Sobre la Meditación



[Me gustaría poneros hoy unos extractos del "Libro Tibetano de la Vida y la Muerte", de Sogyal Rimpoché]

En la enseñanza de Buda, decimos que hay tres cosas que influyen decisivamente en que la meditación sea sólo un método para obtener relajación, serenidad y dicha temporales, o bien se convierta en una poderosa inductora de Iluminación para uno mismo y para los demás. A estas tres cosas las llamamos: «Bien al Principio, Bien en el Medio y Bien al Final».

Bien al Principio surge de la percepción de que nosotros y todos los seres conscientes tenemos fundamentalmente la naturaleza de buda como nuestra esencia más íntima, y que conocerla es liberarse de la ignorancia y acabar definitivamente con el sufrimiento. Así, cada vez que empezamos nuestra práctica de la meditación, esto nos motiva y estimula a dedicar nuestra práctica y nuestra vida a la Iluminación de todos los seres en el espíritu de esta oración, que ha sido rezada por todos los budas del pasado:

Por el poder y la verdad de esta práctica:
que todos los seres tengan felicidad y lo que causa la
felicidad;
que todos estén libres de pena y de las causas de la pena;
que no se separen nunca de la felicidad sagrada en la que
no hay sufrimiento alguno;
y que todos vivan en ecuanimidad, sin demasiado apego
ni demasiada aversión,
y que vivan creyendo en la igualdad de todo lo que vive.


Bien en el Medio es la disposición mental con la que entramos en el corazón de la práctica, disposición estimulada por el conocimiento de la naturaleza de la mente, del cual surge una actitud desprendida, libre de cualquier referencia intelectual, y una conciencia de que todas las cosas son inherentemente «vacías», ilusorias y comparables a un sueño.

Bien al Final es la manera en que concluimos la meditación dedicando todo su mérito y rezando con verdadero fervor: «Que cualquier mérito que proceda de esta práctica sirva para la Iluminación de todos los seres; que se convierta en una gota en el océano de la actividad de todos los budas en su trabajo incansable por la liberación de todos los seres». Este mérito es el beneficio y el poder positivo, la paz y la felicidad que irradian de la práctica, y lo dedicamos al beneficio a largo plazo de todos los seres, a su Iluminación. En un plano más inmediato, lo dedicamos a que pueda haber paz en el mundo, a que todos nos veamos libres de necesidad y enfermedad y experimentemos un bienestar total y una felicidad duradera. A continuación, comprendiendo la naturaleza ilusoria de la realidad, que es comparable a un sueño, reflexionamos sobre cómo, en el sentido más profundo, aquel que dedica su práctica, aquellos a quienes se la dedica e incluso el propio acto de dedicarla son todos inherentemente «vacíos» e ilusorios. Esto se dice en las enseñanzas para cerrar la meditación de manera que nada de su poder puro pueda perderse ni filtrarse en absoluto, para que nada del mérito de la práctica se desperdicie jamás.

Estos tres principios sagrados, la motivación hábil, la actitud desprendida que asegura la práctica y la dedicación que la cierra, son los que hacen que la meditación sea verdaderamente iluminadora y poderosa. El gran maestro tibetano Longchenpa los describe, en una hermosa metáfora, como «el corazón, el ojo y la fuerza vital de la verdadera práctica». Y, como dice Nyoshul Khenpo: «Para alcanzar la Iluminación completa, más que esto no es necesario; pero menos que esto es incompleto».

[...]

La meditación consiste en llevar la mente de vuelta a casa, y esto se consigue en primer lugar por la práctica de la presencia mental o atención.

En cierta ocasión, una anciana se acercó a Buda y le preguntó cómo se meditaba. Éste le dijo que cuando sacara agua del pozo permaneciera atenta a todos los movimientos de sus manos, pues sabía que si la mujer lo hacía así pronto se encontraría en ese estado de calma alerta y espaciosa que es la meditación.

[...]

Cuando enseño meditación suelo comenzar diciendo: «Lleva la mente a casa. Suelta. Y relájate».

Toda la práctica de la meditación puede resumirse en estos tres puntos básicos: llevar la mente a casa, aflojar o soltar y relajarse. Cada una de estas expresiones encierra significados que resuenan en muchos planos.

Llevar la mente a casa significa llevar la mente al estado de Morar en Calma mediante la práctica de la presencia mental. En su sentido más profundo, llevar la mente a casa es volver la mente hacia el interior y reposar en la naturaleza de la mente. Esto, de por sí, es la meditación más elevada.

Soltar significa dejar salir la mente de su cárcel de aferramiento, puesto que uno reconoce que todo el dolor, el miedo y la perturbación proceden del ansia de la mente por aferrar. En un plano más profundo, el conocimiento y la confianza que surgen de la creciente comprensión de la naturaleza de la mente estimulan la generosidad profunda y natural que permite dejar que el corazón se desprenda de todo apego, dejar que se libere y se derrita en la inspiración de la meditación.

Finalmente, relajarse significa ser espacioso y relajar todas las tensiones de la mente. En un sentido más profundo, uno se relaja en la verdadera naturaleza de su mente, el estado de Rigpa. Las palabras tibetanas que evocan este proceso sugieren la sensación de «relajarse sobre el Rigpa». Es como derramar un puñado de arena sobre una superficie plana: cada grano se asienta por su propia cuenta. Así es como se relaja usted en su verdadera naturaleza, dejando que todos los pensamientos y emociones cesen naturalmente y se disuelvan en el estado de la naturaleza de la mente.

[...]

Los maestros dicen: «Si creas una condición auspiciosa en tu cuerpo y en tu entorno, la meditación y el conocimiento se presentarán automáticamente». Hablar de la postura no es una pedantería esotérica; el sentido de adoptar una postura correcta es el de crear un ambiente más estimulante para la meditación, para el despertar de Rigpa. Existe una relación entre la postura del cuerpo y la actitud de la mente. La mente y el cuerpo están relacionados entre sí, y la meditación se produce naturalmente cuando la postura y la actitud son inspiradas.

Si está usted sentado y su mente no está en completa sintonía con su cuerpo, si, por ejemplo, está usted inquieto y preocupado por algo, su cuerpo experimentará incomodidad física y se presentarán más fácilmente dificultades. Si, por el contrario, su mente se halla en un estado sereno e inspirado, influirá en toda su postura y podrá usted sentarse de forma mucho más natural y sin esfuerzo. Así pues, es muy importante que una la postura de su cuerpo con la confianza que surge de su comprensión de la naturaleza de la mente.

La postura que voy a explicar aquí puede diferir ligeramente de otras que conozca. Procede de las antiguas enseñanzas de Dzogchen y es la que me enseñaron mis maestros, y yo la he encontrado sumamente poderosa.

En las enseñanzas Dzogchen se dice que tu Visión y tu postura deben ser como una montaña. La Visión es la recapitulación de toda la comprensión y percepción profunda de la naturaleza de la mente que se lleva a la meditación. Así, la Visión se traduce en la postura y la inspira, expresando el núcleo de nuestro ser en la manera de sentarnos.

Siéntese, pues, como si fuera usted una montaña, con toda la majestad firme y serena de una montaña. Una montaña está completamente cómoda y a gusto consigo misma, por fuertes que sean los vendavales que la azotan, por densos que sean los nubarrones que se arraciman en torno a su cumbre. Siéntese como una montaña y deje que su mente vuele y se eleve.

En esta postura, lo más esencial es mantener la espalda recta, como «una flecha» o «una pila de monedas de oro». La «energía interior», o prana, podrá fluir entonces sin obstrucción por los canales sutiles del cuerpo, y la mente hallará su verdadero estado de reposo. No fuerce nada. La parte inferior de la columna tiene una curvatura natural; debe estar relajada, pero erguida. La cabeza ha de estar cómodamente equilibrada sobre el cuello. Los hombros y la parte superior del tronco aportan la fuerza y la gracia de la postura, y deben sostenerse con vigoroso aplomo pero sin tensión.

Siéntese con las piernas cruzadas. No es necesario que adopte la postura completa del loto, a la que se concede mayor importancia en la práctica avanzada del yoga. Las piernas cruzadas expresan la unidad de la vida y la muerte, de lo bueno y lo malo, de los medios hábiles y la sabiduría, de los principios masculino y femenino, de samsara y nirvana; el humor de la no dualidad. También puede preferir sentarse en una silla con las piernas relajadas, pero procure tener siempre la espalda recta.

En mi tradición de meditación, los ojos han de estar abiertos: este es un punto muy importante. Si es usted sensible a las perturbaciones exteriores, cuando empiece a practicar puede favorecerle cerrar los ojos un rato y volverse calladamente hacia su interior.

Una vez se sienta establecido en la calma, abra gradualmente los ojos y comprobará que su mirada se ha vuelto más sosegada y tranquila. Ahora mire hacia abajo, siguiendo la línea de la nariz, en un ángulo de unos 45 grados ante usted. Un consejo práctico: en general, cuando la mente está inquieta, es mejor bajar la mirada, y cuando está entorpecida y soñolienta, subirla.

Cuando su mente esté serena y empiece a surgir claridad de la percepción, se sentirá en libertad de alzar la mirada, abriendo más los ojos y contemplando el espacio que hay directamente ante usted. Esta es la mirada que se recomienda en la práctica Dzogchen.

En las enseñanzas Dzogchen se dice que tu meditación y tu mirada deben ser como la vasta extensión de un gran océano, que lo abarca todo y es abierto e ilimitado. Del mismo modo en que la Visión y la postura son inseparables, también la meditación inspira la mirada, y ambas se funden en una.

Así pues, no enfoque la vista sobre nada en particular; vuélvase en cambio ligeramente hacia usted mismo y deje que su mirada se extienda y se vuelva cada vez más amplia y espaciosa. En ese momento descubrirá que hay más paz y compasión en su mirada, más ecuanimidad, más aplomo.

El nombre tibetano del Buda de la Compasión es Chenresig. Chen es el ojo, re es el rabillo del ojo, y zig significa ver. Esto quiere decir que con su ojo compasivo Chenrezig ve las necesidades de todos los seres. Así pues, dirija la compasión que
irradia de su meditación, suave y delicadamente, hacia sus ojos, de modo que su mirada se convierta en la propia mirada de la compasión, que lo abarca todo y es comparable al océano.

Existen varias razones para mantener los ojos abiertos. Con los ojos abiertos es menos probable que se duerma. Además, la meditación no es una manera de evadirse del mundo ni huir de él hacia una experiencia de trance o un estado alterado de conciencia. Por el contrario, es un camino directo que nos ayuda a comprendernos verdaderamente a nosotros mismos y a relacionarnos con la vida y el mundo.

Por consiguiente, durante la meditación mantenga los ojos abiertos, no cerrados. En lugar de excluir la vida, permanece usted abierto y en paz con todo. Deje abiertos todos sus sentidos —el oído, la vista, el tacto— con naturalidad, tal como son, sin aferrarse a sus percepciones. Como decía Dudjom Rimpoché: «Aunque se perciben formas diversas, en esencia están vacías; sin embargo, en la vacuidad se perciben formas. Aunque se oyen sonidos diversos, están vacíos; sin embargo, en la vacuidad se perciben sonidos. También surgen pensamientos diversos; están vacíos, pero en la vacuidad se perciben pensamientos». Vea lo que vea, oiga lo que oiga, déjelo estar sin aferrarlo. Deje el oír en el oír, deje el ver en el ver, sin permitir que el apego intervenga en la percepción.

Según la práctica especial de la luminosidad de las enseñanzas Dzogchen, toda la luz de su energía-sabiduría reside en el centro del corazón, que está conectado con los ojos por los «canales de sabiduría». Los ojos son las «puertas» de la luminosidad, de forma que debe dejarlos abiertos para no bloquear estos canales de sabiduría.

Cuando medite deje la boca ligeramente abierta, como si fuera a exclamar un profundo y relajante «Aaaah». Según se dice, al mantener la boca ligeramente abierta y respirar principalmente por ella es menos probable que surjan los «vientos kármicos» que originan los pensamientos discursivos y crean obstáculos en la mente y la meditación.

Deje que las manos reposen cómodamente sobre las rodillas. Esta postura se llama la de «la mente en comodidad y reposo».

En esta postura hay una chispa de esperanza, un humor juguetón, que reside en el entendimiento secreto de que todos poseemos la naturaleza de buda. Así, al adoptar esta postura, está usted como jugando a imitar a un buda, reconociendo y alentando verdaderamente el surgimiento de su propia naturaleza de buda. De hecho, empieza usted a respetarse como a un buda en potencia. Al mismo tiempo, sigue usted reconociendo su condición relativa. Pero, puesto que se ha dejado inspirar por una alegre confianza en su propia naturaleza de buda, puede aceptar más fácilmente sus aspectos negativos y afrontarlos más afectuosamente y con más humor. Así pues, cuando medite, invítese a percibir la autoestima, la dignidad y la poderosa humildad del buda que es usted. Suelo decir con frecuencia que, si se deja inspirar sencillamente por esta gozosa confianza, ya es suficiente: de esta comprensión y confianza surgirá espontáneamente la meditación.

Comentarios

  1. Es increíble, llevaba mucho tiempo queriendo saber más sobre el Buda de la Compasión, especialmente en el último mes lo he necesitado muchísimo, necesitaba ver que las personas aún tienen algo de compasión dentro suyo; también sé que tengo necesidad deprestar más atención a lo que hago, precisamente por eso llegó a mis manos el libro "El Arte de estar atento", porque mi mirada soñadora siempre sube hacia arriba, y me cuesta centrarme.

    Muchas gracias, Ásthar

    :*

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  2. Muy buenas lecturas en tu blog, le dedicaré mi tiempo.
    Gracias.
    http://difistinto.blogspot.com/

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