La caja de Pandora - primera parte

La madrugada es sin duda el momento más tranquilo del día. El silencio que habitualmente respiro me da la vitalidad que necesito para trabajar. No odio el Sol, pero funciono mejor de noche. Las voces de los sueños que sólo escuchan los ángeles, el ambiente neblinoso que me regala la tenue luz del salón al esforzarse por atrapar la oscuridad, y las máscaras que caen al presentar los distintos objetos su otra personalidad oculta por la tela de las horas matinales, todo ello son mi gran inspiración. Puede ocurrir todo a partir de que empieza la negrura y ocurrir nada al despuntar el alba.

El silencio que tanto adoro lo están rompiendo diminutos cuchillos transparentes que caen del cielo. Son cuchillos que cortan el corazón con nostalgia, vacío, tristeza y reflexión a medida que lo empapan todo allá fuera. Dicen que es una bendición: la lluvia arrastra y aleja el dolor de las personas. A mí me trae recuerdos oscuros, pero no me impide seguir tecleando el artículo que debo entregar sin falta a primera hora. El suave aroma del café apacigua mi ánimo, y sólo un sorbo tiene el poder de devolverme el alma y hacerme sonreír. Es mi único vicio, junto con mi trabajo.

Tomo aliento profundamente y observo la pantalla en la que figuran los resultados estadísticos que no debo ignorar y de los que trato de investigar su veracidad. Por el bien del lector permanezco siempre ético y justo en mi labor periodística, virtud que empezó a escasear en el sector durante las últimas décadas y que logra mantenerme en el salario mínimo estipulado por mi convenio colectivo puesto que el mundo en que vivimos no es ético ni justo. A pesar del hecho, nunca me he vendado los ojos a la verdad y jamás me he rendido en comunicarla como el viento propaga el fuego. Admito, pero, que a menudo es agotador.

Escudriñando los datos me he sobresaltado con el sonido sordo de alguien picando a la puerta. ¿Quién podría ser a estas horas? Me acerqué y miré a través de la mirilla para descubrir que se trata de... una mujer. Y no una mujer cualquiera, sino una bella mujer desconocida que espera presentarse con una mirada afectuosa y una sonrisa amable. Abro la puerta despacio y me quedo absorto mirándola a la cara. Cómo describirla... Piel de color cobre, cabello lacio y nocturno, ojos acristalados como ónices, envuelta en un elegante vestido rojo y un bolso de piel... Pero hay algo raro que se me escapa.

- Señor, disculpe que le moleste, sé que es tarde.
- Perdone... ¿Qué está buscando? ¿Necesita algo?
- Le busco a usted. Usted es Antón Nieto, el periodista, ¿cierto?
- Y usted es...
- Una gran admiradora suya – dice calmadamente y con naturalidad; transmite un extraño, sensual y poderoso magnetismo -. Disculpe, sé que está ocupado y que le estoy robando su precioso tiempo, pero me gustaría intercambiar unas palabras con usted. ¿Puedo pasar?
- Sí, adelante – respondo inconscientemente, y la invito a sentarse al sofá del salón -. ¿Quiere algo para beber?
- No, gracias, en verdad yo también tengo algo de prisa.
- Usted dirá. ¿En qué puedo servirle?
- Verá, no sólo estoy aquí como admiradora, también he venido por trabajo. Me gustaría hacerle una sencilla entrevista y un pequeño test. Si me permite, empezaré ahora mismo... - Abre su bolso y saca un bloc de notas y un bolígrafo-.
- Un segundo. Creo que no he entendido qué labor desempeña usted. ¿Para qué empresa trabaja?
- La empresa por la que fui contratada se llama Mystical Ages S.L. Fabrica objetos decorativos para el hogar y también distribuye todo tipo de artículos únicos y específicos que tengan un significado “mágico” o fantástico para el comprador. La primera pregunta que le quiero hacer es...
- Perdone, pero ¿por qué una empresa como Mystical está interesada en mí? ¿Acaso quiere que aparezca en algún anuncio publicitario? No soy tan famoso.
- Ciertamente, no le precede la fama, pero mi empresa y yo estamos muy al tanto de sus talentos y capacidades, las cuales creemos que pueden sernos útiles. ¿Puedo proceder a la entrevista? Será realmente corta.
- De acuerdo, no tengo objeción.
- Primera pregunta: ¿A qué edad se enamoró usted por primera vez?
- ¿Qué clase de pregunta es ésa? ¿Me está mintiendo y es una reportera para una revista sensacionalista?
- No he mentido en ningún momento. Por favor, responda a la pregunta planteada -me mira con dulzura expectante por mi sinceridad-.
- Ehm... a los dieciséis años, más o menos – empieza a tomar nota de lo que yo digo-.
- Ahá. ¿Cree usted que existe algo como la “conciencia”? En el sentido ético de la palabra.
- Por supuesto, si hay moralidad hay conciencia.
- ¿Es justo el mundo?
- No, no creo que lo sea.
- En un mundo injusto, ¿cómo puede existir la moralidad y la conciencia?
- Precisamente debe existir la moralidad como pauta para hacer justo al mundo.
- ¿Es acaso una excusa del ser humano como cualquier otra para moldear el mundo a su antojo?
- Racionalmente, es posible. Pero la ética permite distinguir entre el bien y el mal en el momento de usar nuestro libre albedrío. ¿Puede ser malo un mundo que se construya siguiendo el bien ético?
- No discuto la bondad o la maldad, sólo señalo la dirección manipuladora que suele elegir la reflexión humana. Y ahora, por favor, pongámonos de pie, quisiera pasar a realizar el test.
- ¿Ya se terminó la entrevista?
- Sí, advertí que sería corta. Usted ha revelado un sentido arraigado de justicia basado en la ética -guarda el bloc y el bolígrafo en su bolso, y del interior extrae una caja de madera de color oscuro; la caja tenía extraños símbolos inscritos en sus paredes-. Todo lo que queda por hacer es mirar el interior de esta caja.
- ¿Es uno de esos artículos que distribuye su empresa?
- No exactamente. Éste es especial y no está a la venta.

Comienza a abrir la caja cuando, de repente, entiendo aquello que no encajaba: afuera está lloviendo, pero esta desconocida entró en mi casa sin paraguas y no está mojada. Mis ojos no pueden apartarse de la caja que se va abriendo, pero aún estoy cuerdo.

- De nuevo, no recuerdo su nombre. ¿Cómo ha dicho que se llama? - intuyo una sonrisa maléfica, estoy perdiendo la calma-.
- Pandora.

El infierno estalla en mi mente al ver el interior del receptáculo. Todo mi ser está en guerra, me siento dividido y enfrentado, se escapa mi luz y sólo veo calamidad. Tengo necesidad de realizar alguna atrocidad. Qué mundo tan desesperanzador...

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