Amor sin etiquetas

Habíamos entrado en el siglo XXI y aún tenemos problemas las personas para entendernos, para llevarnos bien, y para aceptarnos las unas a las otras. Una de las áreas donde eso es más visible es en lo afectivo y en la sexualidad. Da la sensación de que en algunos países hay como más apertura y comprensión, pero si miramos a nivel local, a nivel individual, cada persona que descubre que siente o piensa diferente a lo “normativo” libra una batalla interior bastante violenta. Y es innecesaria. Pero los dilemas tanto morales como de repercusión social son atronadores.

Hay un sentir cada vez más generalizado de que simplemente deberíamos hablar de Amor, a secas, sin apelativos, y que no hay motivos para juzgar ninguna forma de amar. Esto ocurre no sólo para luchar contra esas batallas tanto internas como colectivas, sino porque a menudo el problema es favorecido por el mal uso de las etiquetas.

Las etapas de las etiquetas

Creo que en un principio las etiquetas fueron necesarias. Una conocida mía me enseñó una vez que “lo que no se nombra no existe”. Puesto que en gran parte del mundo la religión y ciertas formas extremistas de pensamiento provocaron un gran silencio entre la sociedad que luego se transmitiría en forma de tabúes socioculturales (nombrar lo diferente, lo ignorado, lo que daba miedo o lo que era pecado generaba alteración del orden social), fue necesario inventar palabras para denominar aquello que nadie quería decir ni admitir.

Por ejemplo, en el campo de la sexualidad, las pocas palabras que existían para lo “diferente” a lo que era normativo (entiéndase, considerado “normal”) solían ser insultos, expresiones despectivas. Por eso para la homosexualidad, por poner un ejemplo, se hablaba de desviado, de maricón o de enfermo. Hizo falta inventar la palabra “homosexualidad”. Y puesto que las personas son entidades complejas, lo natural no es que exista un binomio heterosexual-homosexual, como tampoco lo hay hombre-mujer, sino que haya más diversidad, como ocurre en otros campos de la naturaleza. Así, aparecieron las palabras bisexual, demisexual, pansexual, etc. Y transgénero, genderfluid, tercer género, etc. De repente tomamos conciencia de la variedad, y de la multidimensionalidad del ser humano, y de que cada uno es un mundo. Y, fundamentalmente, de que toda esa variedad responde a un propósito común y universal en todos los seres humanos: expresar Amor. Amarnos los unos a los otros. Eso es lo auténticamente natural.

Una vez producida esa toma de conciencia, ocurre la etapa “Torre de Babel”: tener etiquetas resulta, por un lado, confuso, y por otro lado resulta discriminador. Las personas usan las etiquetas para definirse, encasillarse y juzgar a los demás que son diferentes. Las etiquetas parece un lenguaje hecho para entenderse pero termina siendo un arma de doble filo que la mayoría de las veces hace más daño que bien. Quizá ya va siendo hora de dejar de emplear palabras para cada opción sexual o afectiva, y empezar a hablar sólo únicamente de Amor: de la capacidad que tenemos de amar a otra persona y de ser amado/a por otra persona indistintamente de cómo sea su cuerpo o de qué órganos genitales tenga. Amar es lo más elevado que hay, y el respeto a los demás es la mejor forma de dignificar eso.

El factor cultural y religioso 

Aceptémoslo, en todo este tinglado los valores sociales y culturales tienen un gran peso, quizá el mayor. Y durante bastante tiempo fue la religión quien dictó cuáles tenían que ser los valores correctos y cuáles no. El problema es que la sociedad, utilizando a la familia como instrumento, hace un intento de lavado de cerebro que suele salir bien, y en segundo lugar luego la propia persona si no tiene una personalidad que le haga cuestionar lo establecido se lo acaba creyendo con total sumisión. Y hasta defiende esos valores, sin importar si son fóbicos o basados en la intolerancia.

Más o menos el proceso es éste: mamá y papá inculcan sus propios valores personales a su hijo o hija (no son conscientes de que esos valores en realidad fueron externos a ellos pero los asumieron); el niño o niña, en su interacción con los amigos y amigas, con los profesores, con otros familiares y vecinos, se va topando más o menos con los mismos valores normativos, por lo que asume que deben ser una verdad establecida; en ocasiones, durante su desarrollo, si se desvían de esos valores normativos reciben castigos y represiones, por lo que irán entendiendo (erróneamente) que lo diferente tiene que ser malo por naturaleza; si no entra en crisis y cuestiona lo que le han obligado a integrar, simplemente hará repetir ese proceso con su propia descendencia en caso de que la tenga o con otras personas del entorno.

En el caso de la religión católica, el miedo le resultó como buena forma de castigo y de represión, ya que nadie quería ir al infierno o ser manipulado por un ente maligno como puede ser el Diablo. Sólo los ateos se atrevían a cuestionar ese dogma. Y en el caso de la dictadura, el miedo toma la forma de la cárcel o del fusilamiento, por poner ejemplos. Es curioso lo fácil que resulta olvidarse de que Dios es Amor y nos enseña Amor, o de que el ideal humanitario y social más elevado es el Amor también, cuando está el miedo de por medio. Y es muy difícil luchar contra ese miedo.

Enfrentar el miedo no es una cuestión meramente personal, individual, porque si lo fuera quizá mucha más gente cuestionaría lo normativo. No, aquí el gran problema es que enfrentar el miedo es también una cuestión de red social: el miedo a perder a los familiares, a los amigos y los seres queridos que siguen los valores establecidos porque nosotros nos hemos atrevido a pensar, a sentir y a hacer de manera diferente. El miedo a su rechazo y su abandono. El miedo a que toda nuestra vida cambie para siempre, a peor. A que no lo entiendan. A que utilicen las etiquetas para juzgarnos. A que nos estigmaticen. A que nos humillen. A que, simplemente, no nos brinden nunca más su apoyo o su afecto.

Es justamente por ese motivo que hay que luchar por el cambio. Aunque dé miedo. Alguien tiene que ser el primero, el líder, el que abra camino. Décadas después, el cambio se habrá completado y se habrá normalizado. Si nadie lo hace, si nadie lo intenta, con perseverancia, simplemente las fobias y la intolerancia habrán ganado. Y Amar seguirá estando vetado y sólo será privilegio de unos pocos que tengan la suerte de sentir amor por la persona socialmente adecuada. Nadie dijo que sea fácil esta lucha, sino que es necesaria.

Porque todos y todas tenemos derecho a amar sin escondernos, sin sentirnos mal por ello, y a hacer de éste un mundo mejor y más lleno de amor, de felicidad y de luz.

 Un abrazo fuerte.

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