La caja de Pandora - parte seis

- Lo llamaban “El castillo de las estrellas” -apuntó el ex-cura-. Yo me encargué de restaurarlo.

Por fuera, aparenta un simple castillo medieval, aunque ocupa el terreno de todo un pequeño barrio. Por dentro, un palacio: un hogar espacioso ornamentado con decoración típica de todas las épocas tales como armaduras, espadas, cuadros... En las decenas de pasillos y habitaciones todas las luces han sido sustituidas desde candelabros y lámparas de aceite a iluminación eléctrica, haciendo brillar los suelos de mármol y los innumerables muebles lustrados de exquisita madera de roble, ébano y caoba. Durante el rápido recorrido que he hecho al llegar he podido observar la existencia de una gran biblioteca, un salón-comedor y una cocina envidiable, así como despachos, baños y cuartos de invitados.

- Este es el motivo por el cual decía que usted no era honesto consigo mismo – señalé-.
- Por aquí pasaron musulmanes y cristianos, aparentemente buscando algo que no existió o que se halla bien oculto. Desde altos cargos se me “sugirió” que hiciera habitable el castillo con motivos que no especificaron.
- ¿Motivos que desconoce?
- ¡Tranquilo! No es ninguna trama de Dan Brown, jajaja. Probablemente la intención fue que se encontrara y recuperara una antigua capilla fundada en alguna parte del castillo hacia el siglo XIII. Tiene un gran valor cultural y la Iglesia habría querido que un párroco local se encargara del mantenimiento (ése sería yo).
- Menudos contactos tenía, esto es enchufe -me sonrió con picardía-.
- Este castillo cuenta con una leyenda: en algún lugar, aquí, habita la Voz de Dios; el que está dispuesto a escuchar le oye sin dudar y recibe una revelación.
- ¿Y debido a la leyenda se cree que el lugar puede ser una capilla?
- Teniendo en cuenta el recorrido religioso del castillo, los historiadores creen que un lugar donde se oiga a Dios debe ser una capilla.
- A mí me suena a que podría ser un libro o una biblioteca, quizá.
- Su mente de periodista le da otra perspectiva... En cualquier caso, podría ser que tal lugar no exista.
- Y henos aquí nosotros, ocupando por todo el morro una propiedad de la Iglesia.
- Curiosamente, desde mi excomunión jamás me pidieron de vuelta las llaves, y el dinero para la restauración sigue llegando.
- ¿Por qué?
- Probablemente porque les interesa, es un beneficio mutuo. A mí la idea me gustó, me encanta tener el pasatiempo de arreglar y mantener este espacio cargado de historia, es una zona neutral donde mis creencias e intereses no contradicen los de la Iglesia y ellos a cambio obtendrán este castillo para poder investigar en él. Cuando yo haya cumplido mi función entonces me echarán sin remedio, lo sé. - Se produjo un incómodo silencio -. Voy a abrir alguna ventana, empieza a hacer calor aquí dentro.

Se empieza a notar la caricia de mayo con su madurez y lealtad. Estoy en un momento de paz que me permite ordenar los últimos sucesos vertiginosos; me escandaliza pensar que hemos dejado en un callejón a una mujer muerta a punta de pistola, pero me embargaba el miedo de saber qué habría ocurrido si el señor Torrejón no hubiera llegado a tiempo.

Me miro bien la caja cúbica que tengo en mis manos; la sensación que tengo es como de sostener el fuego del infierno. Por fuera parece de madera, pero su peso es mucho superior. Los símbolos grabados en ella parecen una mezcla de runas escandinavas, arameo y griego koiné. Vamos, no soy lingüista, pero he visto este tipo de grabados en otros hallazgos arqueológicos sobre los que tuve que hacer un reportaje. Es curioso como esta tormenta sólida y cuadrada puede imponer tanto, y a la vez...
- Anima a la curiosidad -interrumpió Marcos-. ¿Por qué no la abrimos?
- ¿Cómo dice?
- ¿No le apetece ver otra pizca más de la verdad, de su verdad?
- ¿A costa de mi salud mental? No me gustan los deportes de riesgo.
- Nada le asegura que eso ocurra, a menos que aún cargue con conflictos internos de moral.
- Lo siento pero no lo haré.
- Entonces cuide usted de mí, yo necesito verme reflejado en el espejo de mi Alma.
- ¿Eh?

Antes de que pudiera entender nada me quita la caja de las manos y la abre de repente. Me quedo mudo. Y no ocurre nada. El hombre me mira extrañado.

- ¡Se ha vuelto loco! - le espeté-. Cierre eso y deje de ponerse en peligro.
- Tal vez tenga algún mecanismo de encendido – dice, mirando y palpando todas las caras del cubo-. Vaya, qué decepción.

Le vuelvo a tomar la caja, cerrándola con firmeza y enfado. He pasado terror, pero la inquietud no se marcha. Tal vez se deba a que el rostro de Marcos está pálido. Me giro y veo, recién llegado, un monstruo en forma de mujer y vestido de rojo con un agujero en el pecho. ¿Pandora?

- ¡Idiotas! -dice el canto de la muerte-. Eso que tenéis no es la verdadera caja, sólo el dispositivo de grabación y captación de datos. La caja SOY YO.

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