de esclarecer uno de los pecados que quedaron pendientes, y digo que es un intento porque esta vez no tengo el apoyo de Kadil puesto que ella aún no ha decidido continuar con sus seminarios de la Rueda de la Vida. Entiendo que no se me puede dar todo en bandeja de plata, pero este “duro trabajo” es como andar sin linterna en un túnel oscuro en altas horas de la noche. Bueno, tampoco soy yo quien decide si estoy preparado para esto, así que me dejo guiar.

Finalizado este comentario, informo de que es mi intención actualizar la información de los pecados ya estudiados y, a medida que lo vaya haciendo, los iré poniendo en la parte de Enlaces bajo lo de Astrología.

Soberbia” viene del latín “superbia”, y éste está formado por dos vocablos: el superlativo “super” + la raíz “bía”; lo primero significa “altura, exceso, superior”, y lo segundo quiere decir “fuerza, violencia”. Se puede traducir por “Fuerza Superior”. Según Santo Tomás de Aquino, Soberbia es el “apetito desordenado de la propia excelencia”. En otras palabras, es situarnos en un renglón por encima de los demás. Y se considera pecado mortal cuando es perfecta, es decir, cuando se apetece tanto la propia exaltación que se rehúsa obedecer a Dios, a los “superiores” y a las Leyes. Me explico.

Desde el punto de vista creyente, Dios es la máxima autoridad. Aunque Él no apela a su autoridad (no castiga) porque es Amoroso, es bien sabido por todos que dejó una serie de normas y leyes que rigen, básicamente, el Equilibrio natural de las cosas. No estoy hablando de la Biblia, sino de la conciencia, esa “ciencia” que, como dije en su momento, está en el corazón del Ser y de cada célula del cuerpo y que permite conducirnos por el Sendero de la Verdad. Se considera pecado a desobedecer esas normas y leyes, y ya no por ofender a Dios (que es Amoroso y por ello no puede ofenderse) sino porque, en última instancia, los perjudicados somos nosotros mismos (un suicidio es tal vez el mayor acto de Soberbia que puede cometer una persona). De hecho esas leyes no pueden dejar de cumplirse, por eso cuando cometemos pecado (es decir, cuando nos equivocamos, cuando tomamos una mala decisión o cuando actuamos mal) recibimos su consecuencia. No es un castigo divino, es la respuesta de las leyes naturales, se cosecha lo que se siembra.

La Soberbia no sólo desobedece, sino que además se sitúa a sí misma en el lugar de Dios, y de ahí procede su importancia capital. No hace falta ser creyente para entender esto. Nosotros somos hijos de la Naturaleza y podemos decir que cometemos Soberbia cuando creemos que somos los mejores seres que ha creado la Naturaleza, cuando nos situamos por encima de los otros seres vivos (alegamos que somos más perfectos) o, incluso, cuando creemos que estamos por encima de la propia Naturaleza y tratamos de dominarla a nuestro antojo. Viendo cómo está el mundo hoy en día, por no hablar del calentamiento global, es obvio que se trata de un error y que pagaremos por ello (ya lo estamos empezando a pagar…).

A diferencia de Dios, la Soberbia sí que se ofende. Continuamente. Es la máxima expresión del Ego, es Ego puro (hablar de Ego y de Soberbia es hablar de lo mismo), y se hiere fácilmente. Es lógico si pensamos que ella se cree la directora de orquesta y, para mantener esa imagen ilusoria, no va a permitir que nada ni nadie la sitúen en su justo lugar; por eso se rebota. Defenderá a capa y espada que ella tiene razón. Como la Realidad indica justamente lo opuesto, la vía alternativa que le queda es adueñarse de nuestra mente. Prácticamente, en el instante después de nacer la Soberbia se procede a esta “okupación”. Una vez allí, crea un mundo ilusorio donde nos sitúa a nosotros como reyes y, de este modo, nos controla y lo controla todo. Fijémonos en este hecho: cada vez que nos sentimos juzgados observamos el mundo como si nosotros fuéramos el centro del universo; ésa es la prueba de ese mundo irreal que nos fabrica el Ego. Así, mediante esa auto-entronización, vemos como nace la Subjetividad (nuestra forma particular de percibir el mundo) ocupando el puesto de la Objetividad y logrando que dejemos de “pisar tierra” (la Soberbia nos eleva, por eso es fácil confundir misticismo y espiritualidad con un Ego místico, una Soberbia que usa el lenguaje que queremos oír).

La Soberbia es arrogante, y por ello cree no necesitar nada ni nadie. Sin embargo, se mete a sí misma en una paradoja: para existir necesita de la participación de los demás, de un entorno, de una realidad, porque sino no tiene sentido engrandecerse y pavonearse. Creyéndose dueña de todo, es así como se convierte en esclava de todo. Pero eso nunca lo aceptará, ya sabemos que ella siempre tiene la razón.

Como hemos visto, para poder expandir su poder se adueña de la Mente. Allí donde hay Mente, hay Soberbia. ¿Me sabéis decir algo que no pase por la Mente? Aunque encontréis respuestas, si éstas no son sentidas en vez de pensadas, jamás pasarán de las garras de la Soberbia. La Soberbia dispone unos filtros que llamaremos “juicios” y todo lo que se razona pasa por ellos irremediablemente.

Una vez que la Soberbia se aleja del mundo y de la Realidad, convierte al mundo en su enemigo. Es su forma de protegerse: antes de que el mundo rechace a la Soberbia, la Soberbia rechaza al mundo. Así intenta evitar sentirse herida (el dilema del erizo). Debido a ello vemos que una de las constantes de la gente Soberbia es la No Aceptación de las cosas tal como son y como vienen; en vez de eso, tratarán de cambiarlas para que se ajuste a su voluntad. Otra consecuencia de esa defensa es que, al creer que el mundo es su enemigo, cree que la atacarán en cualquier momento. Ése es tal vez el mayor miedo de la Soberbia: verse en un espejo. Y digo esto porque cree que los demás la atacarán debido a que ella ataca a los demás. Su defensa, he dicho, es el rechazo, y su rechazo consiste en un ataque. Ese ataque no sólo tiene como objetivo defenderla, sino también mostrar al mundo su grandeza, lo fuerte y lo valiosa que es. Su ataque consiste en la emisión de juicios y críticas. Lo juzga todo. Y amigos míos, una simple opinión personal de algo, que es un pensamiento elaborado, es un juicio que procede de la Soberbia (repito, todo pensamiento, todo lo que es Mente, está bajo su control y su dominio).

No sólo se cree reina la Soberbia, también se cree juez… pero se toma la justicia por su mano porque la Soberbia nunca puede ser objetiva. Una vez hecho su juicio (que intentará desvalorar siempre al contrario) esperará recibir un juicio como respuesta. Necesita recibir ese juicio para tener algo que defender (defenderse a sí misma). Si no se sintiera atacada, no tendría que defenderse, y si no se defiende no puede mostrar lo grandiosa que es. ¿Veis como funciona? ¿Y qué pasa si no recibe ningún juicio a cambio? Pueden pasar dos cosas: o bien cree que ha cumplido su objetivo de ser reconocida, o bien nos hará creer que sí ha recibido juicios. Debido a esos “filtros”, el más mínimo gesto, intención o palabra del oponente se interpretará como una crítica a ella misma, o a la propia persona que, al fin y al cabo, es lo mismo pues al controlar nuestra cabeza consigue que nosotros nos identifiquemos con ella. Y para apoyar la idea de que hemos sido juzgados no basta el pase de los juicios (filtros) sino que construye un razonamiento deductivo que nos parece lógico para darle credibilidad. A eso lo llamamos “prejuicio” (pre-juicio = antes de un juicio). A veces incluso se sirve de la “exageración” (hacer de un grano de arena toda una montaña). Y como al cerrarnos con ese círculo vicioso de juicios pretende mostrar su gloria, frecuentemente estas situaciones acaban en una lucha de poder, un enfrentamiento donde cada uno muestra que tiene razón. Cuidado con los cuchillos, señoras y señores, que pueden volar sobre nuestra cabeza.

Si nos fijamos profundamente en este último hecho vemos que la Soberbia tiene dos grandes subordinadas aliadas: la Ira y la Lujuria. Ya las hemos estudiado. La Ira, como sabemos, es el despertar de una gran energía de fuego que poseemos pero que se desborda y se canaliza de una forma no adecuada. De hecho, cuando esa energía se traduce en Ira en vez de en fuerza creativa, realmente está sirviendo para alimentar a la Soberbia. Cuando la Soberbia necesita fuerza, apoyo o energía extra para conseguir lo que desea, se conecta a la “Fuente de Alimentación” de la Ira. ¿Recordamos que un airado tiene complejo de santidad (se cree el bueno o la víctima de la película) y cree tener la razón que justifica sus actos? Ya sabemos por qué, es Soberbia. La Lujuria, dijimos, es la manipulación y dominación de los demás para lograr la fuente de nuestro deseo. En una pugna iniciada por la Soberbia es lógico que participe la Lujuria, porque ésta, su forma de manipular la situación y de tratar de dominar al oponente, sirve como medio para que la Soberbia obtenga lo que necesita: ser vista para que todos la reconozcan.

Voy a ir más allá: Todos los Pecados Capitales (“capitales” porque engendran o “dan cabeza” a otros pecados) nacen de la Soberbia. En otras palabras, no hay pecado más capital que la Soberbia. Si la Pereza es la madre de todos los vicios (entendiendo por vicio como a un acto convertido en costumbre), la Soberbia es la madre de todos los pecados, y el peor pecado de todos. La Soberbia, al cegarnos ante la Realidad, nos convence de que todo está bien y no hay nada que remediar. La Pereza puede evitar que tengamos voluntad suficiente para producir un cambio en nuestras vidas, pero por sí sola no basta, porque si sabemos que hay algo que cambiar es cuestión de tiempo que empecemos a mover algo que nos empuje en la dirección adecuada. Sin embargo, por la Soberbia, si desde un principio no queremos ver que hay algo que cambiar y no lo queremos aceptar nunca existirá la intención de hacer nada. Se autootorga la posición más elevada y, una vez consigue que nos identifiquemos con ella, frena completamente la evolución para que no haya la posibilidad de ampliar nuestra conciencia a terrenos más elevados que puedan arrojar la luz suficiente para destronarla. Puede ser tan sutil que, incluso cuando queremos elevarnos y ser mejores, si eso se torna una obligación personal (y, por lo tanto, razonada) ya estamos bajo los dominios de la Soberbia, que nos hará peligrar hacia el lado del creernos especiales y grandes en el territorio del Ego místico.

A una persona soberbia normalmente la sentimos como fría. Eso es porque la Soberbia se aparta de toda emoción para enclaustrarse en la Mente. Lo único que puede sentir la Soberbia es Dolor, que es su justificación para seguir ahí, al pie del cañón. Anula, en cuanto puede, los sentimientos elevados, cierra el corazón, para imponer los dominios de la Mente. Así que cuidado con racionalizarlo todo. Y no podemos pretender tener el control de algo porque eso es el engaño de la Soberbia, que es la Reina del Control. Debido a todo eso, podemos decir que la Soberbia es la razón por la cual la Mente no puede entender ni comprender los sentimientos y pasiones. Para aunar Mente y Corazón es preciso trascender la Soberbia. Como ella trata de bloquear las emociones, nos impide a veces expresarlas y desahogarnos, con lo cual nos lleva a la represión, y es la causa de la actitud inhibida de las personas. También nos impide la empatía, el ponernos en el lugar de otro. El mandato de la Soberbia es toda una dictadura.

Así como la Envidia nace para indicar que hay una carencia remediable, la Ira nace para alimentar la Soberbia e indicar una carencia asociada a un trauma, la Pereza nace para indicar que hay que seguir los ritmos naturales de la Vida (que incluyen el trabajo y el descanso), la Gula nace para indicar un vacío a compensar (a templar) y la Lujuria nace para indicar un deseo a complacer, la Soberbia, en cambio, no está ahí por nada en concreto. Se justifica a sí misma mediante el daño sufrido por el mundo, pero es sólo una excusa. Ella existe “per sé”, y desea seguir viviendo. Es justamente ocupar el cargo de Dios y, de ese modo, pretende ser omnipotente, omnipresente y ser inmortal, el motor y la causa de todo. De hecho, su existencia es tan absurda que me atrevo a decir que existe simplemente porque existe la posibilidad de que así sea. En el mito de Lucifer veíamos que la sola existencia del Sol hacía que Venus, vanidoso, quiera brillar más y ser como él o, mejor dicho, ser él. Del mismo modo, la sola existencia del Alma en un cuerpo humano es suficiente para que haya la posibilidad de que se forme un Yo ilusorio que quiera tener las riendas de la Vida en lugar del Alma.

Si el mito de Lucifer es cierto, él cometió pecado, el primero de la historia universal, en el mismo momento en que dudó de la misma existencia de Dios, así como del buen funcionamiento de las leyes y del plan divino, y por ello exigió libre albedrío. Él sintió miedo de no saber lo que es real como consecuencia de la duda y, debido a eso, decidió rebelarse y atacar antes de obtener una respuesta. Ya sabemos que eso es un comportamiento típico de la Soberbia, así que la Soberbia es el primer pecado. Sin embargo, para que exista la duda en un ser sólo cabe la posibilidad de que ese ser se encuentre en un mundo de dualidad y polaridad y se vea constantemente enfrentado a opuestos, complementarios, paradojas y dicotomías, y esa es una clave importante que despista mucho. Al fin y al cabo, si no nos vemos enfrentados entre la existencia y la no-existencia de Dios no podemos dudar de Él.

Vislumbramos mejor la respuesta si, considerando falso el mito de Lucifer, nos movemos al Génesis, que nos cuenta el principio de las cosas. A Adán y Eva se les permite todo excepto comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Este árbol supone la posibilidad de la dualidad. Hasta ese momento, lo que concibe la mente del ser humano son ideas complementadas en la Unidad, y no puede concebir dos opuestos por separado. Por eso Adán y Eva no se “conocieron” hasta después de la expulsión del paraíso, jamás antes se vieron como seres diferentes. Dios les dice que si comen de ese árbol morirán sin remedio. Es lógico. Supongamos que no podemos pensar en contrarios y dualidades. ¿Cómo mediríamos nuestra Vida? Desde luego, no en términos de vida y muerte, sino en términos de Eternidad. Pero si de repente nos iluminan la conciencia con la posibilidad de estar vivos o de estar muertos, como dos cosas separadas, es lógico que dejemos de pensar en nuestra eternidad y aceptemos como verdad y base fundamental (cimiento) la muerte. Aunque, eso sí, es una Verdad fragmentada e incompleta, porque no incluye a su antagonismo. A esos cimientos tenidos en cuenta se les llama conocimiento (con + cimiento) y es la base de la ciencia. Ya no podemos decir que algo Es, sino que decimos que es blanco o negro, alto o bajo, bueno o malo. Vemos que el potencial existir de la dualidad es suficiente para que nazca la duda y la tentación (la serpiente del árbol), sin que la dualidad haga nada por sí misma. El hecho de estar ahí es suficiente. En el momento en que esa duda se instala para ocupar el trono de Dios nace la Soberbia, y se comete el acto de comer el fruto, de participar de la dualidad. Vemos que, igualmente, la primera desobediencia, el primer pecado, es Soberbia. Además, fijémonos que es tal la Soberbia que cada implicado dice que es otro el que tiene la culpa (claro, la Soberbia lleva razón, ¿cómo iba ella a hacer nada malo?).

El acto de Soberbia no sólo indica la conciencia de lo dual, sino también inicia el libre albedrío tal como lo conocemos hoy en día. Cada decisión la tomamos desde el Ego, pocas veces nos paramos a hacer caso y escuchar a Aquél que nos guía. Y la primera lección a aprender es implacable: todo acto tiene su consecuencia. Si la primera libre elección es apartarse de Dios, como consecuencia nosotros mismos nos vemos apartados de él y nos sentimos desamparados. La reprimenda de la mujer en el fondo simboliza, como metáfora, que la Soberbia es la causa de los dolores emocionales, que cada vez que queramos engendrar algo con el corazón nos resultará difícil y doloroso porque estará la Mente (el Ego) tratando de dominar la situación. Por la reprimenda del hombre deducimos que iniciar un acto de Soberbia sólo lleva a más dolor y esfuerzo, y eso crea un círculo vicioso porque el dolor es la excusa de la Soberbia para seguir existiendo. Lo que le sucede a la serpiente significa que si se quiere ser sabio de verdad hay que tocar tierra, porque la altivez aleja de la sabiduría y produce la pérdida de la razón. Finalmente, dejar comer del árbol de la vida, el morir, da la posibilidad de liberarnos de una existencia eternamente condenada por la consecuencia de un error cometido, y así poder empezar de cero… sólo que habrá que currárselo para regresar al lugar de donde salimos.

A pesar de que la Soberbia exista por sí misma, yo necesité analizar una cuestión: aunque estemos en un mundo dual no tenemos por qué verlo así (eso lo demuestran aquellos lamas que se han entrenado sin Ego desde pequeños, o al menos lo han decapitado), entonces ¿en qué momento se instala definitivamente la duda y, por ende, la Soberbia? Debe haber un punto de inflexión, un momento clave que origina el despertar de la Soberbia. Para ello me voy a servir del Budismo.

Buda, al preguntarse sobre la causa de la enfermedad en el ser humano y su cura, se iluminó y presentó lo que se conoce como “Las Cuatro Nobles Verdades”.

La Primera Noble Verdad dice que el origen de todo mal es “Dukkha”. Dukkha se puede interpretar como sufrimiento, dolor, pena, aflicción, imperfección, impermanencia o insustancialidad, en contraposición de “Sukha” que significa felicidad, bienes, holgura. En consecuencia, se establece que Dukkha es un estado universal y omnipresente, lo cual indica que en los mejores estados que un ser consciente puede atravesar siempre está presente la sensación de fugacidad de éstos (impermanencia). ¿Os suena eso de algo? La Soberbia está ahí porque se siente herida por el mundo…

La Segunda Noble Verdad establece que el origen de Dukkha es, generalmente, el “Tanha” (sed), entendiéndose como deseo, voluntad de ser, de existir, de volver a existir, de devenir, de acrecentar, de acumular… El Ego siempre quiere y necesita, y es Yo, luego Yo, y por último Yo. El ser siente que le falta algo y empieza a desear. La duda alimenta ese deseo y… ¡tachán! surge el Ego. Y el Ego vuelve a desear. Cada vez que satisfacemos un deseo, se genera otro creciente, produciendo nuevos problemas y, en vez de conseguir más humanidad, se obtiene menos, condenándonos a mover el ciclo de Dukkha eternamente. Eso implica, implícitamente, que el deseo o tanha es ilusorio, porque si fuera real se complacería al aplacar la sed.

Estamos en disposición de admitir que el hombre del paraíso se dejó tentar por la duda debido a que presentía que le faltaba algo, sentía algún vacío, y eso le producía infelicidad. Todo lo demás le parecía vano. Por eso empezó a desear. Según el relato del Génesis, Adán deseó casi desde el principio, y lo primero que hizo fue pedir compañeros y por eso Dios dispuso primero animales y luego a Eva. Qué horrible debe ser tenerlo todo y aún así no sentirse satisfecho. Eso deja a la mente como un campo abonado para que crezca la semilla de la duda y desemboque en Soberbia.

La Tercera Noble Verdad cuenta que uno se puede liberar de Dukkha alcanzando la conciencia de Nirvana (algo así como la conciencia de la fusión con el Todo) y eso se puede hacer en Vida, aquí, en el mundo. Y la Cuarta Noble Verdad es el “Magga”, el sendero que conduce al Nirvana y que está compuesto por la Rectitud y la Templanza.

Gracias a estas dos últimas Nobles Verdades podemos concluir que nuestra individualización, nuestra separación del Todo para ser un fragmento (una chispa, un espíritu) rodeado de un Alma individual, produce la Sed de regresar al Todo (eso es Taoísmo). Debido a eso, aunque nos satisfagamos de otros deseos, nunca somos felices al 100%. De hecho, cuando un ser humano nace, hay un momento de su vida en que percibe como si se hubiera separado de un Todo mucho mayor, y el mundo terrenal que nos limita físicamente por un cuerpo material hace que la percepción sea más intensa y dolorosa, al igual que la humedad intensifica la sensación de calor. En ese momento, empieza a albergar la duda sentida en el corazón de si realmente es la pieza de un gran puzzle o si, por el contrario, es falso y su existencia no tiene ninguna razón y ha venido sólo a envejecer y morir. No tiene por qué ser un pensamiento, es algo que se siente, y produce una especial y nostálgica gran soledad. Eso se podría solventar si ese niño recibe una sana educación durante los primeros años de vida de forma que no haya espacio para el Ego. Pero no suele ser así, de modo que la duda y la soledad crece y, antes de sentirse herido por haber venir al mundo (siente al mundo como enemigo) se enfrenta a él. No deja lugar a al entrada de luz y se desdobla un Yo ilusorio que se corona para tomar las riendas de la libertad del Ser en aras de protegerse. Es curioso que, tratando de huir de lo que le hiere, la Soberbia acaba acercándose a lo que la persigue: los soberbios acaban solos. Es otro de los efectos espejo de la Soberbia.

La Soberbia tiene dos caras enfrentadas, como si de una moneda se tratase: el Orgullo (la cruz) y la Vanidad (la cara). El Orgullo es la parte de la Soberbia que rechaza todo y todos, y además los infravalora. Según el Orgullo, nadie es capaz de llegar a su altura, en el pedestal que él mismo se ha colocado. Incluso, si hace algo bien, sólo admite sus propios aplausos. “Los demás que van a entender… Además, sólo mi criterio cuenta sobre mí”, se dice el Orgulloso. La Vanidad es la parte de la Soberbia que engrandece lo que ella hace y lo hace presentable y bello para que sea deseable y reconocible. Se enfrenta al Orgullo en cuanto a que la Vanidad es muy sociable porque necesita de la adulación y aceptación de los demás. Sin embargo, sigue siendo Soberbia y por ello no acepta el juicio externo al igual que el Orgullo. Una de las formas en que esto se ve es en el sentido acusado del ridículo que tienen las personas Soberbias, les resulta una pesadilla verse desnudos ante la posibilidad de burla de los demás (ahí nace la susceptibilidad), por lo cual un Soberbio jamás tendrá sentido del humor, y menos si es para reírse de sí mismos. Sólo será capaz de desarrollar la ironía y el sarcasmo, y ya sabemos que es un fragmento del humor que ataca y desvalora, aunque está socialmente aceptado.

Y hablando de aceptaciones sociales, la Vanidad está por todas partes y es lo que mueve a las masas. La moda existe por Vanidad, la cosmética existe por Vanidad, el deseo de eterna juventud existe por Vanidad… Cada vez que un anuncio dice “mira qué bueno es nuestro producto” aplica Vanidad, y si dice “porque esto es para la mejor persona, porque nosotros lo valemos, o en los mejores cines” despierta nuestra Vanidad, y a veces la publicidad es tan Soberbia que no duda en rebajar a la competencia si hace falta. Incluso cuando nosotros mismos nos miramos al espejo y decimos “qué guapo que soy, yo lo valgo, hoy me como al mundo” eso es también Vanidad. ¿Acaso le hemos preguntado a nuestro cuerpo qué es lo que quiere? Tal vez no deseaba ese piercing que tenemos, pero da igual porque a nosotros nos gusta, ¿no es así? Ese deseo viene de la mente, y es resultado de la Soberbia. Tal vez no digamos que sea Vanidad porque tenemos la excusa de que no lo hacemos por los demás, sino para gustarnos a nosotros mismos. De hecho, sigue siendo Vanidad, nos tenemos que gustar a nosotros mismos para aceptarnos, y sólo la Soberbia necesita de la aceptación, da igual que sea ajena como propia. Además, también necesitamos gustarnos a nosotros mismos para que los demás tengan la posibilidad de que nos acepten y les gustemos. Y si nos tenemos que aceptar y gustar nosotros mismos es porque en algún momento nos hemos sentido no aceptados y no gustados por simplemente Ser y hemos tenido que buscar un recurso para aceptarnos, y ya sabemos que ese mecanismo del “me siento herido” es Soberbia. Y así hasta el infinito. Cada excusa que busquemos será Soberbia.

Puede ser tremendamente sutil. A veces hasta se disfraza de coherencia al cambiar de principios pero no de actitud. Por ejemplo: imaginaros que en un debate trato de imponer mi punto de vista, pero me convencen de otra cosa; entonces en otro debate actúo igual al tratar de imponer el nuevo punto de vista. El principio cambia pero la conducta no. Ahí donde está la razón y el pensamiento se esconde la Soberbia. Siempre.

Para acabar de liar más las cosas, es tan vanidosa la Soberbia que incluso se llama a sí misma. Me explico:
• ¿La Envidia de una persona desata la Envidia de alguien que tiene cerca? No necesariamente. No tengo por qué envidiar al que me envidia.
• ¿Y la Ira? Aunque normalmente un irascible sí nos cabrea, no tiene por qué hacerlo. Nos puede parecer simplemente desagradable (y eso es Soberbia) y nos apartamos.
• Encontrarnos con un perezoso o con un diligente no nos vuelve obligatoriamente como ellos.
• La Gula no tiene por qué contagiar más Gula porque el vacío que tiene uno no tiene por qué ser el mismo en otra persona.
• Un lujurioso no tiene por qué hacerme lujurioso a mí (si soy manipulado por alguien no pensaré en manipular a mi manipulador, no obligatoriamente).
• Incluso un avaricioso no vuelve avaricioso a los demás que le rodean, cada uno tiene sus propias razones y no siempre son las mismas.

En cambio, la Soberbia SIEMPRE hace manifiesta la Soberbia de los demás, sin ninguna excepción. Y eso es porque cada Ego, cada Soberbia de cada persona, necesita destacar y mostrar que tiene razón y que es el mejor. Si una Soberbia se engrandece, las demás no pueden ser menos y quedarse atrás. En ocasiones, la crítica no va entre ellas, puede que sea hacia nosotros mismos (si un Ego nos dice que somos lo peor, puede que nuestro Ego nos diga a nosotros mismos que somos lo peor), y el autojuicio es Soberbia igual. Además, y debido a que la Soberbia es la raíz de todos los pecados, observamos que una Soberbia no sólo llama a otra Soberbia, sino que genera un pecado secundario que será uno de los otros pecados capitales. Pongo un caso:

— Cuando mi madre, por Soberbia, me decía a mis 17 años cosas del tipo “no hagas eso que ya eres mayorcito” se desencadenaba lo siguiente:
1.— Mi propia Soberbia salía como respuesta y pensaba “¿y ella qué sabrá? Pues no estoy tranquilo ni nada siendo como soy, ¡si eso es lo que me gusta!”. Cuando me encuentro ahora con 22 años en situaciones similares pienso cosas más sutiles que enmascaran mi Soberbia.
2.— Seguidamente decía “Sí, sí…”, lo que yo denomino la técnica del camarero, que consiste en aceptar y dar la razón para lograr que se calle el otro. Eso es una Lujuria, trataba de manipular a mi madre para que me dejara en paz, que ése era mi deseo a satisfacer. Ahí vemos el pecado secundario.
3.— Y por último, tanto si mi madre tenía razón como si no, me abandonaba a mis propias ideas auto-convencidas, pues era demasiado perezoso pensar si había algo que yo hacía mal y debía currar para cambiar a mejor. Ahí tenemos otro pecado secundario.

Debido a que estos pecados secundarios también son “Capitales”, generarán otros vicios o pecados, como por ejemplo la hipocresía y la irresponsabilidad.

Al mismo tiempo que la Soberbia engendra todos los males, los pecados capitales devuelven siempre Soberbia, pues todo debe regresar a su origen, por ley natural. En el caso anterior:

— Mi madre se diría a sí misma “me está haciendo callar” (que para algo es una madre y se conoce los trucos de su hijo) y “éste no sabe con lo que se encontrará después, ya verás cuando madure y vea cómo se ha equivocado…”, lo cual, tanto si iba a ser verdad como si no, sólo es una respuesta soltada por su Orgullo, incapaz de ceder y, mucho menos, empatizar y ponerse en el lugar del otro. Así que mi Lujuria y mi Pereza hacían aparecer de nuevo, en esta situación, la Soberbia. Y esto es un círculo vicioso.

Veamos ahora los primos-hermanos de la Soberbia:
— Vanagloria
— Jactancia
— Fausto
— Altanería
— Ambición
— Impaciencia
— Hipocresía
— Presunción
— Desobediencia
— Pertinacia

Enfermedades derivadas de la Soberbia: esencialmente todas porque la Soberbia es la raíz de los otros pecados, pero principalmente:

— Obesidad. Si se hincha el Ego, el cuerpo también lo sufre. Además, nuestros “michelines” también responden a la necesidad de protegerse del medio exterior, y la Soberbia es defensiva por naturaleza.

— Cáncer. Una amiga mía que estudia medicina me definió una vez, hace mucho tiempo, al cáncer como a aquellas células que cogen complejo de superioridad y de inmortalidad, por eso mutan su ADN (tienen que distinguirse de las demás y destacar de alguna manera) y deciden no acabar nunca con su ciclo vital.

— Lupus. Debido a la autodestrucción. Puede responder a un Orgullo herido que al final desemboca en autojuicio.

— Problemas de piel. Es el órgano más grande y externo del cuerpo humano, así que hace de espejo de la “grandeza y superficialidad” del Ego. Vemos sobretodo la aparición de manchas y eccemas, incluso psoriasis, como resultado de la autocrítica y lo mal que pensamos de nosotros (suciedad psicológica), algo así como tirar piedras sobre el propio tejado. Las infecciones indican además que la Soberbia está apoyada por la carga energética de la Ira.

— Alergias. Indican que hay algo que no aceptamos, no toleramos y lo estamos rechazando.

— Problemas de boca y garganta. Tal vez no queramos “tragar” una situación y nos cuesta “masticarla”, y no queremos ceder nuestra Voluntad. También se puede presentar como tortícolis, por no ceder y querer mantenernos obcecadamente en nuestra posición.

— Problemas gástricos. Porque la Soberbia no quiere digerir algo o lo hace mal. Si la situación es demasiado ácida o nos produce cólera, aparece también la acidez y la posibilidad de úlceras.

— Problemas de ojos y oídos. Por no querer “ver” ni “oír” la Realidad.

— Problemas de vello y pelo. Responde a la Vanidad y a la protección (algo así como lo que hace las púas de un erizo).

— Problemas de la cara en general, pues reflejará la distorsión del Yo producido por la Soberbia.

— Problemas de uñas, dientes y encías, porque son el reflejo de nuestras armas ofensivas que usamos para defendernos (como si fuéramos un gato).

— Problemas de pies y piernas, pro no querer avanzar en la vida ni movernos del sitio en el que estamos.

— Rigidez y tensiones musculares. Puede afectar a toda la columna vertebral y a las articulaciones. Deriva de la postura rígida e inamovible de la Soberbia.

— Todo tipo de problemas del Sistema Nervioso Central y psicológicos, incluyendo la tentativa de suicidio. Se debe a que la Soberbia alcanza toda la extensión de la Mente y lo quiere controlar todo. Por ejemplo, en lo que al suicidio se refiere, comúnmente lo elegimos como una manifestación de que el momento de nuestra muerte es algo que todavía está en nuestra mano, y esa posición controladora es propia de la Soberbia. Además, se suele desear que todo se acabe y de este modo pretender que lo único que exista es nuestro mundo donde nosotros, el centro, somos felices. Y ése es el mundo que la Soberbia crea para nosotros.

Cada persona tiene motivos diferentes, pero siempre será Ego. Yo recuerdo haber intentado matarme en dos ocasiones: una siendo muy chico, cogí un cuchillo y sencillamente iba a cortarme las venas de la muñeca… sólo que no llegué a hacerlo porque apareció mi madre de repente y yo alegué que iba a pelar una naranja; la siguiente ocasión sucedió hace poco, hará unos tres años y pico, y me convencí de que tenía que tomar pastillas porque mi existencia producía dolor a otras personas, y si yo moría entonces ya no habría más dolor. En el primer caso, la idea fue “siento vacío, nada tiene sentido, ¿por qué actúo como una muñeca para los demás?”; en el segundo caso la idea fue “siento vacío, nada tiene sentido, ¿por qué estar aquí si eso duele a los demás, y ese dolor me duele a mí también?”. Ambas ocasiones se pueden resumir en la necesidad de alcanzar cierta paz y de poder controlar lo único que me quedaba, el tiempo de vida, puesto que todo lo que sucedía alrededor mío parecía imposible de estar bajo mi control, no lo comprendía y además era sufrimiento. Y en ambos casos sentía que debía existir un estado del ser o algún lugar en el universo donde era posible que todo fuera plenitud y paz (lo que podría ser un pequeño vislumbrar del Nirvana) sólo que creí que debía existir más allá de la muerte y que no era posible en este mundo en vida. Es fácil ver ahí las pistas de la Soberbia.

Ahora viene la noticia desagradable: contra la Soberbia no se puede luchar. De hecho, es mejor no guerrear en nada. Una lucha, una batalla, significa que hay algo que creemos que debe defenderse o ganarse, y eso implica estar bajo el dominio de la Soberbia. Luchar contra ella es pecar de ella. La mejor guerra ya ganada es vivir en la Humildad, y no por Vanidad para que todo el mundo sepa lo “guay” que somos, ni tampoco por Orgullo para aleccionar a los demás, sino simplemente porque eso forma parte de nosotros y nuestra actitud, y porque constituye el mayor alivio que puede sentir el Alma.

La Humildad

Por duro que parezca, la única y mejor opción que tenemos para trascender la Soberbia es el Realismo. “Humildad” tiene dos raíces latinas: “humiliatis”, que significa abajarse o arrodillarse y de la cual nace el verbo “humillar” y “humillarse”, y “humus”, que significa tierra. En otras palabras, ser humilde significa pisar tierra o, incluso, arrodillarse ante ella, lo cual implica ceder, dejar de oponer una resistencia y Aceptar. Pero, ¿ceder ante qué? ¿Aceptar el qué?

La Tierra es el elemento que representa a lo receptivo en su forma más simple y sencilla, así que unas de las cosas a Aceptar son la simplicidad y la sencillez de las cosas. También representa lo físico y lo mundano, sobretodo como a algo que se percibe a través de los sentidos (NO sólo los 5 sentidos…); aquí es importante fijarse en que primero percibimos y es luego cuando el cerebro procesa, así que las sensaciones vienen antes que los pensamientos, y por eso sabemos que otra cosa a Aceptar es que somos seres sintientes, mucho antes de ser seres mentales, y debemos Aceptar también nuestras percepciones y nuestros sentimientos. Tierra es también estabilidad y método, contraponiéndose a la Mente que alberga la dualidad y la duda, y a las emociones que han sido inestabilizadas por la Mente; por lo tanto, si hay que dudar de algo es de la misma duda, y hay que Aceptar el “perseverar en Aceptar” excluyendo así la rigidez y la inflexibilidad (la tierra también puede ser mutable). La Tierra siempre necesita un tiempo para dar sus frutos, suele ser lenta en su proceder, así que insta a Aceptar el tiempo que hay para cada cosa, y el ritmo de uno mismo (que siempre es mejor hacerlo lento y bien hecho que rápido y mal). Y Tierra, entre otras muchas cosas, también incluye la idea de Realidad, a diferencia de los otros elementos que parecen mucho más etéreos. De hecho, la palabra “piedra” deriva del latín “petra” que significa Verdad, Así que Humildad también significa Aceptar la Realidad, usando un enfoque siempre Objetivo. Veréis que, por todo eso y más, la Humildad irrita considerablemente al Ego, que se revuelve en las entrañas.

Por lo tanto, veamos ahora cuáles son los pasos para llegar a la Humildad:

1. Aceptar nuestra encarnación en la Tierra, aquí y ahora, en este lugar, en esta familia, en este momento, en nuestro cuerpo físico y material. Aceptar nuestro cuerpo y Amarlo, pues es nuestro hogar y templo a lo largo de toda la vida terrenal actual. Y Aceptarlo tal como es Ahora, no como fue en el pasado o cómo será en el futuro, da igual si es gordo o flaco, alto o guapo, más guapo o más feo, no importa, hay que estar de acuerdo con ello ahora porque la Realidad es que eso es lo único que tenemos para sostenernos. No sé si os podéis imaginar los cambios físicos que se producen con sólo dar ese paso, así que es importante.

2. Trascender la Dualidad del Mundo. Esto es tan importante como difícil. Cada percepción que tenemos de nuestro mundo e, incluso, de nosotros mismos, al pasar por el filtro de la Mente, que lo convierte todo en pares de opuestos, se convierte en una verdad fragmentada, una verdad a medias siempre incompleta, y se debe a que el Ego nace en la dualidad y maneja la dualidad. Sin dualidad, el Ego no tiene cabida. Trascender la dualidad significa ser capaces de encontrar siempre un término medio para cada cosa en el cual se reúne toda la escala que va desde un opuesto suyo al otro. Por ejemplo, si tengo una hoja de papel y tengo que trascender la dualidad a la que me somete la Mente, no puedo decir ni pensar que la hoja es blanca o que es negra, que es pequeña o que es grande, que es fina o que es gruesa… como tampoco puedo admitir que es gris o de tamaño medio, cada adjetivo excluye a todo lo demás; puedo tratar de llegar a un consenso, que les parecerá bien a uno y no tan bien a otros. Sin embargo, hay algo que sí que es Real, y MUY Real: lo único cierto es que esa hoja de papel Es. Así, tan sencillo y simple. Es. Sin florituras. Recordemos que la Humildad incluye la noción de simplicidad y sencillez. Y éste es uno de los ejemplos más sencillos. Evidentemente, la cosa se complica para casos más complejos.

Llegados a este punto nos podemos preguntar: ¿realmente esto que estamos haciendo, tratar de ser tan objetivos y realistas, es Humildad? Siempre habíamos pensado que era otra cosa. Voy a poner otro ejemplo sencillo que me ocurrió a mí en el Camino de Santiago.

“Como a casi todo el mundo, hay comidas que me gustan y hay comidas que no. Decimos que es una cuestión de gustos, cada persona se decanta por unos alimentos. Sin embargo, una vez te encuentras en el Camino de Santiago, a menos que seas rico y te puedas permitir comer en los mejores restaurantes cada día, no te quedará otra opción que comprar algo en una tienda del pueblo y cocinártelo en el albergue de peregrinos (caso de que haya) o bien aceptar el alimento que ya haya en ese albergue, o que te den la gente del pueblo. En el antepenúltimo día de Camino, incluso, me encontré que llegado al albergue con una chica que conocí dos días antes, la hospitalera de peregrinos, que no se esperaba recibir peregrinos en ese lugar y en esa época del año (Olveiroa, 1 de Marzo), nos regaló la cena que se había estado preparando para ella (un delicioso caldo con carne, patatas y verdura, una tortilla, y hasta bizcocho con peras de postre).”

Os aseguro que, aunque antes del peregrinaje no me gustara algo de eso, me lo habría comido igual. Después del ejercicio diario y del trabajo interior y personal, se tiene hambre de verdad, y no se come por rutina o por gusto, sino porque realmente se necesita, el cuerpo lo pide, y con poca cantidad y mala comida ya basta para que realmente se sienta placer en el acto de comer y uno se encuentre feliz y satisfecho. El cambio que se produjo en el Camino de Santiago fue: de tratar al alimento como bueno o malo según me guste o no, a tratarlo simplemente como Alimento. Eso es un ejemplo de trascender la dualidad. Y eso me permitió ser agradecido con lo que me daban y me producía una gran alegría y serenidad. Si tengo que recordar momentos felices de mi vida, seguro que me vendría eso a la memoria entre otros recuerdos. ¿Os parece ahora esto Humildad? :) Y no sería justo con esta observación si no mencionara la Humildad de la hospitalera de Olveiroa. Nos trató de una manera estupenda, que pocas veces he visto, aunque nosotros éramos desconocidos para ella y éramos unos sencillos peregrinos. Daba igual, a sus ojos nosotros simplemente Éramos, exactamente igual que ella Es, y eso le permitía Servirnos como si se sirviera a sí misma. Merece que, como mínimo, se la recuerde.

Si los dos primeros pasos eran los más difíciles, ahora viene la parte más trabajosa.

3. Conocerse uno mismo. Y, evidentemente, se empieza por el cuerpo. Está demostrado estadísticamente que, aunque hayamos visto nuestra cara millones de veces, la mayoría de nosotros es capaz de verse reflejado en un espejo de cuerpo entero a unos metros de distancia y creer que es otra persona distinta. Alguno puede que diga que le suena a alguien pero no recuerda quién es. Eso nos muestra hasta qué punto difiere lo que somos de lo que creemos que somos. Por lo tanto, debemos conocer y reconocer cada rincón de nuestro cuerpo, cada cambio de color o de textura, cada cambio de temperatura, cada forma… Es importante porque cada milímetro del cuerpo esconde no sólo información genética, sino también información emocional, mental, kármica, patrones energéticos y de conducta… que normalmente permanecen bloqueados. Si eso se bloquea, nosotros como un Todo también, y eso refuerza la posición del Ego.

Una buena práctica que sirve al propósito de liberar toda esa biblioteca de información y hacer que circule con libertad es la Terapia de Expresión Corporal. Al trabajar el cuerpo con movimientos de expresión nos sucede que: primero, nos obliga a entrar en sintonía el cuerpo con el alma, y eso refuerza el paso primero de la Humildad; segundo, desbloquea toda la información que contiene y que, en la mayoría de ocasiones, sólo es un lastre que nos pesa. Un trauma padecido en la infancia se mantendrá en nuestro cuerpo de por vida, a menos que lo liberemos y con ello se libere también nuestro dolor.

Posteriormente a conocer el cuerpo físico, entraremos al siguiente nivel, que es el de conocer nuestras enfermedades. ¿A qué somos propensos? ¿Estamos pasando ahora por alguna enfermedad? ¿Tenemos una enfermedad crónica? ¿En qué consiste concretamente cada enfermedad? ¿Tienen esas enfermedades algún mensaje para nosotros? ¿Qué relación hay entre nosotros y nuestra enfermedad? Después de todo eso, observaremos nuestras emociones. ¿Habitualmente, qué emociones tenemos? ¿Pasamos de una emoción a otra con mucha facilidad? ¿Siempre hay una emoción de fondo? ¿Cómo sentimos las emociones de los demás? ¿Cómo reaccionamos emocionalmente a las situaciones? ¿Hay alguna emoción que se repita más que otras? ¿Estamos “enganchados” o “viciosos” a experimentar una emoción continuamente? ¿Y por qué? ¿Qué relación hay entre quién somos y lo que sentimos? ¿Sentimos que las emociones se bloquean y necesitamos liberarlas? ¿A qué emociones les pasa eso? Etc. Ya veis que se pueden plantear muchas preguntas para ponernos en contacto con las emociones y conocerlas. Luego, y por último, observaremos nuestros pensamientos, cómo surgen, si embotan nuestra mente, si pasan continuamente y no podemos tener quietud mental, si pasan ordenadamente y en silencio, si todo lo racionalizamos, cuáles son nuestros patrones, si hacemos juicios, si tenemos prejuicios o hemos sido condicionados, en qué ideas se sustenta nuestra escala de valores y nuestra filosofía de vida, si estamos emitiendo pensamientos al exterior o por el contrario somos receptivos a lo nuevo… todo.

4. Aceptar. Es probable que lo que encontremos al conocernos no nos guste mucho. Por ello, debemos utilizar lo que aprendimos del paso 2 para ver nuestras cosas tal como son, es decir, que simplemente son, ni felices ni dolorosas, ni buenas ni malas, ni útiles ni inútiles. Soy consciente de que cuesta, pues lo he estado probando conmigo.

5. Comprender. Al Aceptar lo que somos, como somos, como sentimos y cómo pensamos, podemos comprendernos. Se pueden comprender las virtudes, se pueden comprender los defectos, se comprenden las acciones, se comprenden las consecuencias, se comprenden las limitaciones, comprendemos que no nos limitan… se ve con claridad y facilidad el por qué de cada cosa, que todo tiene un sentido y una razón de ser. Es posible, incluso, que la comprensión y el entendimiento llegue como una consecuencia natural y lógica después de la Aceptación, como si de repente nos encontráramos que nos han quitado una venda de los ojos y del corazón… porque no sólo comprenderemos con la Mente, sino también con el corazón. Este paso, sobretodo, produce una especie de alivio, nos quitamos una carga enorme de encima y simplifica todo el proceso.


6. Perdonar. Después de Aceptar y Comprender, es momento de volver la vista hacia aquello que en un principio nos resultó horrible, dañino, doloroso, malo o nos produjo miedo. Si hemos seguido bien los pasos anteriores, ya no sentiremos todo eso como tal. Estamos ahora en disposición de soltarlo y liberarnos de esa carga emocional. Eso es el perdón. El Aceptar nos sitúa de nuevo en la Realidad y la Objetividad, y el Comprender nos da Luz en la Mente y en el Corazón; juntas nos liberan por completo. Jesús tenía razón cuando dijo “la Verdad os hará libres”. A veces, este paso de sanación (el Perdón sana el Karma) necesita de pedir el perdón a otros, además de perdonarnos a nosotros mismos, y ese acto pondrá a prueba nuestro Orgullo (y Ego).

7. Seguir el ciclo. Hay que repetir desde el paso 3, pero trabajando ahora con los demás en vez de con nosotros mismos. No basta con ser realistas con nosotros, debemos serlo también con los demás, y eso los dejará en nuestro mismo lugar, un sitio donde el otro es nosotros, y nosotros somos el otro. Esa condición de igualdad es importante, porque con esto el Ego pierde su público. Los demás, por lo tanto, también están sujetos a que sean aceptados por nosotros, a que sean comprendidos y a que sean perdonados, porque ellos simplemente Son, al igual que nosotros simplemente Somos.


8. Consagrarse. Tal como suena, da miedo. Y en verdad, se trata de la toma de decisión más importante de toda nuestra vida terrenal. De aquí depende el resto. Es el paso en que debemos mirar hacia nuestro interior, en lo más profundo de nuestro Ser, a través del corazón, sincerarnos y admitir: existe algo, lo comprendamos o no, sepamos lo que es o no, y que abarca Todo, que tiene conciencia y que vela por el Equilibrio natural de las cosas, en este y en todos los Universos, y que se identifica con cada una de sus criaturas por pequeña que sea. Yo a esto lo llamo Dios, Padre y Madre; un wiccano hablará de Diosa-Madre y Dios-Padre; un taoísta hablará del Tao; un ecologista hablará de la Tierra y la Naturaleza; y un físico cuántico hablará de las leyes físicas. Pero en todos los casos, todos coincidimos en esa conciencia universal y equilibradora, que hasta podemos llamar Amor porque todo lo acepta, todo lo comprende y todo lo perdona. Una vez hecho este acto de sinceridad, es el momento de destronar al Ego y poner en su lugar a Aquello que hayamos hallado en la interiorización. Pensad que este acto supone que las decisiones que tomemos ya no estarán guiadas por nuestra mente, sino por este otro “sustituto”. De hecho, es coronar a lo que siempre debió estar allí en lugar de la Soberbia. Y esto es la consagración, porque significa que nuestra voluntad dependerá siempre de esta otra voluntad mayor. No es una obligación. Es un paso que surge también con naturalidad, en el momento en que estamos preparados, y responde a nuestra libertad para escoger, sólo que ahora libremente escogemos hacer caso a alguien que conoce mejor que nosotros mismos las leyes de la existencia.

9. Confiar. Es el último paso. Esto es lo que comúnmente llamamos Fe. Ya que a esta conciencia (lo que para mí es Dios Padre-Madre) la hemos situado en lo más alto, debemos fiarnos en todo momento de las decisiones que libremente tomamos siguiendo sus consejos. Recordemos el principio de estabilidad y método, debemos perseverar en esta confianza. Si debemos dudar de algo, debe ser de la misma duda. En este punto, sin embargo, es posible que apenas haya duda, pues ya estaremos acostumbrados a trascender la dualidad del mundo y verlo con realismo desde la conciencia de la Unidad. Este paso implica que ya nos pueden venir tormentas en la vida, que nosotros veremos a los problemas tal como son: sin mensajes negativos. Que pedimos Sol y nos hace Sol, bien; que nos llueve, bien también porque así podemos recoger agua y además la lluvia nos limpia y limpia también la atmósfera de contaminación. Todo será una guía para nuestro camino si, finalmente, confiamos. Y las casualidades ya no lo serán, se convertirán en causalidades.

Si hemos comprendido bien los pasos, podemos ver lo que NO es la Humildad, y así desengañarnos de algunas trampas de la Soberbia.

Un ejemplo para los demás. Ser humilde es una filosofía de vida. Es ser íntegro con uno mismo y con cómo sentimos el mundo y el Universo. Si los demás aprenden algo de nuestra filosofía, está bien, pero si no lo hacen también está bien, porque cada uno tiene su camino. La Humildad no se impone. No somos humildes si vivimos para enseñar, sí lo somos si vivimos para servir. Que cada uno tome lo que necesite de aquello que nosotros damos.
Rebajarse. No se trata de reconocerse como menos que los demás, eso entra en la dualidad y da pie a que surja el Ego diciendo “¿y Yo por qué debería ser menos?”, dando paso seguramente a la Envidia. Tampoco se trata de ser más culpables, más “pecadores”, y más peores que otros, porque todo lo “más” es Soberbia. Además, demuestra una falta de Caridad, y si falta la Caridad es que falta también la Humildad (si la Soberbia es la madre de todos los pecados, la Humildad es la madre de todas las virtudes). Lo único Real es que SOMOS. Ni más ni menos, sólo SOMOS. Por lo tanto, no se logra Humildad al humillarse o al humillar a otros, aunque el verbo “humillar” comparta la misma raíz latina que la Humildad.
Una imagen. Todos nos hemos formado alguna vez una imagen de lo que creemos que es la Humildad, y una imagen siempre puede convertirse en una máscara que nos podemos poner para representar un papel. Eso jamás será Humildad. Por lo tanto: NO soy humilde si rechazo halagos diciendo “no es verdad, no tiene mérito…” y cosas similares porque estoy actuando de acuerdo con lo que creo que está bien y que parece humilde, cuando en realidad es Vanidad; evidentemente, tampoco soy humilde si me creo los halagos y me crezco, también eso es Vanidad, pero sí soy humilde si acepto los halagos (le hago un bien a la otra persona, porque necesita reconocer un agradecimiento y eso siempre es bueno, o si no que se lo digan a Usui) pero sin perder el Norte, la orientación de lo que es Real. Tampoco soy humilde si persigo la Humildad con el fin de “mejorar”, pues sólo el Ego necesita ser más y mejor, así que en realidad estaría persiguiendo una imagen que me he formado de la Humildad y no estaría Aceptando que Soy.
Resignación y Abandono. No es humilde el que, creyendo que Acepta, deja las cosas tal como están. Me refiero a casos del tipo “Ah, acepto el hambre en el mundo como algo que simplemente Es; por lo tanto, no tengo que hacer nada” o bien “Como acepto mis defectos, cada vez que la cague puedo decir que es que Yo soy así”. Eso puede ser Soberbia y Pereza, pero jamás Humildad. Es el Ego el que decide que todo debe cambiar para adaptarse a su peculiar forma de ser, o el que se queja si algo cambia y se mueve justo ahora que estábamos más cómodos. Una cosa es hacer un parón de vez en cuando porque seguimos los ritmos naturales de la Vida y éstos a veces nos piden descanso, pero otra cosa muy distinta es no hacer nada. Si somos humildes reconoceremos que es tan realista aceptar el hambre en el mundo como aceptar que hay que Servir al mundo para que exista Equilibrio y se compense esa hambre, y es tan realista aceptar nuestros defectos como aceptar el trabajo diario en pos de las virtudes. Recordemos que la Humildad requiere ambos polos, en vez de la aceptación de un solo lado de la moneda. La Humildad juega con la dualidad trascendiéndola y unificándola en una idea de Unidad. Sólo tiene sentido algo si se trabaja su complementario.
Un acto de Justicia. A veces creemos hacer un bien al mundo por el hecho de ser humildes. Incluso, sin darnos cuenta, usamos la Humildad como una forma de venganza o como defensa de una verdad. Todo eso es Ego. No somos humildes si pretendemos algo similar a lo que acabo de mencionar. El humilde ya es objetivo y justo, no necesita administrar justicia con su obra.
La Verdad. Pensamos que por ver las cosas tal como son alcanzamos la Verdad, y lo cierto es que no es así. Humildad sólo es Realismo. El término “Verdad” es algo con lo que juega la Mente en el dominio de la Soberbia. Puede que la Verdad no esté a nuestro alcance… o puede que sí. Poco importa, pues el humilde no tiene la pretensión de apoderarse de ella, eso lo hace la Soberbia. Quien se acerca mucho al Sol, se quema.

Para acabar este capítulo de la Rueda de la Vida, ¿qué nos aporta la Humildad? Por supuesto, el resto de Virtudes Capitales y sus virtudes derivadas, pero además:
— Serenidad.
— Sinceridad.
— Naturalidad.
— Amor y Apertura.
— Desprendimiento y Libertad.
— Servicio y Altruismo.
— Encuentro, con uno mismo y con el Todo.
— Alivio y Armonía.
— Esperanza y Alegría por la Vida.

Comentarios

  1. ¡Hola, bitxu! Me lo estoy imprimiendo, como buena niña...¡cuántos deberes me mandas! ;)
    Un beso.

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