Rapunzel (primera parte)

Hace unos años hubo una princesa en un reino encantado. Los reinos encantados pueden ser tan peligrosos como preciosos porque están hechos de espejismos además de las ilusiones y las fantasías. La princesa era demasiado pequeña como para saber eso. Era una niña inocente que vivió sus primeros años de vida rodeada de cariño. Sus padres, los reyes, eran severos pero amorosos. A sus cuatro años de edad, uno de los tutores que tenía asignados le provocó un sufrimiento terrible: desgarró su frágil alma y fue marcando su diminuto cuerpo con señales malignas. Ése fue el espejismo, ella confiaba en él pero el instructor escondía un demonio en su interior.

Al principio siguió viviendo en el castillo sin soñar, aprendiendo lo que otros instructores del reino le enseñaron, pura magia negra, el conocimiento que se encontraba más extendido por entonces. Cuando tuvo suficiente edad, escapó y se marchó muy lejos de ahí, adolorida. En mitad de un campo que no pertenecía a reino alguno construyó con sus lágrimas, con su soledad, con su ira y con su desesperación un muro infranqueable, una torre que la separaba del mundo, y la bella princesa dormía en el piso superior, donde podía ver a través de ventanas las extensiones que no estaban reservadas para ella.

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