La imperfección humana

Voy a rescatar primero un viejo cuento zen, muy corto, que leí hace mucho tiempo. Lo pego aquí tal como está en el siguiente enlace: http://contarcuentos.com/2010/02/jardin-zen/

Un maestro zen le pidió a su discípulo que limpiara el jardín del monasterio. El discípulo limpió el jardín y lo dejó en un estado impecable. El maestro no quedó satisfecho. Le mandó hacer de nuevo la limpieza una segunda vez, luego una tercera. Desalentado, el pobre discípulo se quejó:
Pero, maestro, no hay nada más que poner en orden, ¿que limpiar en este jardín? ¡Todo está hecho!
Falta una cosa – respondió el maestro.
Sacudió un árbol y algunas hojas se desprendieron, tapizando el suelo.
Ahora el jardín está perfecto – concluyó.

Y añaden la siguiente explicación del Maestro: «El orden perfecto sólo existe al lado del desorden. El orden total en un jardín mata el jardín.»

Este tipo de cuentos no están hechos para ser bonitos (que lo son) sino para profundizar en conceptos en apariencia sencillos hasta tener la experiencia que nos hará comprenderlos verdaderamente. También, en una línea parecida, son famosos los koan, que rompen con la forma lineal de pensar porque no están hechos para ser razonados sino para liberar la mente.

Esta introducción me sirve para desarrollar mi objetivo, que es desmitificar la perfección y así alcanzar mayor paz con la vida.

En espiritualidad se dice mucho que, en esencia, somos perfectos. Del cristianismo nos viene el concepto de que “estamos hechos a imagen y semejanza de Dios”, y en nuestro interior vive la chispa divina, el Espíritu; como consecuencia, la conclusión fácil es pensar que si Dios es perfecto entonces nosotros también lo somos (y toda su creación lo es). Aquí, en el acto de sacar conclusiones, es donde creo que está el fallo. Aunque pueda existir Dios y sea perfecto, sus creaciones no tienen por qué serlas. Puede parecer que esto no tenga sentido, y nos preguntemos por qué Dios iba a querer hacer algo de manera imperfecta... ahí entra la fe, puede que su “perfecto plan” incluya la imperfección.

Hagamos el paralelismo budista, que es ateo. Se dice de la auténtica naturaleza de la mente que es iluminada, lo cual no impide que el ser humano exprese imperfecciones; y toda la realidad (creo que salvo la Conciencia) está vacía de entidad propia, es decir, la realidad última es vacuidad luminosa, y sin embargo el mundo en que vivimos es bastante claroscuro y sobretodo ilusorio, un enorme espejismo lleno de imperfecciones y de sufrimiento.

¿Cómo es posible? ¿Es contradictorio? Al margen de que las paradojas generalmente puedan reconciliarse, creo aquí que la auténtica pregunta es: y si hay imperfección, ¿qué más da? Creo que estamos tan aferrados al concepto de perfección porque nos cuesta aceptar la realidad tal como es, con sus fallos, sus sucesos que no nos gustan, su desorden, los “defectos” de cada uno, etc. Aquí me gusta mucho la aportación del taoísmo porque hace mucho énfasis en la aceptación, la no resistencia, imitando a la naturaleza.

Si os digo que imaginéis el cosmos, el universo, probablemente la primera escena que os venga a la mente sea el espacio con sus galaxias y nebulosas, cada una con sus estrellas y demás. Se nos olvida que este lugar incluye galaxias que colisionan entre ellas, estrellas que implosionan, agujeros negros que consumen lo que hay a su alrededor, asteroides que estrellan contra planetas... Es un lugar que tiene aspectos muy bellos, pero también tiene otros más violentos, con su aparente caos. Y si miramos a lo que tenemos más cerca, la naturaleza en nuestro propio planeta, veremos que también hay belleza mezclada con desorden. No existe la total perfección. Y quizá es mejor así.

Hace poco, con motivo del equinoccio de primavera, le pregunté a una amiga mía qué significado le daba a ese evento. Me respondió algo parecido a lo siguiente: «el equilibrio momentáneo que se rompe; equilibrio es muerte, y desequilibrio es vida». En este contexto no hay que entender desequilibrio como ausencia de armonía sino como tendencia al movimiento. El total equilibrio, la total quietud, y con ello la total perfección, implica un estado de las cosas en que nada puede nacer, crecer o desarrollarse. Para que haya vida, evolución y movimiento siempre tiene que haber, al menos, un mínimo de tensión, desorden e imperfección.

Podemos acudir a la biología para llegar a la misma conclusión: la variabilidad y mutación en los genes es el motor de la evolución, mantener siempre intacto el mismo código genético impide la adaptación de las especies a los cambios continuos del entorno. En cierta manera, se podría hablar de orden dentro del desorden. Si nos vamos a la teoría del caos, los sistemas caóticos suelen moverse dentro de un patrón ordenado sujeto a la causalidad, aunque en sí el sistema no sea controlable ni predecible a largo plazo y cualquier mínima alteración pueda provocar cambios dramáticos al final.

Y está bien así, esto tiene su propia belleza intrínseca, nos permite fascinarnos con lo sorpresivo e inesperado e incluso hablar de la magia del efecto mariposa. Porque si algo podemos deducir de esto es que siempre está ocurriendo algo en el presente, cada instante contiene belleza y plenitud, no hay instantes vacíos. Gracias a la imperfección y al desorden. (Sobre esto último, recomiendo la lectura del cuento “El jardinero de Haikus”, aquí --> http://www.shurya.com/cuento-zen-el-jardinero-de-haikus/)

Si aplastamos y quemamos el concepto de perfección en el entorno, también hay que hacerlo con uno mismo y con las demás personas. Eliminado ese concepto, nos encontramos cara a cara con las imperfecciones, primero las propias. Aceptarlas es requisito imprescindible para amarse incondicionalmente uno mismo. ¿Pueden mejorar y ser trabajadas? Sí, por supuesto, podemos incluso convertirlas en fuente de virtudes. Por ejemplo, el mérito de un avaro es actuar con total generosidad y desprendimiento; podemos recordar el caso de san Francisco de Asís, cuya soberbia fue fuente de su posterior humildad, sus riquezas fueron fuente de su voto de pobreza, etc. Es en tomar contacto con la Ira y aceptándola como uno aprende el valor de la paz y a ser pacífico. Las imperfecciones siempre estarán ahí en alguna manera, más o menos acentuadas, y más o menos sublimadas, igual que ocurre en el mito del sanador herido en que la herida propia es lo que puede hacer de uno el mejor médico o terapeuta.

Para sacarle el lado bueno de lo que consideramos imperfecto o defecto, o simplemente aceptarlo, hace falta el abrazo y la mirada de la compasión. Nos hemos pasado demasiado tiempo sintiéndonos mal por ser quienes somos, cada uno con sus cosas. Nos hemos llenado de culpa y de ira hacia uno mismo, hemos reducido la autoestima y el amor propio, y nos hemos sometido al autosabotaje y al castigo del juez interior. Creo que podemos perdonarnos y aceptarnos, plenamente. Sin esos rasgos no habría crecimiento personal, ni comprensión, ni conocimiento de la naturaleza humana.

Reconocer y aceptar luego lo imperfecto en los demás es el siguiente paso lógico. Al haber visto y asumido lo nuestro propio, podemos comprender al otro con real empatía, y liberarle así de todo juicio, prejuicio, crítica o culpa. Esto no significa estar siempre de acuerdo con los demás, pero sí aceptarlos como son sin pretender cambiarlos. Es muy liberador saber que, de este modo, podemos vivir en paz con uno mismo y también con los demás.

Mirad, en esencia lo que quiero decir es esto: las personas tenemos un enorme potencial para amar y, como siempre digo, lo que este mundo necesita es más amor.

Podemos amar, comprender, respetar y perdonar a uno mismo y a los demás. Hace falta más amor incondicional. Ningún rasgo que consideremos imperfecto debe suponer una barrera a eso. Promovamos la rendición total, la completa aceptación de las cosas y de las personas tal como son, y la apertura del corazón.

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