Un día de cada día
Rapunzel, así se llamaba la princesa,
se levantaba todos los días a las ocho de la mañana. A veces se
hacía la remolona, a veces no, pero siempre desayunaba como muy
tarde a las nueve. Se pasaba todo el día subiendo y bajando el
interior de la torre, lo cual era agotador. Cuando miraba por la
ventana pensaba en ser ave y marcharse para siempre hacia el cielo
azul. Y a las diez de la noche se acostaba, preguntándose si se
levantaría al día siguiente con la misma fuerza que el día
anterior.
En un día de cada día, Rapunzel se
sentaba en el balancín, un sillón que se movía solo sin necesidad
de mecerlo, pues lo empujaba la magia del país encantado, y se ponía
a pensar. A veces la invadían recuerdos, en ocasiones fantasías,
pero sobretodo sobrevenían revoloteando las pesadillas, aquellas
ingratas que tomaban forma de sombra y abrían un pasillo hacia un
abanico de posibilidades de escape rápido. La princesa se daba
cuenta que a menudo señalaban hacia la ventana, invitándola a
saltar, y aunque la tentaba se mantenía aferrada al balancín. Ojalá
el balancín estuviera quieto. Ojalá no tuviera que subir y bajar la
torre todos los días. Pero la magia del país encantado la obliga,
cada día.




Es una chica fuerte. Seguro que encuentra una salida.
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