Autonomía emocional y vinculación íntima (IV y final)


Llegamos al final de esta serie de posts. Es la primera vez que hago algo así y además con tanta constancia de subir un artículo por semana. Veamos de nuevo el índice, mediante el cual puedes saltar a cualquiera de las otras tres publicaciones de la serie:
  1. Emociones vs. Patriarcado.

Hemos hecho un viaje por el desapego, el no-apego y la autonomía emocional para después adentrarnos en la vinculación emocional, la intimidad emocional y la vulnerabilidad. Para cerrar este viaje me gustaría hablar de cómo el patriarcado trata la cuestión emocional en general y también en los hombres en particular.

He elegido incluirme aquí en el grupo de los hombres porque, aunque no pertenezco a ese género —soy no binario—, he sido socializado como tal y eso implica que debo asumir responsabilidades. Vamos, elijo asumirlas, por ética y por humanidad. Se me concedieron unos privilegios de género que ahora estoy dejando marchar y una educación que estoy deconstruyendo continuamente.

Emociones vs. Patriarcado

Empecemos por lo básico. El patriarcado establece unos roles de género y sexualidad muy diferenciados y unos rasgos muy específicos para cada persona. Esto comienza con establecer un binarismo de género y eliminar cualquier posición intermedia o ajena a ese binarismo —espectro en el que me encontraría yo—. Por eso prefiero llamarlo “Cisheteropatriarcado”: gente cisgénero —su género coincide con el que se le asigna al nacer en base a su “aspecto” biológico—, gente heterosexual —única orientación considerada válida y positiva, cuyo afecto y deseo sexual se orienta hacia el género opuesto—, y con roles definidos donde el género hombre es más poderoso y queda más arriba en esta jerarquía binaria que se produce.


Te presento el cisheteropatriarcado, por cortesía de Los Happiness [*1]

El género hombre, en general, tiene que destacar, ser exitoso, tener poder, ser valiente, ser “fuerte” —¿Qué significa ser fuerte? ¿Fuerza física? ¿Fuerza moral o espiritual? ¿Resistencia ante la vida?—; se le considera “normal” su expresividad sexual, se le anima a ser sexualmente activo y potente, a desarrollar una fuerte atracción hacia el género mujer; se espera de él una posición de liderazgo, de sabiduría o intelecto, y de mentoría. No he hablado de emociones porque, a parte de la alegría y la euforia —en circunstancias concretas—, la única emoción que tiene permitido es la ira, y la usará en caso de necesidad como vía de escape o para hacer valer su poder y sus privilegios.

Comparto una cita de un estudio sobre el machismo en la sociedad mexicana y cómo éste concibe el mundo emocional para los hombres:

“El desapego emocional es parte de la "superioridad" del macho sobre la mujer.” (“El machismo como fenómeno sociocultural”. Giraldo, 1972)

Ocurre que las emociones se otorgan al género mujer. A este género se le determina ser la segundona, ser sensible, emocional —a menudo se la retrata “histérica”—, y “débil” —nuevamente, ¿qué significa ser débil?—; tener posiciones de servicio, de cuidado o de auxiliar; ser sexualmente recatada, que tenga deseo sexual cuando el hombre quiera tener sexo con ella —problemón si él quiere pero ella no... ni siquiera él entenderá el “no”, pues si él quiere ¿por qué no va a querer ella cuando él quiere?—; sus ciclos naturales son aislados del espacio público —se considera “desagradable”—, tal como ocurre con la menstruación o la menopausa; se espera de ella que esté ahí de maniquí de manera agradable a los sentidos del hombre, y de hecho tiene que cumplir los cánones de estética y de belleza validados por los hombres —ya se encargan ellos de machacarle la autoestima si no cumple eso, a menos que la consideren fetiche—, incluyendo cánones “raciales” —poco se habla del feminismo no blanco y sin embargo es muy necesario—. Y así todo.

Abro paréntesis y te lanzo una pregunta: ¿cuántas películas has visto que cumplan el Test de Bechdel [*2]? Esto es:
  1. Que salgan al menos dos mujeres;
  2. que hablen entre sí en algún momento de la película;
  3. que cuando hablen NO sea sobre otro hombre.

Da que pensar, y cierro paréntesis. Es importante reflexionar sobre cómo está establecido todo de manera estructural y cómo un género realiza violencia sobre el otro. Sí, de esta categorización de géneros se deriva automáticamente una violencia del género hombre al género mujer. Esto en sí mismo ya es, desde mi punto de vista subjetivo, violencia de género: una violencia sistemática, sistémica, estructural e institucional.

Si un hombre siente y expresa emociones (miedo, tristeza, apego, vergüenza...) está entrando en el terreno del género mujer, ya que el cisheteropatriarcado determinó que las emociones es propio del género mujer y ajeno al género hombre. Cuanto más entra él ahí, más se considera que pierde atributos masculinos, es “menos hombre”; no es que mantenga su masculinidad y además adquiera rasgos femeninos, sino que por lo visto los rasgos femeninos desplazan a los masculinos porque son incompatibles. Así lo define el cisheteropatriarcado.

Infiero entonces que el género mujer se considera inferior, de tal manera que la supuesta “feminización” del hombre resulta en algo negativo e indeseable. Se le llama “nena”; o “marica” —mi cadena deductiva es que probablemente la homofobia y la bifobia se deriven de que sólo a una mujer se le está permitido sentir atracción o afecto hacia un hombre en este sistema binario, por lo que el hecho de que un hombre sienta esa atracción o ese efecto ya es ser menos hombre, es ser inferior y ser despreciable o incluso antinatural.

La empatía, tan necesaria, también se le veta al hombre. El hombre que incorpora atributos femeninos pierde su estatus y sus privilegios; deja de ser reconocido entre sus iguales y se le trata de forma despectiva.

Por lo tanto, ¿qué lugar tienen las emociones en nuestro mundo, en nuestra sociedad y cultura? Las emociones y la inteligencia emocional se han categorizado del dominio femenino, y viviendo en un mundo patriarcal eso deriva en una sociedada “emocionófoba” —yes, me he inventado la palabra—. Quizá por eso durante décadas se relegó al ostracismo el estudio científico de las emociones dándole supremacía a la lógica y la razón como únicos componentes válidos de los procesos mentales. En un mundo de hombres no parece tener mucho sentido prestar atención a cosas que se consideran de mujeres, ¿verdad?

¿Te imaginas lo que le supone al género hombre sentir apego, mostrarse vulnerable y vincularse a alguien desde una intimidad emocional? Eso supondría su muerte como hombre. De hecho prefiere que le maten. Por eso elige la “libertad” —falsa libertad, está encarcelado en la normatividad—, no tener ataduras, no arriesgar su corazón aunque sí exponer su cuerpo, hacerse el “duro”... y, sobretodo, nunca cuestionar todo esto. La disonancia cognitiva [*3] es demasiado intensa, por lo que los mecanismos de defensa se activan hasta su máxima expresión.

Parece ser que, a pesar de la comprensión que hemos adquirido de las emociones en las últimas tres décadas, a pesar de que la neurociencia está averiguando el papel importante que tienen las emociones para el resto de procesos cognitivos —afectan a la atención, percepción, memoria, toma de decisiones, aprendizaje, etc.—, a pesar de que se habla de inteligencia emocional con cierta normalidad hoy en día, los valores cisheteropatriarcales siguen calando hondo y mantienen esa “emocionofobia”. La población en general no ha aprendido cómo lidiar con las emociones y con la vulnerabilidad —de ahí que importe que se implemente un programa pedagógico de competencia emocional—, las teme a la vez que les resta importancia o prioridad, por lo que prefiere protegerse de aquello que cree que la hace débil.

—¿Dónde está la vulnerabilidad? ¡Que yo la vea!

Como sociedad, la no aceptación de la vulnerabilidad y de las emociones tiene consecuencias serias —y aquí rescato de nuevo a Brené Brown—:
  • Desvinculación, tanto de uno mismo como de los demás. A la larga eso nos lleva a sentirnos miserables.
  • Desensibilización de todas las emociones, lo que dificulta experimentar alegría, placer, bienestar y nos conduce a un estado de anhedonia.
  • Perfeccionismo, el cual usamos como huida continua hacia adelante o como escudo para protegerse de topar con nuestros puntos flacos, volviéndonos personas más rígidas.
  • Estilo de vida gris, es decir, nunca ilusionarse, asombrarse o esperar nada bueno, ya que nos es más fácil eso que atreverse a experimentar algo mejor para arriesgarse a sentir seguidamente decepción y frustración. Buscamos evitar esa clase de dolor a toda costa.
  • Extremismo. Ésta no es tan clara de ver. Tiene que ver con que una de las ocasiones en que nos sentimos vulnerables es ante la incertidumbre. A las personas no nos gusta la incertidumbre y las emociones que eso nos provoca. Las certezas nos dan sensación de seguridad emocional, aunque no estén fundamentadas en hechos. Y eso es peligroso. Es especialmente notable en el campo de la espiritualidad: cuando hay fe ciega y no hay vulnerabilidad, cuando no se quiere arriesgar a la incertidumbre —especialmente a que nos cuestionen o a que la realidad pruebe que estamos equivocados—, el resultado suele ser menos empatía y más conductas extremistas y dogmáticas que terminan causando mucho sufrimiento e incluso la muerte. La vulnerabilidad nos hace humildes, hace que abandonemos la bandera de las verdades absolutas para acercanos al pensamiento crítico y a un sano escepticismo y nos abramos a escuchar a los demás, y esto es aplicable a todas las áreas de la vida.

Si vivimos una vida que constantemente sentimos que no es suficiente para nosotros, en la que nosotros no somos suficiente y en la que nosotros no hacemos suficiente... si la sentimos sin propósito y sin significado, quizá, sólo quizá, es un toque de atención para observar nuestra relación con la vulnerabilidad y con las emociones.

En la vulnerabilidad, aunque nos encontramos ante el miedo, ante la vergüenza, ante los complejos, ante lo que no nos gusta y ante nuestras sombras, es donde encontramos también el coraje, la alegría, el amor, la compasión, la creatividad, la gratitud, la vinculación, el bienestar y la felicidad. Sólo las personas realmente valientes abrazan la vulnerabilidad, justamente porque es algo sin garantías ni promesas que requiere valor.

La sociedad en su conjunto, y muy especialmente los hombres, necesitamos comprender que nuestras emociones y nuestra vulnerabilidad no son el enemigo y tampoco nos hacen más débiles ni inferiores. Sí nos hacen más humanos y más completos. Sin ellas somos seres mutilados [*4]. Con ellas reconocidas, sostenidas y bien gestionadas, además de personas completas somos personas más resilientes y más sanas. Quizá ésa sea la verdadera fuerza.

Y que le den al Cisheteropatriarcado.

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Notas:
[1] El vídeo “Amo a Laura” de Los Happiness fue, dicen, una parodia orquestada por MTV para hacer propaganda de su canal.
[2] Test de Bechdel (link a Wikipedia)
[3] Artículo mío sobre Disonancia Cognitiva, para ampliar información.
[4] En el caso concreto de los hombres, una de las teorías sobre el machismo describe al hombre como intentando sobrecompensar aquello de lo que cree que carece; esa carencia primero se ha debido “crear” simbólicamente en la infancia a través de una relación desigual con el padre y con otros hombres en el camino de la socialización del niño como “hombre”, lo cual deriva en un complejo de inferioridad que psicológicamente no se puede sostener y por lo tanto se busca la sobrecompensación mediante conductas que lo “hipermasculinicen”, es decir, conductas machistas. Esto es una rueda que hace que el machismo se perpetúe. No es la única teoría pero explica por qué el “orgullo masculino” es tan sensible a verse atacado y cómo hay un miedo latente a no ser validado como hombre en su masculinidad.

Quizá, si nos deconstruyéramos el género habría muchos menos problemas. Tal vez me equivoco pero de momento es la hipótesis que mantengo.

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