Rapunzel (segunda parte)

Un día de cada día

Rapunzel, así se llamaba la princesa, se levantaba todos los días a las ocho de la mañana. A veces se hacía la remolona, a veces no, pero siempre desayunaba como muy tarde a las nueve. Se pasaba todo el día subiendo y bajando el interior de la torre, lo cual era agotador. Cuando miraba por la ventana pensaba en ser ave y marcharse para siempre hacia el cielo azul. Y a las diez de la noche se acostaba, preguntándose si se levantaría al día siguiente con la misma fuerza que el día anterior.

En un día de cada día, Rapunzel se sentaba en el balancín, un sillón que se movía solo sin necesidad de mecerlo, pues lo empujaba la magia del país encantado, y se ponía a pensar. A veces la invadían recuerdos, en ocasiones fantasías, pero sobretodo sobrevenían revoloteando las pesadillas, aquellas ingratas que tomaban forma de sombra y abrían un pasillo hacia un abanico de posibilidades de escape rápido. La princesa se daba cuenta que a menudo señalaban hacia la ventana, invitándola a saltar, y aunque la tentaba se mantenía aferrada al balancín. Ojalá el balancín estuviera quieto. Ojalá no tuviera que subir y bajar la torre todos los días. Pero la magia del país encantado la obliga, cada día.

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