Rapunzel parte 3: El lucero que alumbraba el sendero

Un día, mientras miraba el mudo con las estrellas en sus ojos, se dio cuenta de que no podía continuar en esa torre. Dicha edificación constituía la maldición que la princesa misma había creado, y ahora era menester que fuera rescatada. Rapunzel tuvo una idea: se dejaría crecer el pelo muy largo para que, algún día, un príncipe pudiera escalar con él la torre, entrar por la ventana, y salvarla. La magia de los países encantados logró que en poco tiempo le creciera el pelo decenas de metros sin envejecer, pero el día del rescate nunca llegaba. Algo fallaba, la magia no estaba a su favor. Olvidó que la magia auténtica no era aquello que aprendió de pequeña, sino que era Amor.

Cuando era niña le enseñaron una magia poderosa, el Miedo, que consiste en baja autoestima, pensamientos negativos sobre sí misma y autodestructividad. Ahora eso debía cambiar y darse una oportunidad. Pero, ¿cómo cambiar de magia negra a blanca? ¿Cómo pasar del Miedo al Amor?

El desear el cambio hizo que la magia blanca, el Amor, se activara un poco, y Rapunzel empezó a respirar. Aprendió, por sí misma, que inspirando y espirando podía centrar su mente y lograr cierta paz interior. Se dedicó durante mucho tiempo a consolidar la serenidad aprovechando el bienaventurado silencio de la torre. La soledad se transformó en su amiga.

Y el milagro llegó: un día de primavera, cuando la oscuridad por fin devenía en luz, Rapunzel reconoció su cuerpo y sintió que se quería, que podía ser amada. Desarrolló sentimientos de amor y aceptación hacia sí misma. Con el corazón en marcha, y siempre las estrellas en sus ojos, vio en la lejanía que alguien montaba a caballo.

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