La marginación del enfadado, o cómo tenemos miedo al enfado de los demás

Quizá porque vivimos en una sociedad con mucha violencia y porque las dinámicas comunicativas en el hogar tienen mucha tendencia en la mayoría de los casos a ser represivas/agresivas, ocurre un fenómeno curioso: en general tememos al enfado de los demás.

Especialmente lo que marca esta clase de miedo es el segundo punto: cuando los padres no saben gestionar sus propias emociones (y no saben porque tampoco se lo enseñaron) y/o no saben gestionar los sentimientos de los/as hijos/as, a veces actúan con miedo y a veces actúan con el grito, la reprimenda, la subida de tono, o hasta el guantazo con la finalidad de recuperar el control de la situación. Éste no es un post dirigido a culpar a nadie, que conste, al contrario: ocurre que la competencia emocional y social es algo muy nuevo de lo que se está empezando a hablar desde hace muy pocos años, y aún nos queda trayectoria porque no termina de calar su importancia radical, por lo que no podemos ni debemos buscar culpables.

Desde el punto de vista del niño o niña, el padre y la madre son figuras “superiores” y poderosas, similares a dioses míticos, por lo que en parte la conducta infantil irá orientada a evitar el enfado de sus padres y a temer ese enfado por posibles consecuencias negativas.

Dejando al margen a los niños que crecen con agresividad, a los demás nos ocurre que interiorizamos la figura de la persona enfadada que originalmente era el padre y/o la madre como figura represora y digna de ser temida, por lo que al crecer y llegar a la adultez, si no hemos aprendido asertividad ni competencia emocional, huiremos de los conflictos y tendremos miedo de la gente cuando se enfada. No es que nos vayan a hacer daño, no es que nos vayan a clavar un cuchillo, y evidentemente no es que nos vayan a castigar (¡no son nuestros padres!), pero les tendremos miedo.

Esto tiene consecuencias tanto para el temeroso como para el enfadado, y voy a resumir brevemente las primeras para centrarme más en las segundas.

El temeroso, en su intento de huida, buscará o bien aplacar de diferentes maneras la ira del otro, cayendo en un servilismo negativo (como un esclavo a su señor o a su rey), o bien evitará la confrontación todo lo posible. La clave es no activar la alarma, no hacerlo enfadar más, no discutir. Discutir es tabú, es como si todo se pudiera ir a pique, es como si sólo sirviera para empeorar la situación, por lo que me alejo o bien cedo y me someto. Ésa no es la respuesta. En ambos casos el conflicto sigue ahí, el problema permanece sin estar resuelto, y más tarde o más temprano (generalmente más temprano) volverá a emerger y la otra persona volverá a enfadarse. A todo esto, puede que nosotros/as sintamos también enfado pero es que el enfado es algo que nos asusta tanto que tratamos de erradicarlo y de reprimirlo en nosotros/as mismos/as. Como seguramente deduciréis, la respuesta correcta no es ceder ni discutir, sino comunicar. Discutir y comunicar son conceptos distintos porque la comunicación implica comprensión y empatía, y sobretodo mucha calma, y una buena comunicación asertiva no sólo disminuye y aplaca muchísimo el enfado de la otra persona sino que además permite la resolución del problema.

Veamos el otro lado. ¿Qué pasa si soy yo el que está enfadado? Y no me refiero a tener una conducta constante de enfado, sino a momentos puntuales que por circunstancias siento ese enfado, exactamente igual que el resto de seres humanos. Pues visto lo visto puedo caer también en la trampa de reprimírmelo. ¿Por qué? Porque los demás me tendrán miedo si manifiesto mi enfado, y se alejarán y huirán. Luego no querrán decirme las cosas por temor a que me enfade. ¿Os ha pasado a vosotros/as? Es algo común y frecuente, por desgracia. El enfadado es un apestado y se queda solo, a pesar de que ninguna emoción es negativa, a pesar de que quizá sea justo que sienta eso (por ejemplo, el enfado que surge ante una pérdida de un ser querido). No importa, quedará aislado y marginado. Por eso, cuando nosotros/as sentimos enfado casi que nos prohibimos sentir esa rabia, produciendo así una especie de mutilación psicoemocional que nos perjudicará aún más que expresar lo que nos pasa.

Ciertamente hay formas y formas. Quiero decir, no es lo mismo expresar “eres un capullo, me has hecho mucho daño” que expresar “oye, me siento herido por tu conducta”. También el enfadado puede y debe ser asertivo. Pero también tenemos que comprender que el que siente enfado durante un tiempo no pensará con claridad y en eso hay que ayudarle para que la comunicación sea eficaz. De ahí que sean necesarias estrategias como no manifestar una voz nerviosa, ansiosa o de tono elevado, pedirle que explique lo que siente y por qué se siente así, resumir de vez en cuando (de vez en cuando, ojo) lo que dice para asegurarnos de que le estamos comprendiendo, etc. Esto es mucho más efectivo de lo que aparenta. No hay que apestarlo, no hay que alejarlo, y sobretodo NO HAY QUE TEMERLO. Sólo siente enfado, y eso significa que es humano. Como tú. A ti no te gustaría que te apartaran por sentir lo que sientes, por ser tú mismo/a, ¿verdad? No querrías que de repente dejaran de ser sinceros/as contigo o que dejaran de decirte las cosas que importan. Te gustaría que te comprendieran y te dieran algo de espacio para el diálogo.


Si las cosas se hacen bien, TODO tiene cabida. Y hacerlas bien significa: empatía, amor, compasión, comprensión, paciencia. Porque ese otro al día siguiente puedes ser tú. Todos tenemos los mismos derechos humanos... a ser humanos.

Comentarios

  1. Un artículo de otro blog que complementa a lo que yo escribí da pautas claras para atender a alguien enojado mediante lo que se conoce como "compatía": http://justificaturespuesta.com/compatia-la-solucion-para-enfrentarte-personas-enojadas/

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