La caja de Pandora - tercera parte

Empieza, aquí y ahora, la época monocromática de mi vida. Como una serpiente que me besa, un pálpito ensordece mi mente con alertas de peligro. Tal vez un ángel se haya decidido a tocar un réquiem con su trompeta. Toco el timbre de la profecía y la mujer de la revelación me abre la puerta.

- ¿Doña Ester Ramos?
- Sí, soy yo.
- Soy Antón Nieto. Estoy muy agradecido por recibirme, tal como habíamos concretado por teléfono -vi tensarse su rostro de nerviosismo-.
- Adelante, pase. Le prepararé un café.

Una mujer, otrora fuerte y vitalista, ahora se muestra dócil y con el alma pesada. Me invita a sentarme en un sillón, mientras desaparece en la cocina.

- Espero que no le importe que el café esté recalentado en microondas -habló su voz sin decirme apenas nada-.
- Mientras sea café, lo tomaré con mucho gusto señora Ramos.

En un par de minutos me entrega una taza de café caliente sobre un platito, deja el azucarero en la mesita acristalada que tengo en frente y se sienta en otro sillón, a cierta distancia. Tomo dos medidas de azúcar para mi taza, dos medidas de amor no correspondido.

- Señor Nieto, debo confesarle que nunca he destacado por andarme con rodeos. Le pido por favor que vaya al grano. ¿Qué desea saber?
- Tengo entendido que pronto hará un año que tuvo que ser hospitalizada y tratada posteriormente en una clínica psiquiátrica. ¿Me equivoco?
- Usted tiene bien entendido. ¿Qué hay con eso?
- Le dijo al médico de turno que justo antes de su crisis recibió la visita de una extraña mujer.
- Estaba alucinando, señor periodista. No tiene ningún misterio. Fui víctima de una desorganización de... ¿cómo se llama? neurotransmisores en mi cerebro. Esencialmente, desarrollé un grave trastorno mental en el momento menos oportuno de mi carrera, lo cual me sumió en una depresión profunda. Cualquier información al respecto la puede encontrar en todo medio de comunicación que desee consultar, puesto que fue un suceso hecho público. ¿Tiene alguna otra pregunta?
- ¿Y si le dijera que no tuvo ninguna alucinación? -abrí la herida a conciencia-.
- ¿Qué está tratando de decir?
- Yo le cuento lo que sé, y a cambio usted me cuenta lo que recuerda de ese día tan traumático.
- Adelante.
- Hace seis años empezaron a atenderse en clínicas de salud mental a pacientes que presentan síntomas propios de una esquizofrenia... con la salvedad que cuando se analizaba su perfil psicológico todo concluía que esas personas jamás en su vida deberían haber padecido tal trastorno. Por lo que he investigado, una persona con rasgos de personalidad extrovertida y neurótica por nada del mundo podría tener alucinaciones, oír voces y demás cruces entre realidad y fantasía a menos que vaya drogada. Hace tres años el número de casos aumentó casi exponencialmente.
>> Lo más interesante consiste en que todas estas personas han sido siempre ejemplos de gente trabajadora que ha luchado por sus valores e ideales, tratando de transformar la realidad. Partiendo de lo que veían y vivían, tal y como son verdaderamente los hechos, buscaron oportunidades de cambio. ¿No se siente usted identificada con el perfil? Y por si fuera poco, todos ellos comparten una visión: la visita de una mujer de piel cobriza y pelo largo y oscuro como la noche, portando una caja -los ojos de la señora Ramos se abrieron para mostrar el miedo-. Ningún caso, sin excepción, declaró no haber tenido esa “alucinación”. Somos casi 145.000 los que hemos vivido esa experiencia, de los cuales sólo 3 hemos logrado rehabilitarnos satisfactoriamente a la vida ordinaria; el resto siguen en tratamiento.
- Cuando dice “hemos logrado”, ¿se incluye a usted también?
- En efecto, yo también recibí la visita de Pandora.
- Pandora... -se puede ver el escalofrío que siente Ester con mencionar su nombre-.
- Comprenderá que no puede tratarse de una coincidencia. ¿Sería tan amable de relatarme lo ocurrido en su caso?
- Había decidido callar. Señor Nieto, a pesar de que como científica y escritora pude concienciar a muchos sobre grandes mentiras que la ciencia actual está perpetuando, no me siento nada orgullosa de ello. En poco más de una semana hará ya un año de ello...
>> Por entonces, todo era muy diferente. Me encantaba hablar. Estaba tan furiosa con el mundo que sólo pensaba en divulgar la verdad sobre cualquier hecho médico o biológico que resultara claroscuro. Y estaba convencida de que hacía lo correcto. Una noche, no más especial que cualquier otra, alguien vino a verme. Es imposible olvidar esos ojos, desprendía belleza y sensualidad. No me malinterprete, no me atraen las mujeres, pero le puedo asegurar que esa mujer era como un imán, me fascinaba. A día de hoy no entiendo por qué, pero la dejé entrar en casa, sin más. ¿Cree usted en la hipnosis? Tal vez emanara un efecto hipnótico. Me quería entrevistar, dijo. La primera pregunta me sorprendió: me cuestionó acerca de no haber tenido hijos nunca. Luego me hizo preguntas sobre mis valores y creencias. Me cuestionó la sinceridad con que yo trabajaba y vivía mi vida, asegurándome que no era tal sino sólo un arma para dañar y...
- … para manipular.
- Exacto. De algún modo, lo que debía ser una virtud yo la estaba usando para llenar los vacíos de mis propias inseguridades, y eso es tremendamente egoísta. En ese momento la taché de loca y de juzgarme sin conocerme, pero lo cierto es que dio en el clavo. Por eso ahora modero mi habla, a menudo es preferible callar antes que contar lo que sabes, aunque sea cierto, porque no siempre vale la pena arriesgarse a herir a otros. Y luego está esa caja... con esos símbolos raros grabados en ella, en su superficie. Me dijo inocentemente que mirara en su interior, y todo lo que pude ver fue... el infierno.
- Como si se rompiera su ser en miles de pedazos, al acecho de la cercana tormenta que se presenta como el estallido de una bomba en su cabeza, sin poder controlar esas emociones distorsionadas y negativizadas, y mucho menos las acciones derivadas de ellas.
- Eso mismo. Señor Nieto, ¿sintió usted el deseo de matar? Yo llegué a creer plenamente en que lo mejor para el mundo era que asesinara a toda persona hipócrita con la que me cruzara, estaba dispuesta a exterminar la más mínima mentira piadosa. Entiéndame, yo jamás defenderé el uso de la mentira, para algo tengo criterio y unos valores arraigados, pero lo ocurrido en ese brote psicótico me hizo de espejo, me mostró que todo lo había enfocado mal siempre.
- Una última pregunta.
- Sí, dígame.
- ¿Por qué no tuvo hijos?
- Me quedé embarazada a los veintitrés años. Debido a una negligencia médica perdí el bebé y además quedé estéril de por vida.
- ¿Por casualidad fue entonces cuando decidió que tenía que hacer divulgación?
- Ahora que lo dice... es posible que así sea. ¿Por qué? ¿Tiene alguna relación con Pandora?
- No estoy seguro, puede. A mí me preguntó a qué edad me enamoré por primera vez. A los dieciséis tuve mi primer romance con una chica, y poco después murió en un accidente de tráfico. Recuerdo que pensé en lo injusto que había sido que por culpa de un conductor borracho mi novia y sus padres tuvieran tal fatal desenlace. Desde entonces me dediqué a buscar la justicia a través del periodismo. Tal vez también fuera un impulso egoísta, tratando de llenar mi propia carencia.
- Analicémoslo. Realmente no perseguía la justicia y el bien moral por el valor en sí que tiene eso, ni por hacer un bien al prójimo. Cada vez que convencía a los demás que había hallado un resultado justo para cada injusticia social, se mentía a sí mismo y no dejaba que los demás conocieran su verdad: que en realidad cada logro no conseguía aplacar su tristeza, que en verdad no cree en la justicia del mundo porque el mundo le robó a quien amaba.
- Sin duda eso puede considerarse manipulación. Creo que empiezo a entender. Dialogar con usted me ha llenado de confianza.
- Por favor, ándese con cuidado.

Me terminé la taza de café y me dispuse a salir, cuando tuve un impulso terrorífico:

- Usted... ¿volvería a mirar en la caja?
- Como sabrá, jamás estaremos ante un espejo más perfecto que esa caja.

De nuevo en la calle. ¿A dónde conduce la esperanza?

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