Compartir contra carencia

Se me ocurrió de repente una teoría sobre las relaciones humanas, a pesar de mi poca experiencia en ese ámbito. Es una hipótesis inferida por abducción y algo de inducción de lo que he podido observar en los demás y de lo que he podido analizar sobre mi propia dinámica desde hace años hasta hoy. No tiene nada de novedoso y probablemente es muy simple y carente de valor pero me ha dado otra perspectiva más de la que antes no disponía. La llamo Compartir vs. Carencia.

Como ya sabemos, tanto por experiencia como por exposición presentada por innumerables autores, desde un plano inconsciente nos relacionamos con los demás la gran mayoría de las veces siguiendo un sistema basado en carencias personales. Voy a poner un símil: supongamos que me han tenido muchos años tirado y perdido en un desierto; como podréis visualizar, probablemente hubiera aprendido a vivir con una angustia constante de supervivencia basada en el hambre y sobretodo la sed; si consigo salir del desierto y entro en una ciudad, me habituaré debido al condicionamiento del desierto a acercarme prioritariamente a lugares que me den de comer y de beber, e incluso desarrollaré estrategias para poder exprimir a otras personas y que me den comida y bebida ya que será mi principal objetivo. Es cierto, según el símil, que siempre estoy a tiempo de desaprender esa conducta y acostumbrarme a otra manera de funcionar, pero aunque utilice toda mi función ejecutiva de la mente para cambiar la conducta y reprimir los instintos, el hambre y la sed probablemente estarán ahí de fondo guiando mis pasos.

Nuestra vida infantil, a menos que desarrollemos un “apego seguro” con importantes figuras de referencia, es similar a vivir en un desierto, y eso genera hábitos que trasladamos luego a nuestros vínculos con amistades, con los iguales, y con la futura pareja. La propia sed es un factor, entre muchos, que lleva a idealizar a la gente porque no tomamos de las personas lo que realmente ofrecen sino lo que buscamos, lo que puede colmar nuestro vacío. Este es el sistema basado en carencias. Aunque no es determinante, siguiendo esta hipótesis el sentirse desprotegido o desnutrido durante la infancia, carente del afecto necesario, nos moverá a buscar seguridad en los demás, que nos mimen, que nos cuiden, que nos amen... y si creemos que alguien que nos llama la atención debería poder darnos todo eso, podemos incurrir en el error de demandarlo y exigirlo.

El ser adulto supone, entre otras cosas, la capacidad para poder darse a uno mismo lo que creemos que nos falta, sin que venga de otra persona. No hay que malinterpretar esto: es evidente que yo no puedo fabricar el dinero que necesito, así que trabajaré y será una empresa quien me pague, y es evidente que no puedo crecer como ser social sin la participación de los demás. Me refiero a otras cuestiones más internas: soy yo quien debería amarse a sí mismo, quien debería confiar en sí mismo, quien debería mimarse y quien debería ser la fuente principal de apoyo en momentos de desequilibrio vital.

Para lograr este proceso transmutatorio de la dependencia mediante carencia a la emancipación y la autonomía es esencial un proceso de Templanza, virtud capital de la que se habló hace tiempo en otro post, y a menudo también de Desapego, otra virtud capital. Nunca se me ocurrió dar un paso más allá, razonar qué ocurre cuando el proceso está completado. ¿Cómo se desarrolla nuestra relación con los demás?

En el sistema basado en la carencia la relación era unidireccional: el enfoque inconsciente está desde el exterior (los demás) hacia el interior (uno mismo). El sistema “adulto” es cualitativamente distinto, es bidireccional: tomo lo que me ofrecen (si quiero), pero también estoy entregando lo que abunda en mí (si los demás lo quieren), sin demandas, sin expectativas. Es un sistema basado en el compartir. Puesto que los vacíos o carencias fueron sanados y soy mi principal sustento, llega un momento en que puedo dar con generosidad y no siento que eso me perjudique (no me siento vacío al dar porque siempre estoy lleno). Cualquier relación basada en el compartir no tiene otro destino que enriquecerse, es imposible que sea destructiva. La relación puede cortarse y desaparecer, como siempre ha ocurrido, pero no con negatividad, ni amargura, jamás dejaría un vacío porque lo que hemos recibido y compartido con el otro estaría continuamente llenando nuestro corazón en todo momento incluso cuando la relación ya no existe.

Pasamos muchos años de nuestra vida adulta viviendo aún como niños inmaduros, lo que pretendíamos recibir de nuestros referentes en el pasado se lo exigimos inconscientemente a los demás en el presente. Ser adulto implica un salto más allá de la edad legal o de la maduración neurobiológica, o de alcanzar el pensamiento formal que decía Piaget; creo, en mi opinión, que es saber ser esa corriente a la que nos queremos agregar para fluir.

Ásthar

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