La caja de Pandora - parte cinco

- Aquí me tiene. Decidí premiar sus esfuerzos por encontrarme y hacer acto de presencia. Venga y sígame, éste no es lugar para hablar.

Así me ordena aquella mujer. Y sin chistar la sigo. Me conduce a un callejón poco frecuentado.

- Aquí está mejor. Prefiero que me vean poco. ¿Por qué tantas molestias para investigarme, señor Nieto?
- Teniendo en cuenta que cuando la gente se topa con usted termina psicótica, diría que es usted la molestia.
- Ah, ya veo. Entonces se trata de su gran sentido de la justicia. Permítame desengañarle. Usted SABE que el mundo es injusto. Usted SABE que su implicación en los asuntos ajenos no hacen más justo al mundo. Y usted SABE que cualquier mejora que intente en el mundo no hace menos triste su vida, no va a poder recuperar su novia muerta.
- ¿Cómo sabe usted eso?
- Yo también sé investigar, señor periodista. De hecho, lo que yo sé sobre su persona supera con creces lo que usted sabe sobre mí.
- Ilumíneme.
- Todo lo que usted sabe sobre mí es que soy un mito. ¿Cierto? Ahora mismo está teniendo serias dudas sobre si me está imaginando o si soy real.
- …
- No voy a negar que usted me intriga. Es de los pocos que se han recuperado tras el trauma de ser enfrentado a la caja, y además el único en recuperarse con tanta rapidez. Es un humano distinto a los demás. Y eso me excita. Pero no se emocione, porque no es necesariamente algo bueno que usted destaque tanto.
- Habla como si no fuera humana. ¿Realmente es...?
- ¿Pandora? La auténtica Pandora existió hace mucho tiempo, la hicieron mortal como a los humanos que tanto amaba Prometeo. A ella la hemos seguido generaciones de réplicas, cada una portando una caja.
- Una caja maldita. ¿Entonces qué es usted? ¿Y qué propósito tiene esa caja?
- ¿Tanto desea saberlo? Tal vez desea echar un vistazo a su interior de nuevo, así podría averiguar lo que persigue.
- No...
- Entonces renuncie a la caja si puede... - la mente empieza a nublarse y ella lentamente saca de su bolso ese receptáculo de madera con símbolos inscritos, y mientras la sostiene con la mano izquierda descubre también un revólver -. Si no es capaz de renunciar terminaré con su vida ahora. Un humano como usted no nos interesa en este proyecto.

Cierro los ojos. Está a punto de presionar el gatillo cuando oigo el disparo. Proviene de detrás. Abro los ojos y veo a Pandora dejando caer al suelo el arma. Un segundo disparo al brazo izquierdo la obliga a dejar caer también la caja de madera. Y un tercer disparo al pecho la empuja hacia el interior del callejón, desplomándose. Me doy la vuelta y percibo a un señor de unos 50 años, algo encanecido. Me quedo mudo, no entiendo bien lo que está ocurriendo.

- Señor Nieto, no se asuste, estoy de su lado. Me llamo Marcos.
- ¿... Marcos Torrejón? -alcanzo a balbucear; ese nombre viene a mi conciencia con facilidad-.
- Veo que sabe de mi existencia.
- Otra de las víctimas de Pandora, y una de las tres que logramos recuperar el equilibrio y rehacer nuestra vida. Iba a ponerme en contacto con usted.
- Gracias a Dios que me adelanté a su intención y me di prisa. Rápido, coja esa caja y venga conmigo antes de que venga la policía. Alguien habrá oído los disparos y les habrá llamado.

Así hago. Con recelo me acerco hasta la caja y la tomo. Vista más de cerca parece que los símbolos se asemejan a runas. Con rapidez corro hacia Marcos y me guía hasta un coche gris. Me dirijo al asiento de copiloto y arranca.

- Le llevaré hasta una casa de montaña. Tenemos mucho de qué hablar -me argumenta-.
- Eso creo -le confirmo, y se sonríe-.
- Contacté con la señora Ramos, me dijo que había hablado con usted. ¿Se dio cuenta de la relación entre su guión de vida y su “virtud” particular?
- Explíquese.
- Lo haré con mi ejemplo personal. Por muchos años serví a la Iglesia, era párroco. Luego fui misionero y descubrí realidades terribles. Observé que el mundo carece de bondad y de compasión a niveles que van más allá de lo sospechado. Como buen cristiano dispuse esa bondad allí donde notaba su ausencia. La propia Iglesia se aprovechó de mi persona y empezó a desviar recursos que jamás llegaron a la gente pobre a quienes yo servía. Dimití y pedí la excomunión. Volví a España y me dediqué en lo que pude a una suerte de pedagogía social, tratando con los sectores más marginados de la sociedad. Por supuesto, creía estar en lo correcto.
- ¿Y acaso no lo estaba? Me parece usted una persona noble.
- Vino Pandora y me interrogó. Como ya sabe, me mostró la caja y la abrió. Es una experiencia que hiela el alma, que fragmenta la mente, destroza al corazón y literalmente vuelve loco. Pero es lógico: la realidad era que yo mismo actuaba sin humildad. Yo también me aproveché de la Iglesia para tener una vida fácil antes de ser misionero, con la excomunión huí en vez de tener el valor de tratar de cambiar las cosas desde dentro, y por último usé mi orgullo para satisfacerme cuando creía ayudar a otros cuando yo les transmitía lo que yo consideraba beneficioso para ellos sin atender qué consideran ellos beneficioso para sí mismos. Mi virtud personal, la Caridad, carecía de la base necesaria para desarrollarse de la forma adecuada. Como habrá imaginado, la virtud de Ester es la Sinceridad. ¿Cuál es la suya?
- La Justicia, sin duda.
- Esa caja es una maldición para quien la abre, pero al mismo tiempo es una bendición: concede la oportunidad única de verse reflejado en un espejo y conocer la Verdad acerca de uno mismo.

Un poco después de una hora en carretera alcanzamos un tramo serpenteante y con pavimento más maltratado que indica la ascensión clásica de una montaña. Al final del trayecto me espera un lugar de reunión, un concilio entre el bien y el mal.

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