Autonomía emocional y vinculación íntima (III)



Vamos por la tercera parte de esta serie de posts:
  1. La relación interpersonal de intimidad emocional.

Tras tratar la paradoja del apego y viendo que somos seres sociales, concluimos que necesitamos vincularnos, de manera sana eso sí. 

La relación interpersonal de intimidad emocional: vulnerabilidad y confianza


El antropólogo y biólogo Robin Dunbar teorizó que aproximadamente somos capaces de sostener unos 150 vínculos, incluyendo a gente conocida, colegas de trabajo, etc.; de ellos, entre 5 y 12 serán de tipo íntimo, serán el núcleo con quienes tendremos intimidad emocional, y eso incluye a unos pocos familiares con quienes nos llevemos especialmente bien, mejores amigos, pareja... ¿Nunca habíais oído esa frase popular de que las personas importantes las podemos contar con las manos? Parece que se cumple, es menos del 10% de los vínculos que establecemos en total.

A este núcleo lo llamo vínculos de intimidad emocional. Aquí lo importante no es la cantidad sino la calidad.

En esos vínculos solemos sentir más libertad para ser quienes somos, podemos descubrirnos, podemos curarnos emocionalmente si lo necesitamos, podemos ensayar nuevas habilidades relacionales... Siempre, claro, desde la empatía y el respeto por la otra persona. Al menos se supone que nos sentimos a salvo con esos vínculos en concreto. No establecemos una intimidad emocional con quien no nos ofrece un espacio seguro, aunque no haya apego, porque está la cuestión de la vulnerabilidad; dejamos entrar en nuestro corazón a alguien con el riesgo que supone a que nos hagan daño.

En eso hay una responsabilidad compartida implícita: es responsabilidad de cada una el abrirse a una intimidad emocional, y es también responsabilidad de cada una hacia la otra persona el cuidar ese espacio compartido y sostener su corazón.

Recuperando la anécdota que conté en la parte 1 de esta serie de publicaciones, yo no iba desencaminado cuando pedí que esa persona estuviera ahí para mí. Dos personas nos metimos en una intimidad emocional enmarcadas por una amistad, con todo lo que supone, y si la otra persona asegura que no le pertoca compartir responsabilidad ocurren dos cosas: esa relación no es para intimidad emocional y es mi responsabilidad dejar de exponer mi vulnerabilidad para que no me hagan daño —cosa que no supe hacer en ese momento—; la otra persona debería haber sido honesta desde un principio con que no puede estar en ese tipo de vinculación, cosa que hizo más tarde en el momento de romper la relación. Pero, sin duda, una amistad íntima es para sostenerse una a la otra además de que cada una se sostenga a sí misma, sino pues es otra cosa, quizá una amistad superficial, de colegueo o de simples conocidos, pero no amigas íntimas.

—Yo también expuse mi vulnerabilidad y no lloré, Aitana, no lloré...

Sobre la vulnerabilidad y la confianza hay mucho que decir. Por suerte tenemos a Brené Brown —Doctora en Trabajo Social en la Universidad de Houston—, ella nos pone las cosas claras y fáciles con sus 15 años de investigación sobre vulnerabilidad, vergüenza y coraje.

Tengo que decir que he tenido que volver a escuchar todas las cosas de las que habla porque aunque recordaba lo esencial había olvidado muchos detalles. Resulta curioso que en una de sus charlas TED menciona que cuando nos preguntan por las cosas buenas tendemos a acordarnos de los momentos malos. Esto se entenderá mejor con ejemplos: si te pregunto cómo me defines el amor, ¿en qué cosas piensas? ¿Y si te pregunto por la valentía? ¿Y si te pregunto por la vinculación y la confianza? Para aquí y toma unos segundos para pensar en ello antes de seguir leyendo, a ver qué cosas te vienen a la mente.

Por lo general, la respuesta a esas preguntas pasa por acordarse y hablar de desamor, de pérdidas, de momentos de flaqueza, de desvinculación, de traición de la confianza. Para definir unas cosas y comprender qué significan realmente para nosotros las comparamos con experiencias en que esas cosas no estaban o dejaron de estar. Eso mismo hice yo sin darme cuenta cuando en el primer post de esta serie expliqué mi anécdota: conté un evento conflictivo que es lo que está sirviendo para explicar todo lo demás, y además dije de forma explícita que usaría eso para desarrollar esta serie de publicaciones. Qué cosas...

De todos modos, a donde quiero ir con esto es que justamente esas experiencias dolorosas son las que nos pueden bloquear las cualidades positivas de las que hablamos, muy especialmente cuando esas experiencias ocurren en el marco de una relación de intimidad emocional. Eso me pasó a mí. Yo que creía que no caería en esa trampa porque la conocía bien, caí. En mi camino de desarrollo de la autonomía emocional cerré mi corazón; además lo de hice de golpe y sin darme cuenta, fue inmediato pero inconsciente. Había hecho un esfuerzo considerable, para como soy yo, de exposición de mí mismo a la otra persona, de mostrarme vulnerable, así que una parte de mí no quería exponerse más. No quería confiar ni arriesgarme a amar o a abrirme. Simplemente no quería asumir el riesgo de volver a sentir dolor.

Cuando intentamos desensibilizarnos al dolor es como si creyéramos que podemos mandar órdenes al corazón —entiéndase, al cerebro emocional—, y decirle: «estas emociones dolorosas apágalas por favor», como si fueran selectivas y no lo es; ocurre que nos desensibilizamos a todo, o a casi todo. El miedo sigue ahí, claro, alto y fuerte. Pero perdemos habilidad para sentir alegría, empatía, dicha, amor, pertenencia... porque la parte de nosotros que se encarga de las emociones es la misma parte para todas las emociones. Si reniego del dolor, de la ira, de la tristeza, de la frustración, de la vergüenza, de la culpa, etc., reniego también de las emociones generadoras de bienestar y de felicidad. Pasé varios meses con bastante anhedonia, no con depresión pero sí sin ganas de nada, sin poder sentir nada, desorientado, sin encontrarle sentido a nada.

Yo seguía a ratos con mi trabajo psicológico y espiritual conmigo mismo pero siempre sintiendo que no servía de nada y que no avanzaba. Hasta que empecé a enfrentar todo eso poco a poco, a gestionarlo poco a poco, tal como yo sabía en el fondo que había que hacer —siempre me he sabido bien la teoría pero luego he sido muy torpe con la práctica—. Me he dado tiempo. Cuando empecé a respetarme con mis tiempos empecé a recuperar la práctica incondicional del amor propio, porque en la vida lo realmente importante no es ser “funcional” de manera inmediata y según el millar de reglas estructuradas por la sociedad. Prioricé el compromiso conmigo mismo, con mi salud psicoemocional y a construir confianza conmigo mismo. Eso es amor propio.

Ocurre algo con la confianza a uno mismo: si no la tengo no puedo pedir tampoco a otras personas que confíen en mí. Si yo mismo no me considero confiable, ¿por qué iba a serlo para los demás? Pero por contra, si desarrollo confianza hacia mí mismo, es decir, si sé realmente que puedo contar conmigo mismo para lo bueno y para lo malo, puedo ofrecer confianza a otras personas y, muy probablemente, podré también confiar en otras personas.

La confianza, sea hacia una misma o hacia otra persona, se construye a partir de pequeños momentos. Y además, el momento más pequeño, el que parece más insignificante, puede resultar ser un momento “bisagra” o trascendente, un momento tipo “subir al tren o dejar que te cierre la puerta en las narices”, porque puede ser EL MOMENTO, aquél en que de repente se establece la confianza o bien se establecen la desconfianza y el sentirse herido y traicionado. Quizá el evento de mi anécdota fuera un momento de este tipo.

—Disculpe, ¿pasa por aquí el tren de la confianza? La estación parece un poco abandonada...

Por definición, una relación de intimidad emocional es una relación en la que se ha ido construyendo la confianza, una “jarra” dice la doctora Brown que se ha ido llenando de “canicas” de pequeñas experiencias que nos inducen a confiar en la otra persona. Para que se entienda de una manera simple, cuando yo confío en ti estoy eligiendo que algo que para mí es importante sea vulnerable a tus acciones; del mismo modo, cuando siento desconfianza o traición es porque lo que he compartido contigo que era importante para mí no está a salvo contigo —estas expresiones sobre la confianza no son mías, Brené Brown cuenta que son definiciones de Charles Feltman.

Con su mente analítica quiso “diseccionar” la confianza y descubrir de qué está compuesta. Las distintas partes de que se compone la confianza ella las reúne en un acrónimo: BRAVING, relacionada con la palabra inglesa “brave”, que implica ser valiente puesto que confiar en otra persona es un acto total de vulnerabilidad y exige coraje. Cada definición de estas siglas es bidireccional, es decir, en la relación de confianza yo lo aplico en ti y tú en mí. Veámoslas:
  • B: Boundaries (límites). Para que haya confianza tiene que haber límites. No puedo confiar en alguien que no me respeta y pisa mi libre albedrío, que se sobrepasa sin empatizar conmigo. Los límites tienen que estar claros para las dos personas.
  • R: Reliability (fiabilidad). Para que pueda confiar en ti tienes que ser fiable. Cumplir lo que dices, y no una vez sino de manera constante. Yo me encontré que me dijeron una vez que no me podían prometer nunca nada porque, entre que esa persona es humana (o sea, cometerá errores) y que todo es impermanente, no tenía sentido hacer promesas. Los datos de al menos diez años de investigación de la doctora Brown indica que es importante la confiabilidad para que haya confianza y la relación de intimidad emocional funcione, ya sea de amistad, de familia o del tipo que sea. La fiabilidad es una forma de compromiso, de promesa, al menos mientras la relación dure; no querer comprometerse es escaquearse y es hacer trampa, es un claro síntoma de que esa persona no puede ser confiable.
  • A: Accountability (responsabilidad, rendir cuentas). No puedes confiar en mí si, en el momento en que yo cometa un error, no me hago cargo de él. La confianza implica asumir los errores, porque es cierto que somos humanos y somos imperfectos, la confianza no exige ser perfectos pero sí honestidad y madurez. Poder disculparse de corazón, reconocer el error y hacer algo para repararlo. En toda relación de confianza debe haber ese espacio humano a la vez que empático.
  • V: Vault (caja fuerte). La confianza en un vínculo de intimidad emocional tiene que ser como una cámara acorazada, en el sentido de que lo que compartamos debe guardarse en confidencia. Si tú me dices algo personal y yo se lo cuento a más gente, no soy confiable. —Esto, creo, podría también llamarse Vow en cuanto a que es como un juramento de confidencialidad.
  • I: Integrity (integridad). Según Brené Brown esto implica, por un lado, escoger siempre el coraje por sobre la comodidad; escoger hacer lo correcto en vez de hacer lo rápido, fácil o placentero; practicar tus valores en vez de solo predicarlos.
  • N: Non-Judgement (no-juicio). Sea cual sea la situación, si confío en ti es porque tengo la seguridad de que no me vas a juzgar. Puedo estar en mi peor momento, pedirte ayuda o simplemente contarte algo vergonzoso que me pasó.
  • G: Generosity (generosidad). Éste es un aspecto un poco abstracto. Se trata de hacer una asunción generosa sobre lo que pensamos de la otra persona, o dicho de otro modo, hacer un acto de fe generoso; y luego comprobar si coincide con la realidad. Es decir, a priori debido a que confío en ti asumo que estarás ahí si lo necesito —por poner un ejemplo sacado de la anécdota mía—, y del mismo modo si eso no se cumple tendría que poder ser honesto contigo al respecto de manera inmediata en vez de postergarlo, guardarlo dentro mío y luego estallar con el tiempo. Por otro lado, esta generosidad implica por supuesto dar, ayudar, pero también algo que cuesta muchísimo más: saber pedir ayuda. A las personas se nos da bien ayudar, ser “salvadores” de otras personas, pero nos resulta muy duro pedir ayuda porque implica humildad, y es cuestión de ser generosos con la humildad.

Sobre este último punto Brown advierte de que si pienso menos de mí cuando tengo que pedir ayuda —si me veo más pequeño o inferior—, entonces en realidad estoy pensando menos de la otra persona cuando la otra persona pide ayuda, aunque yo no lo vea o no sea consciente de ello. Por tanto, este ejercicio de humildad no nos hace inferiores, nos hace empáticos para reconocer que los demás tampoco son inferiores a una misma. Y para hacer ahora un acto de sinceridad, yo he sido terrible con esto: de por sí me cuesta abrirme y exponerme, pero me cuesta mucho más pedir ayuda cuando lo necesito y primero trato de resolver las cosas yo solo.

Oír mensajes luego del tipo “hazte cargo tú solo de esto” tampoco ayuda, y es algo que he oído casi toda mi vida, quizá porque cuando era peque todo me resultaba problemático y no me veía capaz de hacer nada por mí misme y supongo que terminaron cansándose de echarme un cable o llegó un momento en que ya no supieron cómo hacerlo. En mi vida hubo una ambivalencia entre la sobreprotección y la exposicón vulnerable ante todo de manera repentina. Ante eso siempre he estado desorientado luego en los vínculos sin saber si pedir ayuda o no hacerlo, en un estado de indefensión aprendida, por lo que optaba finalmente por no pedir ayuda. Sobre eso construí Ego.

Puesto que en este post estoy hablando sobre la intimidad emocional, la confianza y la vulnerabilidad, me he comprometido a exponerme un poco y por eso he ido hablando más de mí. Me gustaría que sirviera de ejemplo. No puedo hablar de cosas humanas si yo no me muestro humano ante ti, y créeme que soy humano, con mis propios pantanos interiores por atravesar, aunque esté más acostumbrado a querer aparentar ser una persona profesional y madura.

Un “selfie” mío mientras escribía este artículo. Profesional y maduro.

Como apunte final, cuida mucho con quién te vinculas y ve sintiendo si ahí estás a salvo o no. Necesitamos la vinculación sana tanto como necesitamos la autonomía emocional. Se aprende mucho de la vulnerabilidad, sobretodo empatía y humildad, y los vínculos son un factor de protección ante momentos importantes de la vida.

Como siempre, deja aquí abajo tus comentarios y sensaciones sobre todo esto y, si te ha gustado el artículo, compárteme en tus redes sociales.

¡Un abrazo!

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Notas:
Sobre el trabajo de Robin Dunbar escuché por primera vez de boca de Elsa Punset hablando sobre la amistad y las redes sociales en un programa televisivo. Aquí pongo un enlace a uno de sus artículos académicos en que trata el número de vínculos que podemos sostener por especie: “The social brain hypothesis” (Robin Dunbar; 1998)

De Brené Brown lo mejor es ver sus charlas, aquí pongo la ristra de enlaces en el orden que yo he seguido para documentarme:
  1. “The anatomy of trust”. Aparición en un programa especial de Oprah Winfrey, “Super Soul Sessions”.
  2. “Why your critics aren’t the ones who count”. Aparición en el marco de unas charlas sobre creatividad del grupo 99U.


Algunos de esos vídeos tienen la posibilidad de activar subtítulos en castellano pero no todos.

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