El sendero montaña

Capítulo 0

A cada avance el polvo arenoso se levantaba bajo sus pies. Era un sendero seco, y alrededor sólo había extensiones de campo dorado. "Ya debe faltar poco..." El joven Ilhel seguía con su paso lento pero firme. Su cuerpo estaba cansado, sediento y hambriento, pero su voluntad no desfallecía. Él sabía que allí a lo lejos, kilómetro más tarde o más temprano, le esperaba un paraíso, el lugar de conocimiento que siempre soñó desde que se convirtió en un Buscador de la Verdad. “Daoshi” le llamaban, pues si quería hallar la Verdad tendría que caminar. Dios sabe cuántas cosas dejó atrás por el bien de ese sendero que le conducía a donde todo regresa a su origen.

Ese día era especialmente caluroso, el Sol decidió brillar con intensidad y ferocidad. Ilhel intuía que ésa era la señal, que Dios finalmente le iba a premiar tanto esfuerzo. Cuando casi era mediodía, los campos empezaron a cambiar y se volvieron verdes de vida. El sendero era menos polvoriento, y al fondo se divisaban bosques y llanuras relucientes. "¡Al fin!" Como si hubiera recuperado los pasos dados, Ilhel corrió hacia la libertad y la felicidad. Nunca había visto un vergel como aquél, por fuerza aquello tenía que ser el Edén. Había manantiales de donde bebió hasta saciar su sed, ríos donde se limpió las impurezas acumuladas durante el camino, y todos los árboles poseían frutas maduras exquisitas al paladar. Exhausto pero alegre, el buscador ya no tenía que buscar, y apartándose del sendero halló un árbol frondoso y florecido que le cobijó en su sombra. Se tumbó, cerró los ojos, y descansó.

Parecieron horas, pero cuando abrió de nuevo ojos el Sol seguía brillando. Las brisas era cálidas, pero el calor no ahogaba. Una mariposa blanca le anunció que aún había algo por descubrir, aunque Ilhel estaba tan embriagado por el paraje que no se creyó el mensaje... hasta que oyó crujir la hierba. Se desperezó y vio a un extraño personaje de pie frente a él. Parecía un bufón, un cortesano dispuesto a hacer reír en cualquier instante con esas ropas llamativas, anchas y llenas de colores; su rostro parecía juvenil, el personaje tendría entre dieciocho y veinte años. Llevaba un hatillo y le seguía un perrito blanco muy alegre.

- Buenas tardes joven. ¿En qué puedo ayudarte? - le preguntó el desconocido a Ilhel-.
- ¿Usted ayudarme a mí? -respondió éste respetuosamente-.
- Si tú te encuentras en estos bosques, bien seguro que necesitas ayuda -le tuteaba-.
- No lo creo, gracias, estoy muy bien aquí.
- Uuy... ¡entonces necesitas ayuda, y mucha! - Ilhel frunció el ceño; aquel tipejo empezaba a mosquearle-.
- Esas conclusiones suyas no tienen fundamento alguno.
- Déjame adivinar... crees que has alcanzado la meta final, el Paraíso, ¿verdad? - Ilhel, contrariado, esperó una explicación -. He conseguido captar tu atención. Pues bien, si te fijas, justo ahí delante tienes el sendero que seguiste hasta ahora. ¿Acaso ves que se termine aquí?
- ¿Qué me quiere usted decir?
- Que te estás estableciendo en un lugar que no es el final de tu camino.
- ¡Pero entonces el camino no termina nunca!
- ¿Y me lo replicas tú que eres un buscador? - este bufón le tocó el ego a Ilhel... con todo lo que había dejado durante el camino, parecía que no se merecía la felicidad -. Mira, ¿ves allí atrás tuyo? El camino sigue hasta convertirse en una montaña. Si alcanzas la cima ya no habrá nada más que caminar... a menos que quieras trepar por el cielo... - cuando dijo esto último le brillaron intensamente los ojos-.
- En la cima de una fría montaña no encontraré la belleza que hay aquí.
- Vaya vaya... decidiste cambiar la “Verdad” por el “Placer”... ¿en qué momento ocurrió eso, Daoshi?
- Usted se cree que me conoce bien... - rechistó Ilhel con rabia interna -. No le consiento que me juzgue de esa manera.
- Tienes razón... y como símbolo de paz te haré un regalo: toma, mi hatillo – y el chico le ofreció el hatillo que portaba-.
- ¿Es algún tipo de broma o trampa?
- En absoluto. Es humildemente todo lo que tengo, y te lo regalo.

Ilhel, asombrado y aún con desconfianza, tomó la vara del hatillo, y al hacerlo el saquito se ensanchó por arte de magia. El chico, despreocupado, le sonrió con honestidad y se marchó siguiendo el sendero. El perrito le siguió. Ilhel se quedó pensativo y dejó el hatillo a un lado. Por una parte, sabía muy bien que no debía dejarse engañar por los placeres de la vida... por otra parte, es difícil confiar en la palabra de un bufón. Aunque no se había dado cuenta antes, tenía que reconocer que el sendero aún seguía hacia delante, pero un Daoshi debe saber cuándo descansar y cuándo rendirse; una búsqueda que no tiene fin sólo le conduce a la terquedad. Ilhel no sabía qué decidir.

El Sol empezaba a ponerse y el cielo se pintaba de colores rosados y anaranjados. Echó un último vistazo al hatillo y lo tomó entre sus manos. "No tengo nada que perder" murmuró para sí mismo, "si no encuentro nada allí siempre puedo regresar a este lugar". Se puso de pie y retomó el sendero. Sorprendentemente, las dos horas que pasó caminando seguía atardeciendo, como si el Sol quisiera acompañar a Ilhel hasta la montaña. Cuanto más se acercaba a ella, menos natural parecía el ambiente. Una vez hubo llegado al pie de la montaña se encontró que ésta era un enorme bloque de roca impenetrable, excepto por un portal tallado en ella. El sendero desaparecía bajo la puerta. La siguiente inscripción se hallaba grabada en ella:

“Este es el lugar donde la montaña se convierte en sendero,
y el sendero se convierte en montaña.
A la hora correcta la puerta se abrirá,
y sólo una vez en la vida así se hará.
Lo que halles dentro no es del todo real,
mas lo que fuera existe no es la Verdad.
Más allá del portal oscuras criaturas aguardan,
con ellas debes tratar para soportar lo que cargas.
Si temes continuar,
bien harás en pensar regresar.
Si aún quieres pasar,
recuerda que todo lo que abras también se debe cerrar.”

"Parece una amenaza" pensó Ilhel. "Pero es el tipo de reto que siempre acepta un buscador. Quizá acercarse a la montaña no haya sido una pérdida de tiempo. Si realmente ahí dentro está mi meta, debo intentarlo.". Al decidir avanzar, un minúsculo rayo dorado de Sol alumbró la puerta, y ésta se abrió lentamente. Un aire frío emergió desde el interior de la montaña.

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