El mito del sanador herido
Llevo tiempo pensando en escribir sobre
esto, ya que es un mito que me representa bastante, pero lo fui
dejando aparcado. En el proceso de aceptación de mi situación
actual este mito vuelve constantemente a mi memoria, sobretodo el
pensar en mis limitaciones, pero no esperaba encontrar también una
explicación neurocientífica.
La pasada semana tuve el placer de
estar en una charla sobre los recientes estudios neurocientíficos y
cómo sus descubrimientos se aplican en la educación, en el fenómeno
del aprendizaje. La charla estaba a cargo de un autor que recomiendo,
David Bueno, doctor en biología y profesor de genética en la
Universidad de Barcelona, que ha dedicado los últimos años al
estudio del sistema nervioso y, en especial, el cerebro y cómo los
mecanismos por los que éste funciona determina las conductas humanas
y los procesos de aprendizaje.
Uno de los detalles importantes de la
charla fue que el número de neuronas que tenemos, palmo más palmo
menos, no es lo importante; de hecho sabemos que en la adolescencia
se produce una “poda” de neuronas pero eso no implica que luego
de adulto seamos menos inteligentes. Lo realmente trascendente en el
cerebro son las conexiones neuronales, y cuantas más conexiones haya
entre neuronas mejor. En cierto modo esto se puede entrenar y
estimular, ya que la plasticidad neuronal hace que constantemente se
estén creando conexiones nuevas (y desechando algunas de las
viejas).
El segundo detalle importante es la
memoria. Hoy se sabe que la memoria no está localizada en una zona
concreta del cerebro sino que más bien cada recuerdo consiste en un
patrón específico de conexiones neuronales que puede abarcar
distintas áreas cerebrales. En conjunto, la memoria es algo que en
realidad queda distribuida por todo el cerebro. Ahora bien, cuanto
más traumático es un evento y a más temprana edad ocurre, más
fijo queda el patrón de conexiones asociado a su recuerdo.
Especialmente vulnerable es la edad de 0 a 3 años, aunque se sabe
que ya se están formando conexiones durante el último trimestre de
embarazo. David dijo que este trauma, ese patrón, ya queda ahí para
siempre. Lo que se puede hacer, gracias a la plasticidad neuronal y
mediante psicoterapia, es ayudar al cerebro a crear conexiones nuevas
a ese patrón de tal manera que haya como un “bypass”. En
otras palabras: decimos que podemos recordar el evento sin dolor, y
que aprendemos nuevos mecanismos de afrontamiento de situaciones
similares en el futuro. Aún así, en momentos de alto estrés se es
susceptible de volver a actuar según el patrón de conexiones
original y responder con impulsividad, miedo, ansiedad, ira... La
herida siempre estará ahí, dejó su huella. Y ahí es donde
quería llegar.
La primera vez que oí hablar del
sanador herido fue allá por el 2010 de manos de Lucas Vidal, un
astrólogo al que admiré mucho, ya que en astrología moderna se
habla de este mito al considerar al asteroide mitad cometa llamado
Quirón, denominado así en honor al centauro Quirón de la mitología
griega. El mito de Quirón está ampliamente difundido por Internet,
por lo que haré una especie de resumen.
Quirón, el
centauro sabio, educador en música, arte, caza y moral, quedó
accidentalmente herido en una pata y se trataba de una herida mortal,
pero siendo él un ser inmortal eso supuso una herida con dolor
eterno. Buscando solución a esa herida dolorosa aprendió el arte de
la medicina por sí mismo, convirtiéndose en el arquetipo del
perfecto sanador y llegando a ser médico y cirujano. Ayudó a curar
a muchísimas personas y transmitió sus conocimientos a algunos
discípulos entre los cuales destaca Asclepio (el que mitológicamente
sería el padre de la ciencia médica y legaría el símbolo de la
serpiente enroscada en una vara que vemos en muchas farmacias). A
pesar de todo ello, su propia herida sería la única que nunca
llegaría a curar. He aquí la ironía: su herida fue su maestra y su
limitación personal al mismo tiempo. Al final, su única solución
fue la trascendencia y la redención: cedió su inmortalidad a
Prometeo para salvarle la vida y liberarlo de su esclavitud, y con
ello Quirón pudo morir de esa herida mortal y posteriormente fue
elevado al cielo en forma de la constelación del Centauro (otras
fuentes lo asocian a la constelación de Sagitario).
Curiosamente, en la mitología
cristiana tenemos un pasaje ligeramente parecido:
Allá por el
evangelio de Lucas, Jesús usa la frase “médico, cúrate a ti
mismo” refiriéndose a sí mismo y a que todo propósito o
cambio a emprender empieza primero en el interior de uno mismo, en
sus propios defectos y heridas. Luego más tarde, estando
crucificado, le dijeron tres veces en tono de mofa “sálvate a
ti mismo”. Según una rama de la teología, estar salvo puede
ser equivalente a estar sano, curarse, por fuentes de origen griego
del evangelio de Lucas; Jesús no se curó ni se rescató a sí mismo
sino que en el mito eligió morir para trascender, entregándose a la
humanidad. Como anécdota, el propio Lucas evangelista fue médico,
así como en el mito Jesús fue sanador curando con sus milagros.
Si algo nos enseñan estos mitos, desde
una perspectiva más psicológica, es que toda herida nos puede
inducir un proceso de autodescubrimiento, exploración y aprendizaje
mediante el cual crecemos en madurez, sabiduría, resiliencia y
conocimiento, con el propósito final de ayudar a los demás y, en
última instancia, entregarse de manera altruista. Esto pone en jaque
al Ego, por lo que la transformación interior necesariamente debe
ser muy profunda. La herida siempre estará ahí, nunca desaparecerá,
pero la entenderemos de forma diferente, la aceptaremos y
aprenderemos de ella; y, puntualmente, quizá (sin querer) actuemos
en alguna circunstancia desde el sentirse herido, cosa que forma
parte del hecho de ser humanos ya que es imposible ser perfectos.
Generalmente se siguen tres etapas de
maduración desde que se sufre la herida hasta que se la trasciende:
- Víctima. En ella expresamos el dolor que sentimos y suele ir acompañada de ira, aunque pueden haber también emociones como la tristeza y el miedo. Es todo normal y natural, ya que estamos hablando de que con la herida arranca un proceso de duelo. Aunque no es conveniente quedarse eternamente atrapado aquí (algunas personas llegan a usar el victimismo como método inconsciente de manipulación o para no madurar y autosabotearse), lo cierto es que no hay tiempos definidos, ya que cada persona es un mundo y hay casos que necesitan poco tiempo y lo superan por sí mismos, mientras que hay otros que requieren años de psicoterapia.
Aquí quiero aprovechar para hacer un inciso: mucho ojo con hacer un “victim blaming” a la víctima, esto es, culpabilizarla de lo que le ha sucedido. Sí, las interacciones humanas son complejas y todo tiene matices, pero no, no se puede justificar por ejemplo una violencia de género, un abuso sexual o un bullying amparándose en que la víctima “lo iba buscando”, “iba provocando” u otras sandeces que, por desgracia, he llegado a oír y leer. La víctima es víctima y merece toda la empatía de la que seamos capaces. - Vengador o verdugo. No es una etapa obligada, hay gente que se la salta y no pasa nada, de hecho es mejor no pasar por aquí. Es cuando, movidos desde la ira y desde el dolor de la etapa 1, nos endurecemos y, o bien nos convertimos en personas vengativas o justicieras, o bien en agresores. Como resultado, heriremos a otros y dejaremos otras víctimas, a modo de “mordedura de vampiro”.
- Sanador. Le damos un sentido a la herida, un propósito superior que nos permite perdonarla y transformarla en fuente de comprensión, empatía y compasión. Nos volvemos más resilientes. El que es herido puede entender la herida de otros y ser benevolente, y puede llegar a dedicarse a ayudarles e incluso a curarles. En casos más transcendentes, las personas pueden comprender que quien infligió la herida está a su vez herido (si no, no lo hubiera hecho), y que en definitiva todos los seres compartimos el hecho del sufrimiento por lo que con todos podemos ser compasivos.
Todos tenemos el potencial de ser
sanadores heridos, ya que heridos ya lo estamos puesto que la vida
incluye a la vez belleza y sufrimiento. En nuestra mano está el ser
transformados compasivamente por nuestras heridas psicológicas y
ayudar a otros que también sufren.
Como siempre digo, hace falta más Amor
en este planeta.
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