La huida hacia adelante
Hay momentos en la vida de esos en que
te abren el pecho, desgarrando con las manos, y llegan al corazón
tomándolo y abriéndolo también con las uñas. Al menos así se
siente, y asimismo es como si te golpeara un tsunami, arrasándolo
todo, y luego un huracán que revuelve poderosamente la vida. En esos
instantes, con el corazón abierto, es cuando puede entrar más luz
en el interior. Pero también es de mayor vulnerabilidad, y
por supuesto duele, porque que te abran el pecho sin anestesia
siempre duele. Ahora doy gracias de haber tenido esos momentos, por
toda la luz que entró, lo que he aprendido, quien soy ahora... y al
mismo tiempo sé que habrán más, que la vida me presentará
situaciones mediante las cuales me pedirá que vuelva a morir y
renacer para mi mejor evolución, para que pueda dar a los demás lo
mejor de mí, proceso en que tendré la única compañía del
Espíritu tal como ya ha ocurrido en las últimas ocasiones. No me
quejo, no hay mejor compañía que ésa.
Una de las cosas que he observado en mí
y en los demás cuando hay que atravesar ese tipo de momentos es la
huida, en las tres formas que voy a presentar aquí. En el post sobre
el origen de los traumas que publiqué en marzo hablé un poco de los
mecanismos psicológicos de defensa y en especial de la
negación. Si se llaman “de defensa” es justamente porque su
objetivo es defendernos, protegernos, de cualquier dolor. A nadie le
gusta sufrir, todos buscamos evitar eso. El miedo juega un
papel importante porque es nuestro indicador interno (en mayor o
menor medida acertado o erróneo) de que nos acercamos a una
potencial causa de sufrimiento. Como dije recién, cuando la vida te
abre el pecho emergen un sentido de vulnerabilidad y dolor, y ambos
nos conectan con el miedo al mismo dolor o a experimentar un dolor
más intenso, más duradero o en mayor cantidad, por lo que es
natural buscar protegerse. Es como andar con una herida abierta, lo
primero que nos pasa por la cabeza es taparla y protegerla hasta que
cicatrice en vez de dejarla que le dé el aire. Huir es uno de
esos mecanismos de protección y va a menudo ligado con la negación
(o tal vez se pueda considerar una forma de negación).
La clásica huida se podría denominar
“hacia atrás”,
que sería escapar del momento vital en que nos encontramos
regresando a la zona de confort, a lo conocido, a rutinas, personas,
lugares o incluso formas de pensar y de comportarse que son propias
del “pasado”. Este pasado es relativo, porque puede ser de una
etapa lejana o bien tratarse de la vida que teníamos hasta el
momento del shock emocional y del conflicto o dilema que la vida nos
pide resolver para avanzar.
Otra forma de huida es el “stand
by”, también llamada escapismo.
Tiende a consistir en adicciones o bien conductas que nos sumen en
una burbuja que nos aparta de la verdad y de la realidad; es más
fácil escapar, por ejemplo, con videojuegos, Netflix, drogas,
personas, el trabajo, lo espiritual... que hacer frente valientemente
a los cambios necesarios para madurar.
Pero mi favorita, sin duda alguna, es
la huida hacia adelante. Es quizá la menos conocida pero es
tremendamente frecuente. Consiste en lanzarse hacia la actividad,
generalmente hacia lo nuevo: conocer gente nueva, iniciar nuevos
proyectos, iniciar una nueva relación, ir a nuevos lugares, mudarse,
llenarse de tareas o actividades... Ninguna de esas cosas realmente
enfrenta el problema, el dilema, el conflicto o el cambio, tal como
se requiere para avanzar de verdad, simplemente porque la intención
que hay detrás no es una intención sincera de resolver la cuestión
presente sino de taparla o finiquitarla cuanto antes mejor, y eso es
lo que marca la diferencia. Aunque aparentemente quede aparcado
“atrás”, en lo que creemos que es el pasado, ocurre que sigue
persiguiéndonos hasta atraparnos tarde o temprano (y mejor que sea
temprano, para que no nos pase una factura muy elevada). Me declaro
fan de la frase de Jung, tantas veces mencionada en este blog, de “lo
que niegas te somete; lo que aceptas te transforma”.
Un ejemplo: cuando
en la cultura popular se dice que “un clavo saca otro clavo”, nos
encontramos ante un ejemplo común de huida hacia adelante; la vida
puede estar pidiendo aprender sobre el amor propio, la autoestima, la
relación con los padres, los arquetipos, los eventos en la infancia,
o sencillamente resolver emociones y cuestiones enquistadas de la
última relación sentimental, pero sabemos que esas cosas duelen o
cuestan y por eso se prefiere no tratarlas y saltar directamente
hacia lo siguiente que pueda venir. Otro ejemplo, esta vez mío,
tiene que ver con todas las veces que me independicé y que en verdad
escondía lecciones de madurez emocional, de árbol genealógico por
integrar, de temas pasados que seguían abiertos, de amor propio, y
un largo etcétera, pues era más fácil escapar y hacer ver que
dejaba todo atrás, y así convencerme de que hacía algo con mi vida
y que crecía como persona.
Lo que hace difícil darse cuenta de la
huida hacia adelante es la sensación de movimiento, avance y
progreso que da, hasta de libertad.
Las huidas se pueden presentar de
maneras muy tentadoras,
pero en cualquier caso todas tienen en común que sólo retrasan lo
inevitable puesto que tarde o temprano seremos sacudidos de otras
formas. La vida tiene maneras muy curiosas y cada vez más intensas
de mostrar de qué se está huyendo, poniéndolo justo delante. Al
final, huir nos permite albergar un cierto sentido de control
en situaciones que escapan a nuestro control: yo elijo regresar a
algo confortable, escapar a algo placentero o iniciar una nueva
actividad, en contraposición a ese aprendizaje o transformación
personal que no elegí que se presentara en este momento porque no me
siento preparado, me siento inseguro, no me gusta, me aterra, me
duele, etc.
Si algo tienen estas crisis es que
exigen tiempo y sobretodo anclarse a la realidad y al
presente. Incluso las crisis o los golpes cuya lección es
salir del confort o de la inmovilidad (incluye por ejemplo deshacerse
de una estructura rígida) implican primero un stop: frenar aquello
que hacemos para escapar con la finalidad de mirar de frente a la
situación. Hay que vivirla, aceptar lo que nos ofrece, dejar de
luchar o de resistirse, permitirle ser transformados por ella,
comprender qué mensaje trae y qué es aquello que nos resistimos a
aprender... aunque duela. E iniciar los pasos hacia lo correcto. En
el fondo, este proceso es parte fundamental de lo que conocemos como
resiliencia.
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