Autonomía emocional y vinculación íntima (I)
En este post (y en los tres siguientes que vendrán) voy a hablar de un cachito
de uno de mis aprendizajes más importantes de mi vida. Justamente
porque es importante cuesta, aún tengo conciencia limitada al
respecto y mucho trabajo por delante.
El post original que escribí me quedó
bastante largo, así que al final he decidido dividirlo en distintas
publicaciones. Para que no te pierdas te pongo aquí un índice de
las cuatro partes. Este índice lo iré repitiendo en cada
publicación.
- Desapego y autonomía emocional.
Dicho esto, voy a empezar con una
anécdota.
Hace cosa de un
año, en un momento de crisis emocional, necesité poder sostenerme
en alguien, pero ese día eso no pudo ser. No recuerdo qué
desencadenó la crisis; en aquella época eran frecuentes las crisis
emocionales porque era una etapa de mucha intensidad y con muchos
cambios y aprendizajes rápidos y profundos sin yo tener desarrollada
una buena resiliencia. Por aquel entonces yo contaba con una amistad
especial, por lo que al día siguiente le conté que le había
necesitado y esa persona me respondió que eso no es su
responsabilidad. Dijo que cada uno debe hacerse cargo de sus propias
emociones. Le contesté que entonces para qué están las amistades.
Ésa fue una fricción importante en la relación.
Por cómo era yo entonces, aparté
rápido el sentirme herido para exigirme a mí mismo entrenarme en
autosostenerme y así no depender emocionalmente de nadie. En parte
lo hice, también, para intentar salvar la amistad, la cual se
terminó perdiendo igualmente. Y no creas que el autosostenerme lo
aprendí rápido y me sirvió para esa ruptura: el golpe emocional
fue muy fuerte para mí y yo solo no me basté.
Éste es el punto de partida de las
claves que quiero tratar en esta serie de post.
Desapego y autonomía emocional
En las filosofías orientales hay
transversalidad en algunos puntos. Uno de ellos, muy fuerte, es el
principio de no-apego y la conveniencia de desapegarse de todo
aquello a lo que nos sentimos apegados. El no-apego a veces está mal
entendido y se confunde con abandonarlo todo o con no vincularse a
nada ni a nadie. Para entenderlo es mejor comprender primero qué es
el apego.
A día de hoy el apego lo entiendo con
un componente emocional en el espectro del miedo. Apegarse
es aferrarse a algo que puede ser material, emocional o abstracto. En
otras palabras, virtualmente todo es susceptible de apego. ¿Por qué
nos agarramos a algo? Porque mientras ese algo está ahí nos da un
poco más de seguridad emocional. Sin ello viene el miedo, el
pánico, la inestabilidad, el descontrol, la desorganización... en
distintos grados según el qué, las circunstancias y la carga
emocional que tenía. He usado palabras de intensidad pero la
ausencia de algo a lo que nos apegamos puede provocarnos distintos
estados, desde una ligera ansiedad muy sutil con la que fácilmente
podemos convivir y superar hasta un estado de crisis personal
profunda.
Es posible aferrarse a creencias (por
ejemplo: “tengo que ser productivo para ser válido y tener la
aprobación familiar y/o social”), ideales (p. ej. “llegar a ser
un ser humano perfecto que ha transmutado todos sus defectos e
iluminado toda su sombra personal”), paradigmas (p. ej. lo que hace
la SGAE con el viejo paradigma sobre copyright), sentimientos (p. ej.
son típicos los apegos a la euforia, la alegría, el estado de
enamoramiento o la ansiedad —adrenalina— del drama interpersonal
o de los deportes de aventura), formas de vivir (p. ej. vivir de
manera bohemia sin compromisos ni responsabilidades), etc. He puesto
un ejemplo de todo para que se entienda lo cotidiano del apego, está
en todas partes y vivimos con él de manera normal, es lo que nos
hace sentir seguros y confortables.
El apego no es de exclusividad de los
objetos materiales y tangibles, es decir, no es sólo hacia el
dinero, hacia el alcohol, hacia esa fotografía o ese disco que me
trae tantos recuerdos, o hacia ese regalo que me hicieron y que me
resulta tan especial.
Se puede dar la paradoja del apego
al desapego, de tenerle miedo al apego —¿quizá en verdad
miedo al vínculo? Porque solemos confundir apego con vincularse a
alguien— por temor a poder libertad; en cierta manera podría ser
consecuencia del apego a la identidad personal: si lo que
consideramos que es “yo” implica ser siempre una persona libre
que nunca se ata ni se compromete entonces desafiar eso supone una
muerte psicológica de ese “yo”, y cada vez que esa persona se va
a vincular o siente en una relación que empieza a experimentar apego
le entra el pánico y huye.
En cuanto a sensaciones, es fácil
entender el apego al placer o a experimentar sentimientos positivos:
nos hacen sentir bien. En nuestra búsqueda de la felicidad las
personas tendemos a perseguir eso —aquí cabría preguntarse qué
es la felicidad y dónde se encuentra—, y por ese motivo muchas
personas concluyen que la felicidad no existe, que solo son momentos
puntuales ya que no se puede permanecer de manera continua en un
estado de placer, de alegría o de bienestar. Todo es impermanente,
todo cambia, por lo que todo tiene su tiempo y luego termina o se
transforma en algo diferente.
Pero, irónicamente, también nos
apegamos al dolor.
—Vamos a ver, Ásthar. Se te ha ido
la olla —me dirás—. No tiene ninguna lógica. ¿Al dolor? ¡Nadie
quiere dolor, nadie quiere sufrir! ¿Cómo vamos a querer aferrarnos
a algo así?
![]() |
| —WHAT THE FUCK? —dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul... |
Imagina que una persona te hizo mucho
daño. Cada vez que conozcas a alguien nuevo y sientas que se acerca
a ese punto en el que estabas con esa persona del pasado te saltarán
las alarmas. Quizá decidas protegerte y no dejar que entren en tu
corazón. Ninguna estadística afirma que te vaya a pasar otra vez
exactamente lo mismo, pero no eres capaz de dejar marchar ese
recuerdo, esa vivencia, ese dolor que sentiste y que ahora emerge
para intentar protegerte. Quizá es una paradoja pero el apego al
dolor surge para evitarnos sufrimiento futuro. Imagina también que
una situación te produce mucha ira y esa ira es lo que te mantiene
en movimiento, lo que te hace fuerte ante la adversidad, lo que te
ayuda a luchar, a conseguir objetivos, incluso a lograr cosas para
los demás; sabes perfectamente que sufres al estar constantemente en
enfado con esa situación, ¿pero qué quedará de ti y qué harás
si abandonas esa ira?
Son dos ejemplos, entre infinitos que
pueden haber, de cómo nos apegamos al dolor. Es un poco la idea tras
la expresión «más vale malo conocido...». Fíjate, por tanto, que
el apego es mucho más amplio que aferrarse a un objeto valioso, a
una persona querida o a un trabajo que nos apasiona.
El desapego es un fenómeno por
el cual, voluntariamente o por avatares de la vida, perdemos aquello
a lo que nos aferrábamos. Cuando es inesperado y no deseado puede
ser tremendamente impactante y doloroso. A veces cuando es buscado y
deseado también. Por ese motivo las filosofías orientales hacen
hincapié en el no-apego: si te apegas luego sufres, tarde o
temprano. Es causa-efecto.
Vale, bien fácil, ¿no? Voy a
no-apegarme. ¿Tú puedes bloquear la aparición del sentimiento de
apego? Porque yo no... al menos por ahora. Ya dije que es un
aprendizaje que me cuesta mucho porque es muy importante para mí.
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—¡No siento apego por la tierra! ¡La arena es lava!
—Cállate, que ahora es cuando te das la hostia en la cara... y estoy deseando verla.
|
En este punto me acuerdo de una frase
de Sogyal Rimpoché —autor del “Libro Tibetano de la Vida y la
Muerte”—: «desapégate también del desapego». Es un poco
“mind-blowing” pero me permite redefinir el no-apego.
Si no puedes evitar sentir apego —es normal, somos humanos—, al menos procura que eso no te genere dependencia.
Apego y dependencia son dos cosas muy
distintas y he ahí la clave. Puedo ser consciente de que me agarro a
algo pero, llegado el momento, soltarlo. Si soy capaz de soltarlo,
aunque duela, ese algo no tiene poder sobre mí y yo no dependo de
ello.
Como ejemplo me basaré en la anécdota
del principio. Lo que he contado es algo que me hace vulnerable,
contarlo me supone por tanto un esfuerzo emocional. Sé que siento
apego por experiencias del pasado en las cuales mostrarme vulnerable
—y humano— resultó en terminar yo muy herido. Trabajo con
frecuencia en ir liberando esas experiencias, pero aunque aún no lo
haya logrado lo cierto es que el hecho de dar el paso y atreverme a
hablar hace que esas experiencias no tengan tanto poder sobre mí. No
dependo de ellas y yo soy más libre. Esto, para mí, es no-apego
(por ahora). —Dejo a parte el tema de que también puedo aprender,
y lo hago, de esas experiencias a ser cauto, a saber cuándo, cómo y
en qué circunstancias mostrarme vulnerable, y a desarrollar más
empatía hacia otras personas que pasaron experiencias similares.
En el momento en que nos vemos
incapaces de soltar aquello a lo que nos agarramos nos volvemos
dependientes. Eso para mí es un apego establecido.
Con el tiempo he aprendido que las
acciones determinan mucho más que las emociones cómo son las
personas. Por ejemplo, puedes sentir enfado pero mostrar una actitud
pacífica y actuar de manera pacífica; entonces eres una persona
pacífica. Obviamente lo ideal es vivir siempre con paz interior,
pero somos humanos, somos imperfectos y experimentamos toda clase de
emociones, eso no se puede evitar. Tenemos en nuestra sociedad, en
general, un problema muy grave con las emociones, que no las queremos
ni las aceptamos —quizá sólo queremos las que nos hacen sentir
bien— y por eso es muy necesaria la pedagogía emocional y la luz
que están trayendo todos los descubrimientos modernos en
neurociencia al respecto.
Las emociones además son muy
dinámicas: aparecen, fluyen, se transforman y luego se funden o se
disipan. Mientras el apego esté en ese nivel no hay problema. El
problema real es qué hacemos, qué acción elegimos realizar: una
dominada por el apego que te lleva a aferrarte más, a no soltar, a
poseer; u otra dirigida, por ejemplo, por la compasión y la
reflexión sincera. Una opción te encadena y además fija la
emoción, mientras que la otra opción te libera y te abre
posibilidades.
Toda dependencia supone perder poder
personal. Somos sus esclavos. Cuando la vida nos lo quita no sabemos
qué hacer, cómo vivir o quién ser —a veces nuestras dependencias
conforman parte de nuestra identidad personal, las usamos para
definir quiénes somos.
Tal como canta Darwin Grajales:
«Suéltalo... déjalo que se vaya...».
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| —Yo no soy Darwin Grajales pero me sé la lección y soy una diva, leída, faraona, válida y empoderada. (*Todos los derechos de la imagen están reservados a Disney) |
En ese sentido, cuando la amistad de la anécdota me dijo «hazte cargo de tus emociones» tenía razón. Si no dependo de esa persona me empodero, soy más libre. Y si esa persona no está en mi vida (como es ahora el caso) eso no me impide superar ciertos momentos por mí mismo, por lo que gano resiliencia. Sigue habiendo apego —sobretodo por las cosas buenas—, soy honesto al respecto, pero no soy su esclavo.
Continuará en la parte 2, donde
haré un giro de guión :) Mientras lo esperas siéntete libre de
comentar aquí abajo tus opiniones y experiencias sobre el apego y el
desapego.



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