La Decepción

En las redes sociales suelen compartirse “memes”, la mayoría de ellos graciosos, pero también abundan imágenes o fotografías con frases incorporadas de tipo filosófico, reflexivo o moralista. Yo he creado algunas también que he querido compartir para ayudar a pensar en positivo. Ahora bien, algunas de esas frases que corren por ahí, por muy bienintencionadas que sean, no son precisamente de tipo “pensamiento positivo” sino que más bien se centran en un problema o en un aspecto negativo de las vivencias humanas, cuando en verdad podrían centrarse en una solución que sea de naturaleza bondadosa y compasiva. Un ejemplo de esto que digo es la categoría de frases que hablan de quiénes son auténticos amigos y quiénes no, como si realmente pudiéramos etiquetar a las personas de buenas o malas en base a factores que la gran parte de las veces son sólo circunstanciales y que, a pesar de que nos indujeron a cambiar nuestra percepción sobre las relaciones, no aportan información auténtica acerca de la verdadera realidad o naturaleza de esas personas y esas relaciones. Podríamos pensar que esos mensajes son chiquilladas, pero os podría sorprender la cantidad de gente “adulta” que comparte ese tipo de cosas porque piensan y sienten de esa manera.

No siempre es evidente el trasfondo negativo, a veces hay que rascar un poco, pero creo que vale la pena analizar críticamente la información que leemos y luego compartimos, porque es información “rápida” que en pocos segundos ha sido almacenada en la mente inconsciente sin cuestionarla, como una forma de mensaje subliminal. Estos mensajes no fueron creados, estoy seguro, con intenciones dañinas ni mucho menos, porque en realidad sólo suelen ser pensamientos que tenemos las personas en momentos determinados a partir de sucesos emocionales variopintos, pero al igual que no cuestionamos esas frases tampoco cuestionamos nuestros sentimientos los cuales no siempre están bien fundados. Y a todo esto, lo que más quiero analizar hoy aquí son las causas de uno de esos estados emocionales de los que se escribe y se comparte en las redes: la decepción.

La decepción es una emoción que puede parecer estar a medio camino entre la ira y la tristeza (ya que estas dos son emociones primarias y la decepción se puede considerar emoción derivada o secundaria), y la cual goza de popularidad. A veces forma parte esencial de los cotilleos de tipo “crítica negativa”. Aunque no usemos la expresión “me siento decepcionado”, puede aparecer en varias formas como por ejemplo “no me esperaba eso de él” o “ahora me doy cuenta de cómo es ella en realidad”, o puede estar camuflada bajo la forma de discurso acerca de las cualidades negativas de tal o cual persona que hemos ido “descubriendo” progresivamente como si inicialmente creyésemos que existe gente sin defectos.

Pero hay un pequeño detalle que normalmente es pasado por alto: la mayoría de las veces, la responsabilidad (o la culpa, en caso de que seamos de “culpar” a alguien) por la causa de nuestra decepción no la tiene precisamente el otro. Así que vamos a analizar las posibles causas que se me ocurren en este instante:
  1. Carencia de Empatía. Pues sí, simplemente nos acostumbramos a las facetas positivas de alguien y cuando ese alguien se muestra puramente humano nos negamos a ponernos en su piel y comprender su sufrimiento y por lo que está pasando. Nosotros nos decepcionamos porque esa persona ha roto su patrón “virtuoso” o patrón acostumbrado de comportamiento, y nosotros creemos (porque a veces somos muy retorcidos) que ese antiguo “yo” que habíamos conocido en esa persona es inexistente y en cambio el “yo” defectuoso es el único real, sin buscar comprender qué le ocurre o en qué circunstancias se encuentra. La verdad pura es que al no empatizar estamos siendo llanamente injustos con el otro.
  2. Expectativas desajustadas. Ya sea porque idealizamos a esa persona, o porque le ponemos atributos que quizá no tiene, o porque misteriosamente creemos que todo el mundo funciona del mismo modo, el resultado es el siguiente: nos negamos a ver al auténtico “yo” de esa persona, y cuando ella actúa de manera disonante con nuestras expectativas entonces llega la decepción. Es curioso que habitualmente nosotros queremos ser vistos, salvo excepciones, tal y como somos, y en base a eso ser respetados y comprendidos, pero cuando se trata de vulnerar nuestras expectativas somos nosotros quienes nos negamos a tomar esa actitud positiva con los demás. Sin embargo, lo peor es cuando las expectativas son desmontadas debido a que esa persona, quizá por la confianza que tiene en nosotros, ha querido “desnudarse” y mostrar su ser en vez de representar un papel; en vez de premiarlo lo castigamos, y es porque nosotros hemos pecado de falta de realismo. También es injusto.
  3. Proyección. Es bien sabido que a menudo la gente nos hace de espejo. Nuestro Inconsciente se proyecta constantemente en todas las situaciones y todas las personas. Eso significa que la decepción puede aparecer cuando vemos en otros rasgos nuestros propios que aún no hemos integrado y tenemos en conflicto. Quizá seamos nosotros quienes actúan como creemos que lo hace el otro. Y quizá incluso la otra persona para nada es como creemos ver que es. Por ejemplo, podemos pensar que Fulanito está enfadado cuando lo que le ocurre verdaderamente es que está triste, mientras que el que tiene el enojo somos nosotros y no nos damos cuenta; en este caso, al proyectar mi enfado me puedo sentir decepcionado porque no esperaba ver enfado en esa persona (y, como he dicho, es muy probable que en verdad no lo tenga). Traer la proyección al plano consciente suele resolver el problema, pero mientras no se hace nos vamos decepcionando por conductas ajenas que podrían ser relativas o inexistentes.
  4. Deshonestidad. ¡Aquí sí! En este caso la otra persona hizo un papel para manipularnos o prometió algo que no tenía intención de cumplir desde un principio. Aquí la causa de decepción está en el otro principalmente, aunque se podría analizar si una parte de uno mismo está permitiendo ser engañado o no, y en caso afirmativo por qué lo ha permitido.

Como se puede observar, la mayoría de decepciones las provocamos nosotros mismos sin que la otra persona haya hecho realmente nada salvo ser él/ella mismo/a.

Ocurre que tenemos tendencia a caer en un rol de víctima. Con la decepción podemos atribuir características negativas a esa persona y alguna vez incluso demonizarla, porque al final todo se resume en “él malo, yo bueno”., ya que él es quien hiere y yo soy el herido. El victimismo, además de ser injusto (incluso para uno mismo porque nos quitamos poder personal), nos aleja de la felicidad cada vez que queremos acercarnos a ella. Si creamos nuestra realidad, mientras el rol no se supere seguiremos atrayendo situaciones negativas a nuestra vida que o bien serán “decepcionantes” o bien serán de sumisión y control, de auténtica víctima, porque en verdad sólo queremos confirmar nuestros prejuicios o nuestro sistema de creencias.

Si cambiamos el chip podremos observar más luz en la gente que nos rodea, nos sentiremos mejor con nosotros mismos y con los demás, y estaremos anclando las bases para la felicidad.

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