Profecía

- Una espada no puede cortar el humo.

Cuánta razón tenía. Se volvió poderoso. Dediqué mucho tiempo a civilizar al ser humano, a enseñarle matemáticas, astronomía, agricultura y arte. No presté atención a la construcción de un gran espejo astrológico, al renacimiento de mi hermano desaparecido que se ha hecho fuerte con el tiempo y con el trueno. Puede ahora saber, en todo momento, lo que cualquiera piensa o siente en cualquier lugar, conociendo así las debilidades humanas y las mías.

- Quetzalcóatl, hoy perdiste. Empieza mi reinado.
- No seas tan engreído, Tezcatlipoca. No estoy derrotado. Yo ahora me retiro en ascensión, con la sutileza y la sabiduría de una serpiente, y con la levedad de las plumas de un ave. Todo ser humano que sepa mirar al Sol me encontrará y mi enseñanza continuará. Debes saber que el humo no accede a todas partes, no eres omnipotente.
- ¿Cómo osas contradecir la eficacia de mi tecnología?
- Tú no entiendes la contradicción del mundo en el que te encuentras. Ya no estás en Xibalba, aquí serás destruido más tarde o más temprano. Tu reino se volverá contra ti.
- ¿Acaso has visto el futuro?
- Veo a través del espejo que creaste. No es el futuro, ni siquiera es el tiempo.
- No soy estúpido.
- De eso estoy seguro. Ojalá lo fueras, tal vez así tendrías de veras una oportunidad de ser rey y todopoderoso en este planeta y en estas tierras.
- ¿Acaso manda la locura?

Le sonreí y alcé el vuelo, hacia el azul basto del cielo, hacia las caricias de la luz de la noche estrellada que hay tras la tela protectora de color calcedonia. No es la locura quien manda. No hay mandato, tan sólo hay existencia. Eso es algo que jamás podrá comprender un espejo y que nunca alcanza ningún humo que surja de una sombra.

Mi segunda venida está cerca.

Quetzalcóatl

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