Un té con María Dolores [relato]


Una tarde quise invitar al Dolor a mi casa, a tener una charla "de tú a tú" —o de usted a usted—; ella prefiere llamarse María Dolores. Se presentó con un corsé medio tapado por un vestido largo, con un sombrero de ala ancha cubriendo el perfecto peinado de rizos rubios y una sombrilla en la mano derecha, toda blanca ella con algún motivo azul celeste; parecía venida de principios del siglo XX.

Le dije que se acomodara en el sofá, que en seguida le traería té. Le ofrecí mi especialidad, un blend de té blanco con vainilla y flores, en tetera y tazas de porcelana, acompañado de unas galletas veganas también avainilladas. El té lo sorbió suavemente y fue de su agrado, y las galletas las quiso devorar pero en su rostro mostraba pena y vergüenza ante cada mordisco pues no quería hacer evidente su gula. 

Mientras le trataba de dar el máximo posible de confort veía, según se incrementaba mi nerviosismo, surgir la sombra detrás de ella en forma de unos miembros membranosos rotos, como desarrapados, acompañados de unos apéndices en forma de cola escorpiana terminados en aguijón.

El efecto se retroalimentaba: yo al ver esas extremidades brotarles de la espalda me ponía más nerviosa, y cuanto más nerviosa estaba yo más grande se hacía la sombra alrededor de Mª Dolores y más inquietantemente se zarandeaban los aguijones. Quizá no debí haberle dado teína. Durante esa visión horrenda olvidé el motivo por el cual invité al Dolor a mi hogar, estaba nublada por el miedo. 

Uno de los aguijones me atacó de frente, dándome en mitad de la espalda. Fue el shock más doloroso que sentí nunca: no podía respirar ni mover articulación alguna, solamente estaba yo ahí con los ojos desorbitados abiertos al terror. Si no la hubiera conocido en persona habría pensado que fue traicionera, yo le di té y galletas a cambio de su puñalada. Pero tenerla de frente era verle su cara triste mientras apretaba el aguijón más adentro mío, tenía gestos culpables en el rostro, una mirada que suplicaba ojalá no hacer aquello.

Entonces me di cuenta: ella estaba respondiendo instintivamente a mi miedo. Mi miedo al Dolor me hacía querer echarla de mi casa, de mi vida, rechazarla íntimamente en la profundidad de todo su ser, hiriéndola y atacándola con mis autoengaños y las viseras oscuras que yo solía atarme ante mis ojos para no ver. Entendí que Mª Dolores no quiere que ningún ser sufra y que ella no pidió existir sino que la existencia la necesitaba como personaje secundario trascendente para ayudarnos a todas las personas a despertar: despertar ante la verdad de los errores propios y despertar a la compasión ante el sufrimiento ajeno. 

En un instante se esfumó, se desapareció, haciéndome dudar de si realmente estuvo ahí tomando el té hace unos segundos. Los restos de galleta eran la única confirmación de su visita.

Se cumplió el propósito por el cual la invité: reconciliarme con ella y hacer las paces.

En algún momento se dejó hacer un retrato. No estaba acostumbrada a posar pero salió guapa, ¿verdad?


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